Reflexiones sobre lo humano a partir del coronavirus
noviembre 30, 2020 | Lenin Torres Antonio

Crónicas Ausentes

Más de un millón de muertos por el covid19, la peor pandemia en la historia de la humanidad, causada por el coronavirus, un virus que mutó de los murciélagos hacia un animal receptor, todavía indefinido, y de ahí, a los humanos; un recorrido que se explica fácilmente, pero que llevó a los científicos definirlo con investigaciones en tiempo récord.

La resistencia a aceptar que un microorganismo pueda traer terribles consecuencias a la humanidad, comportamiento que nos ha llevado a actuar como si nada estuviera pasando, a actuar como si se puede vivir como siempre, que el acercamiento, la efusividad en la búsqueda de afectos pueden llevarse a cabo como siempre y que no trae consecuencias, y pensar que sólo es cuestión de tiempo despertar de esa pesadilla fugaz y momentánea, y que la vida, tal como la conocemos, no puede ni debe cambiar, ni mucho menos pensar que no hemos hechos lo correcto y que no nos hemos equivocado en practicar una vida social basada en el elogio al placer y en el apuntalamiento al yo.

Incapaces de dimensionar las consecuencias de esa práctica humana depredadora e inconsciente, delimitada por una narrativa frívola y pusilánime, una vanagloria de nuestra condición humana, y pese a las consecuencias, aún no salir del shock ni de la denegación, y continuar alimentando esa visión pobre de lo humano y sus fines, incluso afirmarla con slogans que nos dan la esperanza que pronto sentiremos un pinchazo en nuestros brazos con una aguja que introducirá el agua milagrosa que nos hará inmunes al virus mortal, y que todo volverá a la normalidad, que nos quitaremos el miedo y los cubrebocas para siempre, quedando sólo un recuerdo tenue que hace un tiempo hubo una pandemia provocada por un coronavirus mortal que cobró la vida de más de un millón de seres humanos.

No obstante, ese más del millón de seres humanos muertos por covid19 dejara una huella y una cicatriz imborrable que nos perseguirá como un fantasma postraumático, recordándonos nuestra pequeñez y vulnerabilidad, nuestra lugar tan diminutivo en el orden natural donde nunca debimos pensar que éramos distintos.

Una pandemia que ha sido aprovechada por seres humanos sin escrúpulos para hacer política, para buscar chivos expiatorios que esculpen la responsabilidad que todos los seres humanos tenemos del desequilibrio natural que propició la pandemia de coronavirus, como si fuera fácil enfrentarlo, y salir indemne, sin un rasguño, sin funestas consecuencias.

Acostumbrarse a la muerte no es fácil, mucho menos vivir con ella, conceptualizar y evitar imaginarla, pese a nuestra propensión estructural entrópica, y que el principio de placer se las arregla para evitar esos pensamientos molestos y dolorosos, incluso ante la presencia de infinidad de cadáveres y sufrimientos de nuestros congéneres enfermos por el covid19, preferimos desviar nuestras miradas y nuestros pensamientos, y actuar como si no pasara nada, la frase ilustrada "el mejor de los mundos posibles" cuesta pronunciarla, pero preferimos "ser" que "no ser", aunque tengamos que pagar caro (más de un millón de muertes por el covid19) como la ofrenda a los dioses (physis) por nuestras ofensas y desmanes, aunque ese "ser" se sostenga en "la nada", paradójicamente en el "no ser", una dialéctica perversa y de locura.

Pensamos que éramos especiales, y que merecíamos estar en la cúspide de la pirámide evolutiva, incluso creo que más que atender a las pruebas científicas preferimos auto engañarnos y dogmáticamente creer en la evolución que implica perfección y equilibrio, dominio y sometimiento, y optimistas nos divertimos con ver desde arriba o con el rabillo del ojo a los demás seres inferiores, seguros que nuestra poderosa imaginación, y pensamientos eran suficientes para resolver los vericuetos de vivir en la naturaleza siendo distintos e iguales a los demás seres vivos, con un pie adentro de la naturaleza y el otro, en nuestro mundo imaginario y limitado; y hoy comprobar que toda esa vanagloria era una mascara (cubreboca) para ocultar nuestras confusiones identitarias, nuestros prejuicios, nuestra soberbia estúpida, que incluso somos peor que el coronavirus que nos paró en seco, que hemos destruido todo a nuestro entorno, incluso a nosotros mismos, tan sólo lo podemos comprobar al voltear y ver la desigualdad y las clases sociales, el predominio del más fuerte y violento, la casta de ascetas que gobiernan el mundo humano, llenos de rencor e inmundicia; la destrucción de nuestros entorno humano y natural.

