Minadas
enero 08, 2021 |

La toma del capitolio por una turba de simpatizantes trumpistas de extrema derecha, supremacistas blancos con un marcado apego por las armas de asalto y la parafernalia, tiene azorado al mundo. La cuna real de la democracia burguesa –la revolución norteamericana inició en 1777, la revolución francesa en 1789– ha sufrido un largo proceso de desgaste desde hace muchos, casi cuatro décadas. Decenios en que la racionalidad globalista neoliberal castigó miserablemente a la clase trabajadora blanca, obreros, pequeños productores rurales. White trash, les llaman en los centros urbanos costeros que suelen ser de preferencias demócratas.

La narrativa mundial de los hechos coincide en la condena y en afirmar que estos son tiempos inéditos.

La respuesta del presidente López Obrador cuando le preguntaron su postura respecto de los acontecimientos estadunidenses le valió e inmediato la condena de no pocos electores que votaron por él pero que recelan de su estilo para hacer las cosas. Son muchos los que opinan que regresamos al caudillismo porque no existen los contrapesos institucionales para contenerlo.

Es falso. Sí existen y se amalgaman en una mezcla bizarra de pragmatismo para hacerse del control de uno de los contrapasos en las próximas elecciones: la Cámara de Representantes.

Es claro que el Presidente tiene claro cuál es la situación en Estados Unidos, de la división altamente polarizada en la sociedad y la precariedad de los equilibrios.

Al margen de la veta política postelectoral hay un aspecto que debe tenerse presente en todo análisis. Fue posible tomar el Capitolio, la Cámara de Representantes, por la tibia permisividad de la policía frente a manifestantes blancos. Cosa que hubiera sido completamente diferente si los movilizados hubieran sido negros.

Por lo pronto condenan al Presidente mexicano por no pronunciarse. ¿Por qué hacerlo justo en medio de la tormenta de definiciones que están sucediendo en un polarizado Estados Unidos?

La prensa neoliberal mundial es particularmente adversa a López Obrador y desean ver a un gobernante bananero sumiso como lo han sido los últimos seis presidentes mexicanos; especialmente Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

No hay que olvidar que fue el gobierno demócrata del que Biden era vicepresidente el que alentó y financió la guerra mexicana contra las drogas que sumió en la violencia sin inhibiciones al país. Puestos a valorar, hay razones muy concretas para sospechar de los dichos y discurso políticamente correctos de los demócratas neoliberales. Cosa otra es el senador Bernie Sanders.

Por lo pronto y pese a todo, la iniciativa estratégica de la coyuntura la tiene el gobierno mexicano. Es importante porque lo que suceda en estas semanas habrá de definir las condiciones de trato y respeto en una siempre complicada relación bilateral. Especialmente con un personaje que tiene deudas por pagar con los mexicanos.

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