De los cristeros a los frenistas
octubre 04, 2020 |

Una simple comparación –basada en sus propósitos y motivaciones, como actos políticos– entre la conmemoración que anualmente diversas organizaciones y ciudadanos hacen para no dejar en el olvido la matanza del 2 de octubre y el plantón de frenistas-cristeros, que demandan la renuncia del presidente López Obrador, revela no solo los orígenes y profundas discrepancias que hay en esos dos Méxicos, de los muchos que conviven hoy en día.

Los cientos de personas que se dieron cita el pasado viernes para recordar que han transcurrido 52 años desde la masacre con que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz buscó poner fin al movimiento estudiantil que evidenció la ruptura entre la sociedad mexicana y un régimen autoritario representan a integrantes del Comité 68, personas damnificadas por el sismo de 2017, estudiantes de escuelas normales rurales, integrantes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra de San Salvador Atenco, padres y madres de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos y otros colectivos sociales o ciudadanos sin adscripción.

Esa criminal acción de aquel Estado autoritario –al que se ve que muchos añoran con profunda nostalgia y están dispuestos a hacer todo lo posible por su regreso– sigue siendo un parteaguas en la historia de México, y en particular en la lucha por una democracia efectiva y no solo nominal. Si tres generaciones después se mantiene viva la memoria sobre la atroz represión en la Plaza de las Tres Culturas, es porque esa noche terminó de resquebrajarse la fachada institucional urdida por el priísmo para legitimar a una clase política que, décadas atrás, había dejado de representar los preceptos con los que justificaba su dilatado control del Estado.

En lo sucesivo, se volvió imposible maquillar la incapacidad de las autoridades para procesar de manera legal y pacífica las exigencias ciudadanas y la disidencia política; mientras, la conciencia social de dicha incapacidad dio pie a una verdadera eclosión civil que, con sus matices y contradicciones, continúa activa hasta hoy.

Los sucesores de Díaz Ordaz –comenzando por Luis Echeverría Álvarez, responsable directo de la matanza en su calidad de secretario de Gobernación– mantuvieron con fiereza el manto de impunidad tendido sobre todos los responsables, materiales o intelectuales. En este aspecto, la llegada del Partido Acción Nacional al poder en el 2000 y la creación de la fallida Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp) fueron una amarga decepción para quienes esperaban algún cambio de actitud con respecto a ese crimen de Estado.

En cambio, el plantón de las casas de acampar vacías y sus movilizaciones como la que tuvo lugar ayer, parece totalmente ajena a una circunstancia tan profundamente influyente en la vida moderna del país, en relación al significado que tuvo el 2 de octubre para la vida democrática. Sus representantes, visibles y ocultos, no se molestan en darle cobertura a su movimiento; su único propósito es exigir la renuncia del presidente López Obrador y como ya lo advirtió Gilberto Lozano, líder del Frenaa, se trata de aplicar la misma receta utilizada en Bolivia: preparar las condiciones para un improbable golpe de Estado –en el caso mexicano– auspiciado por la milicia y grupos confesionales de corte cristero, que han sido espantados con el fantasma del comunismo e influenciados por la machacante campaña que los medios afines a ese proyecto hacen a diario en contra del gobernante.

Se ha dicho que no deben desdeñarse estas expresiones dogmáticas de quienes desean, con la imagen de la guadalupana y textos sagrados, abrirse paso a palacio nacional para instituir un modelo de gobierno como los surgidos del PRI y el PAN; atrás de ellos hay demasiados intereses que no vacilarían en llevar el país al caos.

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