Las resistencias a la nueva normalidad humana
noviembre 01, 2020 | Lenin Torres Antonio

Escribe Peces-Barba G. (1997) que "el objetivo de la ética pública, moralidad del derecho o justicia, como tradicionalmente se le denomina, es orientar la organización de la sociedad para que cada persona pueda alcanzar el desarrollo máximo de las dimensiones de su dignidad: capacidad de elegir, capacidad de razonar y de construir conceptos generales, capacidad de dialogar y de comunicarse, y capacidad para decidir libremente sobre su camino para buscar la salvación, el bien, la virtud o la felicidad. Este último aspecto es el que directamente se refiere a la ética privada", y es según mi juicio, en esta dimensión de la ética pública de crear las condiciones para que ocurra la ética privada el lugar que nos pone, ante el hecho de una situación que de facto atenta contra la seguridad de todos, como lo es la pandemia del coronavirus, ante una contradicción, que lo podemos observar en los movimiento extremos que van en contra de las recomendaciones de asumir obligatoriamente una nueva normalidad, y lo digo por los movimientos violentos de protestas que están ocurriendo en Europa particularmente, y no con tanta violencia en los Estados Unidos, como entre otros lugares.

Este fenómeno al que me refiero, va en sentido opuesto a una lectura confiada que habíamos hecho que la pandemia del coronavirus nos ponía ante una disyuntiva, o la seguridad de nuestras vidas o la seguridad colectiva de la economía, incluso la mayoría de los países han guiado sus políticas públicas para hacer frente a la pandemia del coronavirus por ese criterio, ir paulatinamente abriendo su economía o a la inversa, ir cerrándola según los parámetros infecciosos del coronavirus. Por eso a veces resulta grotesco ver como son utilizadas esas medidas públicas, el número de infecciones y muertes del coronavirus, como arma de lucha política, cuando sabemos que el virus de coronavirus es inédito y que ha abierto formas desconocidas de la vida pública, y que la garantía del bienestar sanitaria público depende estrictamente del desarrollo de las vacunas, que, por cierto, según la OMS prevé que estarán listas a mediados del próximo año, por lo que seguiremos viendo muertos e infectados por la pandemia en el mundo, claro, mientras no seamos capaces de aceptar la nueva normalidad, el uso del cubrebocas, la higiene corporal y la sana distancia.

El virus del coronavirus pensaríamos que sólo vino a someter a prueba nuestra capacidad de sobrevivencia como especie humana, y todos los pasos parece que indican que ha sido así, tan pronto nos dimos cuenta de su letalidad, nula experiencia sanitaria, y desconocimiento científico, inmediatamente detuvimos al mundo, desmovilizamos nuestro andar por el mundo e iniciamos un encierro voluntario, y asumimos nuevas formas de socialización y cercanía. Con el transcurrir del tiempo, fuimos conociendo un poco más el virus y su tratamiento sanitaria para contener su letalidad, esa primera oleada infecciosa que comenzó en China, se trasladó a todos los confines del planeta tierra, no habido país que no sufriera o sufra sus estragos, más cuando el hombre demostró que su energía la había ocupado más para fines lúdicos y epicúreos, que para prevenir estas posibles crisis sanitarias. Por eso podríamos decir que el coronavirus vino también a cuestionar los fines de la vida humana.

Pero si comienzo hablándoles de la ética, es porque los movimientos de protesta ante la segunda oleada infecciosa que vive Europa y el descomunal proceso infeccioso de los Estados Unidos tienen que ver con la ética privada, y particularmente con lo que entiende como "felicidad" el ser humano.

Un caso hipotético de un dilema ética dice que ante una situación límite que amenaza al mundo, y que sólo, se podría evitar con la amputación de un dedo de un determinado ser humano, el dilema está en, si bien, existe una ética pública que indica que el bien común está por encima del bien particular, también podemos incorporar con toda justicia, el derecho del individuo de decidir o no amputarse el dedo, sin que tengamos que obligar hacerlo. Algo similar está ocurriendo en Europa, no en el sentido de que los que protestan hayan decidido salvar al mundo "amputándose sus placeres y lo que consideran su felicidad", que es la libertad de disfrutar la vida en base a la vieja normalidad que no puede ser aceptada tan fácilmente en estos tiempos.

El caso de las protestas en Europa, particularmente en Francia, Italia y España, dan un vuelco a la idea que teníamos que el debate estaba en cerrar o no cerrar nuestra economía, sino en seguir o no seguir la nueva normalidad, los jóvenes ante la segunda oleada infecciosa decidieron salir a protestar, porque simplemente no quieren volver al encierro y a restringir su movilidad, y a eso llaman un atentado a su "libertad", aunque eso implique que esa movilidad sea garante de un proceso infeccioso del coronavirus letal y de pronósticos graves para la salud de los europeos, ¿está en su derecho volver a la normalidad aun a costa de los derechos de los que sí aceptan la nueva normalidad, siendo estos unos cuantos?, si nos basamos en la ética diríamos que no tienen derecho de atentar contra el derecho a la salud de los demás con su derecho a vivir con la normalidad a la que estábamos acostumbrados.

Creo que el debate no tiene una salida, porque son posiciones irreconciliables, y tienen que ver con la idea que se tiene de la felicidad y el sentido de la vida. Las resistencias del des-goce del cuerpo, a no tener en nuestras manos las pequeñas muertes, y la búsqueda de completud, tienen que ver con las respuestas a las que debemos aludir sino queremos criminalizar a los que protestas por el encierro y la nueva normalidad, y eso tiene que ver con la idea de hombre que hemos evitado debatir, quedándonos complacidos con la idea del hombre moderno, censurado por la cultura y troquelado por la economía, viviendo en un mundo que censura el cuerpo, y a la vez, lo exhibe como un trofeo de presa en el sentido neoliberal.

Muchos tildan de bizarros izquierdosos a quienes hablamos que el gran mal del hombre ha sido y es el sistema económico y social neoliberal capitalista, que ha hecho que estas contradicciones no se zanjen, que ha impuesto una narrativa tramposa, excluyente y premeditada de esclavitud y poder, y que oculta lo que el coronavirus ha evidenciado, la obsolescencia de ese sistema humano y la necesidad de volver a pensar al hombre. No es fortuito ni poca cosa, que el hombre prefiera la muerte a la vida, que la pulsión de muerte corra libre, que no seamos capaces de aceptar una nueva normalidad que implica sobrevivencia y que es un asunto de todos, por el simple hecho de vivir lugares comunes, que mi derecho es tu derecho y el tuyo el mío.

No es poca cosa darnos cuenta que exactamente los lugares hedonistas por antonomasia, los Estados Unidos y la Europa Mediterránea, sean los lugares donde las resistencias a la nueva normalidad se estén dando, en el mediterráneo la "dolce vite", el buen comer, el buen vivir, y los Estados Unidos, el buen confort, el poder.

Descanse en paz nuestra civilización.

Octubre del 2020

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