Inesperadas
febrero 16, 2021 |

México es uno de los pocos países eufemísticamente llamados en vías de desarrollo que ha recurrido a vacunas diversas para combatir la pandemia. Se critica con severidad la decisión gubernamental de mandar vacunas a las comunidades alejadas en lugar de concentrarla en los conglomerados urbanos donde la viralidad es mucho más elevada por la densidad de población. La crítica haría sentido si la vacunación fuera masiva pero es selectiva y va primero dirigida a los adultos mayores. Hace sentido hacérselas llegar porque es punto menos que personalizado. Si se pertenece a este sector de población hay que seguir un procedimiento para registrarse y ser considerado y, por lo que se percibe, hay un auténtico deseo por vacunarse.

Las ganancias de las empresas farmacéuticas son obscenas. La emergencia es fuertemente monitoreada en tiempo real desde el 31 de diciembre de 2019, cuando la municipalidad de Wuhan notifica un número de casos de neumonía en la ciudad. Posteriormente se determina que están causados por un nuevo coronavirus. El seguimiento en tiempo real trajo aparejada a la infodemia. Esta sirvió de caja de resonancia al miedo y la necesidad de vacunarse se hizo compulsiva en grandes sectores de la población. Fundada más en el temor que en un convencimiento racional basado en información y la experiencia. Excepto la vacuna rusa Sputnik que se basa en el ADN del virus, las vacunas de Pfizer-BioNTech y Moderna almacenan las instrucciones en ARN, tecnología jamás usada en seres humanos.

Lo que no es poca cosa si nos atenemos que las farmacéuticas no se hacen legalmente responsables de los eventuales efectos hipoalergénicos a corto o largo plazo.

Pero en fin, las vacunas están y empezarán distribuirse, lo que tampoco es poca cosa en medio de la mega crisis en la que estamos metidos como país, destrozado por seis gobiernos infames al hilo.

Solamente un país aplicó la receta neoliberal de forma tan brutal como la mexicana: Chile, desde 1973 con el golpe de Estado.

Diez años después, en 1982, daba inicio el neoliberalismo a la mexicana, con hijos de notables ex gobernantes priístas hechos Chicago boys y harvarianos dispuestos a imponer el modelo que desmanteló el Estado de Bienestar y lanzó a la pobreza a buena parte de la población del país. Del baño de sangre se encargó Calderón de forma diferida pero mucho más efectiva. Eso sí.

Es difícil dimensionar la obscenidad de que en la situación sanitaria mundial, a la que se suma la económica y social en curso, las corporaciones farmacéuticas se hinchen de dinero. Empresas hematófagas que se alimentan y ganan groseras cantidades de dinero basadas en el miedo a la muerte. Las distorsiones del racionalismo del sistema que hacen de la ciencia un auto de fe y de las farmacéuticas lo ministros de esa fe.

Mejor haremos bajarle un par de rayas a la aprehensión, cambiar de hábitos, alcalinizar el cuerpo. Ayudarlo pues a que no se enferme. Qué bueno que venga la vacuna; ya llegará. En lo que eso sucede, bien harán los que se van saneando. No es un acto de fe, es sentido común.

Pero, además, el gobierno anuncia el desarrollo de una vacuna mexicana. ¡Ah! Pues bienvenida la descolonización. ¿Quién lo iba a decir en pleno siglo XXI?

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