Paredes en blanco
octubre 06, 2020 | María José García Oramas

Según cifras oficiales, las víctimas de feminicidio aumentaron 145 por ciento en los últimos 6 años. Gracias al movimiento feminista, hoy conocemos algunos de sus rostros, sus nombres, su historia. En su mayoría se trata de chicas jóvenes, de entre 16 y 31 años que estudiaban o trabajaban. Varias tenían hijos pequeños, otras eran activistas sociales.

Ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales o municipales han logrado desarrollar una política eficiente que detenga esta masacre –no encuentro otra manera de nombrarlo–, razón por la que estos delitos, como tantos otros en el país, permanecen impunes.

Ya sea en el hogar, en la calle, en el trabajo o donde quiera que se encuentren, las mujeres, particularmente las jóvenes, corren peligro. No hay espacio seguro para ellas en ningún lugar del territorio nacional, pero sobre todo si se encuentran en el Estado de México, Veracruz, Ciudad de México, Nuevo León, Puebla o Jalisco.

No hay seguridad para ellas ni en las entidades que cuentan con alertas de género ni en las que no cuentan con este mecanismo. No hay seguridad en sus casas llamando al 911. Y no la hay porque no hay presupuestos, porque no hay programas de trabajo eficientes para erradicar la violencia contra las mujeres y porque no hay voluntad política para enfrentar este problema en su magnitud y complejidad. Simplemente no está en las prioridades de nuestros gobernantes.

Mientras tanto, las mujeres salen a protestar a las calles, aún en medio de la pandemia, a fin de manifestar su creciente y legítima indignación. Y lo hacen precisamente las jóvenes, esas que estudian o trabajan y que mañana o cualquier otro día pueden desaparecer y, en el mejor de los casos, lograr ser encontradas ya sea en un lote baldío, en un bote de basura, en un contenedor con huellas que evidencian el haber sido violadas, torturadas, asesinadas.

Estas chicas salen a manifestarse con el rostro cubierto porque no creen que el gobierno las proteja. Van preparadas para hacer pintas en los monumentos de próceres que no las representan, en paredes tapizadas de anuncios comerciales que las convierten en objetos sexuales, en oficinas de gobierno donde sus voces no son escuchadas. A su paso, buscan dejar huella de su sentir colectivo: "la policía no me cuida", "basta de feminicidios" "si tocan a una nos tocan a todas", entre muchas otras consignas de color violeta y ahora también de color verde, "aborto legal ya", "será ley".

Sin embargo, las evidencias de su lucha desaparecen pronto porque los gobiernos locales y el gobierno federal no tardan en ir detrás de ellas repintando las paredes de blanco, mientras se dicen abiertos al diálogo. Les plantean reuniones de trabajo y les brindan espacios institucionales alternativos para hacer sus pintas. Todo ello a fin de reconducir sus voces por los canales oficiales, con el argumento de que "vandalizan" el espacio público y de que la violencia no se soluciona con la violencia. Pero conforme esto sucede y los casos de feminicidio aumentan en un 145 por ciento en los últimos 6 años, el clamor también aumenta y las formas de lucha se radicalizan.

¿De veras creemos que cubriremos el rojo feminicida de los cuerpos femeninos con el blanco impoluto de las paredes y las calles en el espacio público? ¿De veras se trata de armar mesas de trabajo para seguir discutiendo los problemas? #Ya basta, de lo que verdaderamente se trata es de erradicar la violencia contra las mujeres en todas sus formas.

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