Política

Viscerales

octubre 15, 2020

Ayer, este espacio editorial abordaba el tema de la mentalidad colonialista interna que se desgarra las vestiduras por la petición del presidente López Obrador para que la Corona española y el Estado Vaticano ofrezcan una disculpa por su comportamiento durante la Invasión y la Colonia, desde la caída de Tenochtitlan en agosto de 1521, hasta la consumación de la independencia tres siglos y un mes después, en septiembre de 1821. La visceralidad de las reacciones se dispensa gracias al patrocinio de la derecha que, desarticulada y todo, tiene dinero suficiente para pagar campañas y líneas editoriales en medios convencionales y redes sociales. Ya sea quemando mujeres y disidentes, o anatemizando movimientos sociales y llamando a la obediencia y sumisión. Basta darle una oteada a tres momentos históricos nacionales: la Guerra de Independencia, la Guerra de Reforma e Invasión Francesa y la Guerra Cristera.

Pide un cura, Miguel Ángel Alba Díaz, obispo de la diócesis de La Paz, Baja California, que la administración de Andrés Manuel López Obrador ofrezca una disculpa por la Guerra Cristera, que tuvo lugar en México de 1926 a 1938.

No puede ser fortuito que el cura fuera nombrado obispo por Juan Pablo II en junio de 1995, en el apogeo de la contrarreforma virtual a las resoluciones del Concilio Vaticano II. Este hecho permite suponer que el obispo Alba milita en las filas ultramontanas del clero mexicano.

Pero el obispo es penosamente impreciso cuando dice que es el Estado mexicano quien tiene que disculparse con la Iglesia por la Guerra Cristera: Olvida el obispo, o lo ignora (lo que es también bien posible), que la guerra Cristera la inició el clero y el conservadurismo mexicano cuando mandaron a asesinar a Alvaro Obregón, quien buscaba su reelección. El asesinato desató la cofrontacion que por tres años desangró a un país maltrecho por una guerra de 11 años que habría de servir para configurar el primer Estado de bienestar latinoamericano.

Al conservadurismo clerical y nacional le parece demasiado la petición del gobierno mexicano. Son algo así como un pálido remedo de los polkos proyanquis que apoyaron la invasión norteamericana de 1847, cuando Santana perdió la más de la mitad del territorio nacional.

Bien visto, los conservadores tienen la reprobable costumbre de traicionar a la patria en formas especialmente onerosas. Pero eso sí, nunca tanto como lo caro que le han salido al respetable los 36 años de conservadurismo neoliberal.