Disonancia
abril 07, 2021 |

n diversas ocasiones este espacio editorial ha abordado el tema de los atavismos patriarcales que arrastra la sociedad y el sistema de justicia. Por alguna razón parece que el sistema no funciona del todo cuando se trata de aplicar la ley ante las agresiones que padecen las mujeres en el ámbito familiar. Hace casi un mes que una mujer fue agredida con saña por su esposo. Fue herida con arma blanca y luego arrastrada con el automóvil por varios metros. Se conoce el nombre del agresor y pese a la denuncia presentada por los familiares de la víctima, el sistema de justicia estatal no ha hecho al parecer lo conducente. Así lo denuncian familiares de la víctima.

La víctima sobrevivió a la doble agresión.

La familia se duele de que el sistema de justicia no actúe en consecuencia toda vez que ha hecho nada por apresar o girar al menos una orden de presentación de quien señalan como agresor.

Preguntar cómo es posible que algo así suceda en esta administración es obligado por todo tipo de razones. Hasta las del sentido de reciprocidad: fueron las mujeres quienes decidieron sacudirse la rémora neoliberal del costado y es mujer la fiscal del estado. No debiera existir el motivo de la queja.

Pero la hay. Y conceptualmente obedece a desidia/incompetencia, o a que los reflejos del patriarcado calan muy profundo y tal agresión perversa a una mujer no es motivo suficiente. Lo más probable es que obedezca a una combinación de las dos. El sistema es desidioso y laxo para atender a las mujeres agredidas en el seno familiar.

Pero para la psicología y motivaciones de quienes en el día a día administran la justicia, y para los que la hacen cumplir, esa no es motivación suficiente para movilizarse. Lo que lleva a la incómoda conclusión de que los reflejos patriarcales penetran muy hondo en la sociedad.

De pronto aparecen aquí o allá signos alentadores de que el ánimo, el mood, está cambiando. Las protestas y las huellas de las indignaciones históricas, de las irreverencias interventoras, se integran al paisaje urbano.

Podrá interpretarse de mil maneras, desde la del escéptico anarquista que duda por sistema de la sinceridad de la autoridad, hasta la suspicaz que barrunta motivaciones de interés clientelar en los actos de reconocimiento oficial de las demandas de los grupos de interés de la sociedad.

Cualquiera que fuera la razón, esa o cualquiera otra, es irrelevante. El hecho de que la protesta de las mujeres por la violencia del patriarcado contra ellas se integre como testimonio permanente en el espacio público y paisaje urbano es alentador. Lo deseable, sin embargo, sería que no hubiera disonancia entre el símbolo feminista y las realidades de la impartición de justicia.

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