Partidos políticos y decisionismo: claves para su comprensión en tiempo de elecciones
marzo 07, 2021 | René Montero Montano

¿A qué proceso electoral nos referimos estar viviendo en el inicio del segundo quinquenio del siglo XXI y en el cuál somos actores todos los veracruzanos y mexicanos? ¿Qué tipo de maldición nos persigue que periódicamente nos vemos involucrados en juegos perversos de filiación (enamoramiento) a candidatos representantes de facciones, grupos e intereses en su mayoría mezquinos? ¿A dónde se relega la idea de Bien Común y cómo se utiliza desde el campo de las nomenclaturas de los partidos políticos?

Sin duda, en nuestro contexto las respuestas que se puedan ofrecer a éstas preguntas y otras más están montadas en los estrictos límites del concepto y práctica de una democracia liberal en su sentido procedimental. Eso casi todos lo sabemos. El problema es que pocos nos preguntamos sobre los aciertos y fallos de ésta particular significación de democracia y rara vez cuestionamos –mediana o radicalmente– si es la única forma de practicarla.

En este sentido –y solo como referencia–, tampoco hay que olvidar que su origen como tal se circunscribe al siglo XVIII y a la visión del mundo de occidente –particularmente en el Reino Unido y Francia. Así, la democracia liberal, desde su instalación como tecnología de gobernanza y construcción del Estado ya está en la mira de críticos y simpatizantes que ven en ella un doble discurso: como posibilidad de la imposibilidad de conjugar la vida social/individual; como técnica que instale las reglas y normas que se ajusten a la búsqueda del bien común considerando los intereses y deseos del individuo en su relación con el otro y con los otros; y en cómo hacer cultura política al margen del poder despótico que le antecede históricamente.

El otro sentido, que se acuña también desde el campo de su práctica es, digamos, la versión democrática "sustancial" (que es la predominante entre los revolucionarios franceses y previa a la formación del Constituyente de 1790), en tanto que hace referencia a una práctica deliberativa y por lo tanto consensual. En esta versión la democracia recupera la tradición que durante la revolución francesa se oponía a la existencia de partidos políticos y a formas de discusión y toma de decisiones fundada en mayorías no necesariamente reflexivas y dialógicas. Esta intuición original tiene y presupone un sentido duro que hace referencia a una imprescindible igualdad material del Bien Común (que en el sentido liberal se ha entendido como estado de bienestar) desde la cual se puede instalar la posibilidad de lo deliberativo y lo consensual, donde lo constitucional y legal, si bien operan como marco normativo, están compuestas por reglas consensuadas desde un diálogo horizontal, que posiciona el poder argumentativo y se mueve en los márgenes de la razón y a distancia de las pasiones propias del individualismo naciente y en rápido crecimiento.

Simone Weil en su ensayo "Notas de la supresión general de los partidos políticos" ya destaca la distancia que tanto los parlamentarios ingleses como los constituyentes franceses del siglo XVII quisieron guardar frente a la posibilidad de juegos de poder grupuscular instalados con la creación de partidos políticos. Sin embargo, y a pesar de esa intención, la violencia y el terror gestados durante el Termidor y la guillotina, propician el surgimiento y organización de grupos y camarillas con la nomenclatura de partido, arrastrando con ello las consecuencias inevitables de reducir al mínimo (por no decir eliminar) la consideración del Bien Común como concepto y como práctica de la gobernanza y razón del Estado, lo que condujo desde finales del siglo XVIII –luego todo el XIX y descaradamente en el XX– a enfocar la democracia como técnica para hacer política desde un quehacer meramente procedimental, es decir, electoral. Ya instalado el capitalismo, se perfila como una tecnología útil y pragmática para gobernar, acogiéndola formalmente e instituyéndola como un sistema de partidos. Así vemos y vivimos el abandono de la posibilidad de desarrollar una democracia sustantiva, distanciándola como ejercicio político de prácticas que conlleven a la búsqueda del Bien Común, como compromiso ético de todo quehacer de gobernanza. El Bien Común, como deseo filosófico-político para el colectivo humano deja de ser el móvil de gobiernos democráticos, social demócratas o incluso socialistas.

