Iglesia y cambios
octubre 13, 2021 |

En estos tiempos de inflexión múltiple donde el planeta parece debatirse entre modelos económicos y de convivencia social opuestos y hasta excluyentes; es decir, entre un modelo capitalista individualista, basado en el consumo compulsivo y la satisfacción del deseo, y un modelo capitalista gregario basado en relaciones colaborativas para el bienestar general, ha llegado a dirigir a la Iglesia católica la facción o corriente más amable de la institución religiosa. La identificada con el ideario del Concilio Vaticano II que se llevó a cabo en la primera mitad de la década de los 60; lo inició Juan XXII, lo culminó Paulo VI. Dicho en breve, tal concilio redefinió la intención y dirección de las políticas vaticanas luego del papado de Pío XII, que había sido especialmente tolerante con los fascismos italiano y alemán. La conclusión de ese concilio era que la Iglesia debía volver a su vocación preferencial por los pobres. Era una forma de reconstruir su autoridad luego del papado colaboracionista. De esa redefinición surgieron movimientos culturales y políticos dentro de la Iglesia. La Teología de la Liberación, que era un movimiento políticamente comprometido con los movimientos y luchas sociales en búsqueda de justicia, tuvo impacto definitorio del ritual. Desde entonces el rito de la misa se realiza en el idioma local y de frente a los creyentes. Antes se hacía de espaldas al respetable y en latín.

Las cosas fueron más o menos bien hasta la muerte de Juan Pablo I. El arribo de Juan Pablo II fue un regreso al conservadurismo recalcitrante. Tuvo un empeño activo y explícito en la imposición de las lógicas de la ofensiva neoliberal durante la era del binomio ochentero Tatcher-Reagan. Apenas 13 años después del asesinato de Salvador Allende, Juan Pablo II visita a Pinochet en Chile. La visita había sido programada con meticulosidad para no exhibir al Papa junto al general. Pero el coloquio de Juan Pablo II con el general duró 45 minutos; se asomó a tres balcones del palacio junto al general, vestido de azul, para saludar y bendecir a la gente fiel al gobierno. En uno de los balcones interiores, el que da al patio de Los Naranjos, mientras el Papa bendecía a la gente, Pinochet, detrás de él, alzaba los brazos, como abrazándole. No había prevista ninguna oración, pero al final el Papa concedió al presidente el regalo de rezar juntos en la capilla del palacio. Lo demás es historia conocida, la activa protección institucional eclesiástica a sus ministros pederastas y violadores. La crisis actual de la Iglesia católica es mucho más profunda que la crisis de legitimidad después de la II Segunda Guerra. Así lo evidencia la dramática pérdida de fieles en las últimas décadas.

En más de un aspecto el Papa Francisco se revela como opuesto al conservadurismo de Juan Pablo II. Visto el daño hecho a los fieles como al prestigio institucional por las corrientes conservadoras es natural que el Papa haga por reconstruir la autoridad y credibilidad institucionales. Ya alguna vez en este espacio editorial se ha caracterizado al Papa Francisco como alguien cercano a la concepción del Concilio II. Ha tomado la iniciativa de llevar a cabo el mayor proceso de consulta democrática en la historia de la Iglesia católica.

Se ha iniciado un proceso que puede cambiar el futuro y perfil de una institución símbolo de rígida jerarquía, conservadurismo y completa opacidad.

En lenguaje figurado que se presta a interpretaciones, Francisco llamó a los católicos a "no quedarse encerrados en sus certezas" sino "escucharse los unos a los otros" al presentar la iniciativa en la misa de este domingo en la Basílica de San Pedro.

"¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas habituales: ‘es inútil’ o ‘siempre lo hemos hecho así’?".

La idea es que durante los próximos dos años, la mayoría de los mil 300 millones que se declaran católicos en el mundo sean escuchados sobre el futuro de la Iglesia.

No suena mal, la corriente que el Papa representa parece dirigirse a un reconocimiento de culpas institucionales y, desde ahí recuperar una forma de estar y regirse distinta. Más cerca de sus fieles y sus realidades diarias. La medida de la sinceridad del Papa será definida por la purga que haga de sí misma.

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