"Ya no se ven los pájaros andar surcando los aires, ni se respira el aroma de las flores. Ya la tierra no es bronca ni tiene color de cobre. Ya no hay hombres talando árboles, ni los jóvenes acampando a la orilla del río. Ya no hay barullo de las ardillas y los ratones, de los ciervos y jabalís. Ya la chimenea de la cabaña no barrunta los cielos de humaredas, y dibuja el rostro del abuelo en el firmamento. Ya ni el arco iris deja ver sus colores, ni el camino se pone cacarizo con el andar del excursionista. Ya no hace ni frío ni calor, ni siquiera nos sentimos alegres, ni cantamos al compás del cauce del arroyo".

Los componentes egoístas y narcisistas se abren paso entre la demanda de comunidad para hacer frente a un mal mundial, una pandemia que no distingue colores, sexos, gustos, estética, ideología, en fin, un microorganismo que como un monarca tomó al mundo como su reino, y a los humanos como sus súbditos temerosos que le rinden pleitesías, conjuros, rezos, respeto para que les respeten sus vidas, incluso admiración por su capacidad de reproducirse, de perdonar a algunos por muy débiles que fuesen, o matar por muy fuertes que fueran, un virus con forma de corona, se convierte en la corona de todos los reinos.

Una desviación histórica, caro pagamos esa desviación de un origen perdido comunitario, a otro, egoísta y solipsista, mudos pensamos que hablábamos cosas trascendentales e importantes, sin darnos cuenta que nos alejamos unos de otros, otros de unos, sin darnos cuenta que la pulsión de muerte se mueve poderosa entre esos mitos, ideologías, y ciencias.

Vuelvo a recordar algunas lecciones que tenemos que aprender de ésta pandemia del coronavirus:

Pese a que ningún país del mundo se encontraba preparado para el covid19, y que las políticas públicas neoliberales fueron paulatinamente degradando los servicios públicos sanitarios de la mayoría de los países, o privatizándolos como fue el caso de los Estados Unidos, o, y eso hay que decirlo, Europa, intentando conciliar su presente francamente capitalista con sus entrañas espirituales sociales (ideológicamente), donde pese a apostar a una protección sanitaria pública, también le está haciendo insuficiente evitar los costes en vidas humanas del coronavirus, la oposición de muchos países del mundo, reprochan que no pudieron haber hecho más los gobiernos de esos países del mundo, presentándose sin ninguna propuesta viable o alternativa, como que si estando al frente de esos gobiernos ellos, lo pudieran haber hecho mejor; pero eso no es cierto, porque simplemente, al igual que todos los gobiernos actuales, tendrían enfrente la total ignorancia de enfrentar a algo terriblemente nuevo y letalmente poderosos como lo ha sido la pandemia del coronavirus; sin antecedentes y preparación preventiva médica, sin una población capaz de responder a las nuevas conductas higiénicas y de cercanía que se ha exigido para aminorar los efectos de la pandemia del coronavirus, sin una vacuna todavía eficaz, y con los efectos de una crisis económica que se hizo acompañar a la desmovilización humana provocado por la pandemia del coronavirus, y sin una conciencia social de que estamos ante un nuevo relato frustrado de la condición humana.

El covid19 nos deja ver las entrañas más perversas del ser humano, que su tendencia depredadora no se detiene, y que el acto comunitario se somete a los apetitos egoístas e individuales del hombre como siempre, por eso es factible darse cuenta que la lucha por el poder público se mantiene intacta, y que los instrumentos de dominación y esclavitud se mantienen vigentes, haciendo parecer que no pasara nada, que podemos enfrentarnos en una visceral lucha por el poder político público sin ética ni consciencia social como siempre, que mañana nos despertaremos de esta pesadilla que vive el mundo, y que cada uno ocupará el lugar que ha ocupado en esta narrativa que ha fracasado, sin que nos diéramos cuenta que llamamos civilización humana, y por ende, que vivimos el mejor de los mundos posibles.

Los elementos que tienen los gobiernos del mundo para reportar buenos resultados ante el enfrentamiento contra el coronavirus es multifactorial, puesto que tienen que ver con factores materiales y económicos (acumulación de riquezas), y en ese renglón pocos son los países que la pandemia los agarró con suficientes recursos económicos y materiales, por la sencilla razón que construimos un mundo desigual y sin justicia social, así que en este sistema neoliberal unos cuantos países son los privilegiados, la inmensa mayoría de los países del mundo ha tenido que apostar a la benevolencia de otros factores, o a la suerte; que tiene que ver como factores medio ambientales (deterioro del medio ambiente y suciedad), como poblacionales (concentración poblacionales promiscuas); que tiene que ver con la educación y la memoria histórica, esto pensando en la capacidad que tiene una población de ser disciplinada y responder a los consejos que la Organización Mundial de la Salud ha estado haciendo, periodo de cuarentena efectiva, higiene y sana distancia entre otras, así como conservar y poder recordar y no repetir el sufrimiento del pasado colectivo o personal; genéticos y médicos, algunos estudios han dicho que la gravedad de la infecciones provocadas por el covid19 dependen de la predisposición a factores sanguíneos, alopécicos, inmunológicos, etc., en fin, que todavía no está escrito el manual para enfrentar con efectividad al covid19.

