Literalidades
noviembre 23, 2020 |

La pandemia es cuestionada por más de uno porque ha servido de pretexto para que muchos gobiernos considerados democráticos abandonen sus pretensiones y exhiban sus impulsos autoritarios. Los casos de Francia y España son penosos. En Hungría, el primer ministro ahora puede gobernar por decreto. En el Reino Unido los ministros tienen lo que un crítico llamó poder "impactante" para arrestar a la gente y cerrar las fronteras. El de Israel ha cerrado los tribunales y ha emprendido una estrategia de vigilancia invasiva de la ciudadanía. Chile desplegó al ejército en las plazas públicas otrora ocupadas por los manifestantes que obligaron al referéndum para redefinir la naturaleza del Estado chileno.

Se ha frenado al mundo de manera trepidante y los ciudadanos inquietos exigen facultades extraordinarias. Los dirigentes mundiales sin mucha idea de qué hacer invocan facultades prácticamente dictatoriales y, salvo excepciones, la resistencia ciudadana es poca. Hay gobiernos que sugieren sin pudor que la eventual vacuna sea obligatoria y que a las empresas farmacéuticas se las exima de cualquier eventual responsabilidad en caso de falla o daños colaterales. Hay autoridades a quienes eso les parece aceptable. Incluso hacer la vacuna obligatoria de botepronto, antes de estar seguros todos de que es completamente efectiva.

Pareciera haber un propósito de fomentar una esperanza fundada más en el miedo que en la sanidad.

Los impactos del aislamiento son grandes y reales, la normalización y aceptación del aislamiento tendrán consecuencias sicoemocionales importantes. Es natural.

Lo que no debería ser normal es la aceptación como verdad de los dichos de autoridades de salud mundiales que a lo largo de meses se han mostrado dubitativas y hasta contradictorias.

Las medidas de control testaferro por la pandemia en algunos países son pésima señal de que parte importante de las medidas social/sanitarias por la emergencia tienen más base en el miedo que en el conocimiento. No es normal. Muestra una clara tendencia de que los actuales tomadores de decisiones en el mundo tienen una inquietante tendencia hacia la imposición de autoridad. Y esa es la base de la llamada Nueva Normalidad.

Providencialmente hay signos alentadores de resistencia ciudadana a las medidas de aislamiento impuestas por las autoridades de varias partes del mundo.

Para algunos, no pocos, la pandemia es el marco deliberadamente impuesto por una élite vinculada a intereses corporativos meta nacionales con una agenda de control social y económico que incómodamente recuerda la novela orweliana costumbrista 1984.

Si esto fuera insuficiente, el regreso del general Cienfuegos al país tensa aún más la relación con el casi seguro próximo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, quien perteneciera al gobierno que apoyó con todo la sangría en la que Felipe Caderón hundió al país.

Un gobierno demócrata neoliberal puede tener mejor imagen que uno republicano. Pero en la experiencia mexicana los peores gobiernos mexicanos fueron avalados por los demócratas. Todavía está fresca en la memoria la imagen de Hillary Clinton, en medio de baño de sangre calderonista, vestida muy atinada de rojo, que daba su espaldarazo y bendiciones a las sanguinarias políticas instrumentadas por Genaro García Luna.

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