Política

Sorpresas amables

octubre 10, 2020

En días recientes el papa Francisco lanzó un encíclica contra del neoliberalismo. La iniciativa papal es sustantiva y harto significativa. De bote pronto es la demostración rotunda de que las motivaciones de éste papado son diametralmente contrarias a la línea política desplegada por la Iglesia católica durante los 40 años del neoliberalismo que despedorraron al mundo y hoy lo tiene al borde de una depresión económica mundial de magnitud oceánica, muy probablemente bastante más grave que la crisis 1929-33 que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Los pronósticos para América Latina son en absoluto alentadores.

No es la primera vez que la Iglesia Católica hace un movimiento pendular totalmente contrario a la línea que había seguido, demostrando una envidiable adaptabilidad institucional. Así sucedió luego de la Segunda Guerra Mundial cuando el papa Pío XII, quien colaboró –o por lo menos contemporizó– con Mussolini y con Hitler, fue sucedido a su muerte por el cardenal Ronquelli, quien adoptó el nombre de Juan XXIII en 1954. Para 1959 ya había organizado un concilio, el Concilio Vaticano II, que cambió a profundidad el perfil de la Iglesia católica. No solo en los ritos, la misa en el idioma local y no en latín como históricamente había sido, sino en su relación con la sociedad.

El principal sentido del Concilio Vaticano segundo fue el regreso de la clerecía a la vocación preferencial por los pobres. Después, en el contexto de la polarización de la Guerra Fría, a la muerte de Juan XXIII le sucedió Paulo VI quien continuó con la línea reformista del Concilio Vaticano II. Al morir fue elegido Juan Pablo I, quien murió sospechosamente al mes de haber sido ungido. Juan Pablo I pretendía ahondar en las reformas iniciadas por Juan XXIII. La clarificación de las cuentas vaticanas era una de sus prioridades. Murió a 33 días de haber sido elegido. Fue sustituido por Juan Pablo II, la antítesis de Juan XIII y Paulo VI.

Bajo su papado se dieron los peores casos de encubrimento de la pederastia clerical; pero no solo eso, la Iglesia Católica se convirtió en la bisagra de convencimiento del neoliberalismo, en ascenso desde inicio de la década de los setenta. Tenía también otras particularidades, la protección institucional sistemática de los jerarcas pederastas. No poca cosa si nos atenemos a los connotados pederastas como Marcial Maciel y la nefanda presencia de Norberto Rivera y su fauna de acompañamiento.

Tradicionalmente la Iglesia católica mexicana ha sido profundamente conservadora, reaccionaria. Se opusieron furibundamente a Juárez y a los aspectos sociales de la Revolución Mexicana y nunca han dudado de hacer uso de la fuerza con dos guerras: la Guerra de Reforma contra Juárez, y la Guerra Cristera, contra los aspectos sociales y religiosos de la Revolución mexicana. Asesinaron a un presidente, Álvaro Obregón.

Con esos antecedentes históricos, no está mal que en estos tiempos de crisis profundas, no solo la económica, el mundo tenga un Papa que abiertamente se pronuncia contra el despojo del neoliberalismo. Eso no borra el negro historial quema mujeres y quema sabios científicos de la Iglesia católica, pero potencializa un aliado en la lucha contra las racionalizaciones neoliberales. Incluso, a mediano plazo, podría facilitar un nuevo arreglo económico mundial basado en un patrón monetario estable, no en la canasta de monedas con la que funciona el planeta actualmente.

No es casual que el presidente López Obrador se congratule de las inesperadas declaraciones del papa Francisco.