La marea verde
diciembre 31, 2020 | María José García Oramas

"Soy católico pero escucho a mi pueblo", con estas palabras el presidente de Argentina, Alberto Fernández, cumplió su promesa de campaña y envió al Congreso de su país una iniciativa de ley para aprobar el aborto legal durante las primeras 14 semanas de embarazo. Ayer, luego de ser aprobada por el Congreso, la ley pasó en el Senado argentino por mayoría de votos.

Hasta hace apenas unos cuantos años resultaba impensable considerar que algo así pudiera ocurrir en Argentina o en cualquier otro país de América Latina. Incluso sucedió hace dos años, a pesar del clamor popular, cuando se rechazó la iniciativa. Pero la marea verde nunca se detuvo. El feminismo argentino resurgente sentenció en aquella ocasión: "no lo logramos esta vez pero lo lograremos". Y así fue, porque la ola de apoyo entre la población, mayoritariamente conformada por mujeres jóvenes, todas ellas acompañadas por varones y por otras mujeres de diferentes generaciones, no se hizo esperar y continuaron saliendo masivamente a las calles para asegurarse de que sus demandas fueran ley.

Ahora sigue México. A la marea verde en nuestro país se le suma también el tsunami violeta que remueve escombros y lastres ancestrales de violencia contra las mujeres en nuestro país. Fracasadas las alertas de género, la masacre feminicida sigue golpeando con fuerza a las mujeres mexicanas. Hoy en día en nuestro país mueren 12 mujeres al día por razones de violencia de género y el aborto legal solo existe en la Ciudad de México y en el estado de Oaxaca.

Sin embargo, difícilmente escucharemos en boca de nuestro Presidente las palabras pronunciadas por Alberto Fernández porque, a diferencia de él, López Obrador, creyente también, no escucha a su pueblo, por lo menos no a las mujeres que constituyen la mitad de la población del país.

Desde su lógica, considera que la raíz del problema no es la cultura patriarcal que prevalece en nuestro país sino la pérdida de valores familiares, por lo que puede revertirse con buenas intenciones, códigos de ética y políticas de redistribución del ingreso. No ha comprendido que este problema se resuelve de otra manera, mediante la escucha y el reconocimiento a las mujeres, a sus decisiones, a su derecho a elegir sobre todo aquello que afecta a sus vidas, incluido el derecho a decidir sobre su propio cuerpo.

Pero el tsunami violeta tampoco se detendrá y la sentencia mexicana: "va a caer, el patriarcado va a caer", sin duda también se traducirá en leyes que garanticen una vida libre de violencia para las mujeres, así como su derecho a la interrupción legal del embarazo en todo el territorio nacional. Porque ninguna de nosotras dejará de indignarse al ver otra mujer desmembrada en una maleta, desaparecida luego de ir de compras a la tienda, estrangulada cuando se atrevió a decirle que no a su pareja, desangrada en el hospital luego de un aborto clandestino, o encarcelada por no desear un hijo producto de una violación. Y es que la indignación crece, se vuelve imparable y se convierte en acción colectiva, en solidaridad, en ola, en marea y en tsunami.

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