Por qué en América se ha cebado con más sufrimiento el coronavirus, principalmente en Estados Unidos y América Latina, porque, aunque pareciera increíble, Estados Unidos permitió mostrar, pese a su aparente bienestar, que siempre se empeñó en demostrar que era el lugar del ensueño y no de la banalidad que al final resulto ser, o que lo sabíamos, pero la droga que nos suministró el sistema neoliberal no nos permitía discernir entre apariencia y realidad, es una sociedad dogmática, racial, ignorante, pese a sus prestigiosas universidades, desigual, con una clase política anquilosada en sus eternas alternativas bipartidistas, sin la posibilidad de otra visión de la vida y la sociedad, con un sistema sanitario totalmente privado, con un gobierno que todavía enfrenta la pandemia del coronavirus con políticas públicas limitadas por el poder económico privado, que le exige priorizar la economía a coste de las vidas humanas de estadounidenses, que incluso, podemos decir que la crisis sanitaria del covid19 benefició a las grandes fortunas, como por ejemplo "la fortuna de Jeff Bezos, dueño de Amazon, se incrementó en el curso de la crisis de la Covid-19 en 25.000 millones de dólares, es decir, más o menos como el PIB de Honduras. Su fortuna se eleva ya a 150.000 millones de dólares, el equivalente al PIB de Hungría; y se calcula que podría llegar rápidamente al billón de dólares. Cada vez resulta más difícil encontrar sentido y significado a esas fortunas descomunales", y que esto es un despropósito, como la vemos, el país con más muertos e infectados con ricos más ricos por la misma crisis sanitaria, en fin, que el país de la perfección está haciendo aguas por doquier.

Y nuestra entrañable y querida América Latina, con sus contradicciones, sus prejuicios, su ignorancia, su espíritu domado por siglos de dominación y esclavitud, con su prosa dulce y rica pero inútil y alejada de la realidad, quizás fue para fugarse de lo real que le constriñe adentro de sus seres, con una clase política pobre y comprada por los intereses económicos, con sus pocas voces de libertad y coherencia que se silencian con los sin escrúpulos y ladrones, con sus pueblos bullangueros que deambulan dando tumbos de pobreza y mediocridad, ya ni si quieran sus santos patrones importan y hacen el milagro, ahora son solo el pretexto para el vicio y el cortejo sexual; nuestra América Latina, madre abnegada que no conoce la felicidad, pues siempre ha sufrido escases, pobreza, marginación y varapalos, hasta la naturaleza se ceba con ella, y ahora ese virus que no distingue entre nobleza y avaricia, entre amo y esclavo, entre rico y pobre, porque si lo hiciera, seguro no la estaría haciendo sufrir tanto, madre abnegada que sabe que el covid19 fue introducida por los pocos ricos que si podían viajar, como fue cuando sufrió los estragos de la viruela y demás infecciones que trajeron los colonizadores españoles; y ahora enfrenta a un virus mortal sin dinero, y con pueblos sedientos y con hambre, quienes no pueden darse el lujo de estar en cuarentena y que los mantengan, y quienes tienen que ir a buscarse el pan de cada día, como hace mucho tiempo, aparte le agregamos, su ignorancia, que lo hace temerarios, "si para morir nacimos", "con un buen aguardiente se mata ese virus", para qué ponerse más velos, más cubrebocas, si toda la vida ha estado muda, encubierta, furtiva, al acecho, pese a sus riquezas materiales que solo las produce y ve como parten para los países amos, con sus gobernantes sin estados fuertes, lacerados por la corrupción y el engaño, parece que la crisis del covid19 vino para quedarse, no sé si evadir esa realidad provoca esa conducta irreflexiva y suicida, la cuarentena nunca fue cuarentena, los exhortos nunca fueron escuchados, aun cuando la muerte les toque a la puerta niegan que exista tal virus, una denegación que se está haciendo mortal y terrible.

Aunque me importa el mundo, el mundo más cercano es el que me importa realmente, para hacer el bien hay que estar bien, la piedad y caridad cristiana en estos momentos no sirve. Aunque sé porqué estamos tan lejos de estar bien, que hay un agotamiento de esa narrativa perversa, creo que como apunta nuestro "loco" y querido Nietzsche, continuaremos creyendo, viviendo en esa nada, en ese vacío, en esos dioses y esos mitos inútiles, mientras tengamos esta gramática, el lenguaje es destino, y el destino ya está escrito.

Nunca hemos salido de las cavernas platónicas, siempre hemos vivido entre las sombras pese a las luces de la ilustración y la racionalidad, la verdad se oculta detrás el lenguaje, detrás la ficción, detrás la imaginación, y construir esa nueva narrativa del hombre es el reto de nuestros tiempos.

¡Descanse en paz nuestra civilización!

Noviembre del 2020

Las fotos del día