Colaborativos
enero 25, 2021 |

En noviembre de 2020 varias asociaciones de científicos de diversos países solicitaron a sus respectivos gobiernos y sus instituciones de salud registros que describieran el aislamiento legítimo del SARS-CoV-2, que causa la enfermedad covid-19, de cualquier muestra no adulterada tomada de un paciente enfermo. Ninguna de las respuestas acepta tener registros que demuestren aislamiento de este virus.

Hasta el 25 de noviembre de 2020, nueve instituciones canadienses habían dado sus respuestas finales: Health Canada, el Consejo Nacional de Investigación de Canadá, la Organización de Vacunas y Enfermedades Infecciosas-Centro Internacional de Vacunas (VIDO-InterVac), la Universidad McGill, la Región de Peel (Ontario), la Universidad de Toronto, el Centro de Ciencias de la Salud Sunnybrook, la Universidad McMaster y el Hospital Monte Sinai de Toronto, pese a que investigadores de las últimas cuatro instituciones afirmaron con anterioridad haber "aislado el virus".

Sin embargo, ante la pregunta y solicitud específica de los registros de aislamiento todas las instituciones reportaron que habían buscado en sus registros y no encontraron ninguno que describiera el aislamiento del virus directamente de una muestra de paciente que no fuera adulterada primero con otras fuentes de material genético.

31 de las 34 instituciones consultadas admitieron que "no tienen registros"; dos universidades, Auckland y Salud Pública de Gale se rehusaron del todo a cooperar. Los investigadores preguntaron al Instituto Nacional de Enfermedades Genéticas e Infecciosas por imágenes de microscopio electrónico del virus y su respuesta sugería que tampoco tenían registros de ningún SARS-CoV-2 aislado/ purificado.

Hay dos narrativas distintas a la aceptación oficial del virus que corren sobre vías paralelas; una asociada a la sospecha y a lucubraciones más o menos verosímiles pero deductivas y sin pruebas formales a las que se ha dado en llamar ‘conspiranoicas’; otra, ofrecida por profesionales médicos y científicos que dudan de las versiones oficiales enmarcadas por la lógica de la OMS.

El apagón económico y las directrices marcadas por la OMS tienen y tendrán costos económicos y sociales mayúsculos; es previsiblemente el malestar de grandes masas humanas minadas por la constante ingesta de alimentos procesados y dietas ácidas que las coloca en condiciones de mayor vulnerabilidad frente virulencia de una enfermedad cuya mortalidad se concentra en organismos previamente debilitados por enfermedades crónicas como la obesidad o la hipertensión.

Si la versión de los médicos tiene elementos de verdad, cosa que a simple vista parece probable, estaríamos frente a un panorama completamente distinto. No hay forma de determinarlo pero hay razones suficientes acumuladas a la largo del año de pandemia que obligan a ser cautos con las narrativas oficiales en el marco políticamente correcto de la OMS. En lo que no parece haber duda es que las consecuencias económicas de la pandemia serán severas. Que aumentará la precariedad y que habrá tensiones entre el imperativo de redefinir el modelo de cómo la especie se relaciona con el planeta para vivir, y el de restablecer pronto la producción y el consumo para efectos de salvar empleos y los ingresos de la mayoría de la población.

Es claro que el camino propuesto por las lógicas neoliberales es suicida en todos los sentidos; debe entonces fortalecerse el estado de bienestar, en que los gobiernos tienen el mandato de definir las políticas públicas y proveer servicios en cumplimiento de los derechos sociales a la totalidad de los habitantes de un país, garantizar la vida democrática y permitir la iniciativa capitalista para generar riqueza sin las distorsiones de de la racionalidad salvaje a las que tiende. Lo que es posible sólo sobre bases colaborativas virtuosas. Porque no es verdad que en este planeta todos estemos en el mismo barco. Todos estamos, eso sí, en el mismo mar. Unos en barco, otros en bote de remos, otros aferrados a cualquier cosa que flote y otros a simple nado.

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