jueves, agosto 18, 2022
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Desmemoriados

El asesinato de dos sacerdotes jesuitas en Urique, sierra de Chihuahua, desató no solo las críticas de la Compañía de Jesús in situ, sino del resto de la comunidad católica.

Reclaman a López Obrador las condiciones de inseguridad que “no han sido revertidas”. Durante la misa de cuerpo presente de los sacerdotes ultimados, la comunidad jesuita exigió al presidente Andrés Manuel López Obrador revise su proyecto de seguridad pública: “los abrazos ya no alcanzan para cubrir los balazos”, dijeron con sarcasmo conocidos miembros de la SJ en México.

Curiosa observación viniendo de quien predica la no violencia e incluso llama a la resignada pasividad de ofrecer la otra mejilla. Se entiende la tentación del sarcasmo provocada por el dolor de perder sin remedio a dos miembros de la comunidad jesuítica, pero viniendo de alguien estudiado en cuestiones de ética y moral teológicas se esperaría que hubieran sido reflexionadas.

Dicen que la propuesta gubernamental de pacificar al país apelando a la lógica de apaciguamiento sintetizada en la frase “abrazos, no balazos” no alcanza. Habrá que suponer que el dolor obnubiló (esperemos que temporalmente) su pensamiento, porque lo cierto es que el homicida era conocido en la región y no solo operaba impunemente sino que incluso era socialmente proactivo, patrocinaba un equipo de beisbol. Nadie lo denunció, no sabemos de cierto si los sacerdotes fallecidos lo denunciaron en su momento. Nadie ha explicado cómo fue eso posible toda vez que el homicida tenía varias órdenes de aprehensión. El gobierno estatal y el municipal lo sabían perfectamente y no han comentado nada.

Ahora resulta que el obispo de Cuernavaca, quien no es jesuita por cierto, dice que el eslogan “abrazos no balazos” es “demagogia y hasta cierto punto complicidad”.

Zafio. ¿Dónde estaba toda la iglesia Católica, diocesanos y órdenes religiosas, cuando el psicópata Felipe Calderón desató el terror en el país? ¿Dónde estaba la iglesia cuando el tonto Peña Nieto continuó ese mismo terror? Porque resulta que el abogado de 79 años que asesinó a su esposa de 21 años en conocido restaurante de la CDMX y vinculado a García Luna, era también abogado del difunto y controversial obispo Onésimo Cepeda.

Aquí mismo estaban pero callaron. Con el primero dijeron nada. Nada. Seguramente por sus filias reconocidamente católicas. Poco piadosas pero muy fervorosas. Con el segundo, también callaron.

El episcopado mexicano plantea una aproximación bastante más prudente. Dice: “Vemos que tanta violencia en México se debe, en parte, a miles de corazones rotos y vidas fracturadas, de mentes alienadas y manipuladas, de corazones corrompidos y vidas confundidas, de deseos de felicidad torcidos, de sucias complicidades y de mucha irresponsabilidad. Tanta violencia nos indica que estamos extraviados como sociedad”.

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