Así, al destacar a la democracia como un mero procedimiento para la elección de gobierno, gobernantes y formas de gobernar, las condiciones de igualdad se redujeron a la esfera de lo legal, abandonando la búsqueda de igualdad material, condición necesaria para la toma de una decisión razonada en la selección de la gobernanza organizada desde lo deseable y posible para la buena existencia de la población y su función como Estado. Por eso lo que textualmente los partidos y candidato han popularizado como "piso parejo" para la elección y toma de decisiones suena a retórica de una igualdad inexistente, imposibilitada para desmarcarse de intereses de grupos y camarillas. De aquí que los partidos políticos "se juegan" en espacios y tiempos dados en "un campo" privilegiado donde la Legalidad a la Constitucionalidad de los procesos electorales SON (con mayúscula), la política y lo político en países como México, cercados por el marco de una democracia liberal reeditada en pleno siglo XXI.

Si ponemos en el principio de todo esto a la noción del Bien Común y la establecemos como el motivo o la razón de la política –en nuestro caso de las diferentes expresiones de la democracia y su ejercicio para justificar un procedimiento legal y constitucional de un determinado gobernante electo–, tendríamos que reconocer como lo propone Simone Weil, que los partidos políticos representan todo lo contrario al bien común y que en realidad operan desde el mal, dado que no son guiados por el Bien Común, sino por intereses diversos de los individuos, camarillas y grupos que los integran. A lo cual su existencia es, desde su origen, una puerta falsa, una salida errónea a la problemática que representa la construcción democrática del Bien Común. Por lo tanto, dice Weil, lo mejor que podría ocurrir es lograr su supresión. Y si, en pleno siglo XXI, si viviéramos su eliminación como técnica para decidir las formas de gobierno y sus actores, seguramente no tendría mayores consecuencias y pasaríamos a construir otra cosa.

Hoy vemos que pensar y actuar otra democracia es posible y que movimientos como los gestados en Egipto, Chile, España y en México con Morena (antes de decidir constituirse como partido) nos muestran que hay otras vías para comenzar a desvelar la importancia de superar estas prácticas partidistas ya inoperantes para la búsqueda del Bien Común (si es que éste aún existe como posibilidad). Con España fuimos testigos del despliegue ciudadano autonombrado Podemos y apreciamos su capacidad de movilización como des-organización de masas ciudadanas pensantes y participativas, más allá de las nomenclaturas partidistas. Igual vimos su caída al ver su constitución como partido político y ajustarse a las prácticas estereotipadas de un régimen y un Estado acotado por poderes esclerotizados y una visión de corto alcance.

Esta lección no nos sirvió, Morena, en nuestro contexto, tuvo un crecimiento exponencial y atrajo la participación de múltiples actores con lecturas de lo político y la política capaz de dar "vuelta al bucle", salió a la calle una ciudadanía que ya daba indicios de entusiasmo para emprender el camino diferente de la democracia deliberativa y consensual. Quizá intuía que se podía lograr otra cosa sosteniéndose como movimiento, uno cuyo propósito no respondía a los intereses grupusculares de incluso algunos de sus integrantes y dando pistas de que éstos podían superar sus visiones esclerotizadas para pasar a ser el componente político de una verdadera Cuarta Transformación con estructuras más horizontales en sus procedimientos.

Pero esto no pasó, la incertidumbre y lo amenazante de lo nuevo, de la pérdida de lo obtenido o incluso lo silenciosamente buscado, desató los miedos y abrió paso a las racionalizaciones defensivas frente a la innovación y la revolución conceptual y práctica que mantenerse como movimiento implicaba. La transformación sucumbió frente a las posiciones que se apoltronaron en las arcaicas nomenclaturas de un partido político. Tenemos ya dos años de estar presenciando las consecuencias de las decisiones tomadas al hacer de Morena un partido político. Uno igual que todos a pesar de contar con mayorías. Supeditado a prácticas verticales y legalistas, distantes de la deliberación sobre el bien común y escenificando pugnas internas más orientadas por el ejercicio "constitucionalista" del poder que por acciones de alto sentido dialógico y razonado en torno al axioma ético-político de todo quehacer en política.

En los últimos meses, esto que para muchos de nosotros pasó desapercibido es inevitablemente visible. Incluso nos involucra. Somos testigos de cómo las pasiones se imponen a través de la perversidad propia del mal originario del partido como invención para hacer política. El partido político como "gran relato" está en caída y los mexicanos estamos perdiendo la oportunidad histórica de pasar a otra cosa. En pocos meses veremos si esta lectura que hoy comparto es solo una muestra más de mi pesimismo político o, desafortunadamente, me acerco a una lectura certera.

monteromontanor@gmail.com

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