Política

Feminismo radical: las voces que la ciudadanía se rehúsa a escuchar

septiembre 30, 2020

Garantizar un Estado democrático debe ser la consigna a perseguir por todos los pueblos. México parece estar en vías de hacerlo, aunque esto aún es algo lejano, lo cual en parte es bueno, ya que permite saber que hay mucho por lo cual trabajar. En ese sentido, las manifestaciones resultan importantes siempre y cuando tengan un motivo que las justifique, ya que señalan las áreas de oportunidad sobre las que debe trabajar el servicio público.

Los movimientos feministas han abierto una gran zanja en la sociedad, no tanto por la peculiaridad de su forma de manifestación, sino por el tema que están tocando, a saber: el aborto legal en nuestro país. Este tema se torna rocoso y difícil de digerir para un gran sector de la población que basa sus opiniones en dogmas religiosos o mitificaciones que distan de un debate serio con respecto a lo que significa una vida humana. Ya que lejos de escuchar razonamientos y argumentos contundentes sobre el por qué es importante defender la vida, vemos un sinfín de cartas o mensajes que romantizan la subjetividad de un feto, cosa inexistente, por cierto.

El tema es que la rispidez del tema impide ver que existe una imperante necesidad por atender la problemática, ya que, legal o no, es una realidad que las mujeres siguen abortando (cuando tienen la oportunidad, la información o los recursos para hacerlo).

¿Pero qué pasa con ese sector de la población que no puede hacerlo?, es decir: pensemos, por un momento, en las miles de niñas y jóvenes que son violadas por familiares y que, como consecuencia de tal atrocidad, se ven obligadas a cargar con un producto que no pidieron y, peor aún, que es fruto del incesto (uno de los mayores tabúes de la civilidad). Este ejemplo no basta para enunciar toda la gama de razones por las que el tema del aborto debe ser sometido a un análisis serio y oportuno.

El tema quizás deba ser abordado con mayor cautela, pero, por ahora, nos concentraremos en señalar que la miopía y la sordera crónica parecen hacerse presentes cada que este tipo de manifestaciones ocurren.

Con tristeza, podemos ver un cúmulo de comentarios que llenan de descalificaciones a las mujeres que han decidido manifestarse, sin conocer los motivos por los cuales lo hacen. Pareciera que los indignados por las manifestaciones quieren ver el mundo desde su pobre razonamiento.

El punto sobre el que queremos concentrar nuestra reflexión es precisamente esta incapacidad para escuchar y atender la demanda por parte de la ciudadanía. Pareciera que observan a un montón de mujeres gritando y violentando el orden público, y argumentan frases como: "no son las formas".

Lo irónico es que esa misma sociedad hace un par de meses clamaban y elogiaban el comportamiento violento que habían tenido unos sujetos que detuvieron un asalto y que tundieron a palos al delincuente. Pareciera que, en este caso, "sí eran las formas".

Entonces: ¿cuál es el diferencial entre ambos acontecimientos, ya que el motivo de ambas manifestaciones es el hartazgo?

La respuesta parece estar en aquello que enunció una célebre antropóloga francesa, quien fuera alumna de Claude Lévi-Strauss, nos referimos a Françoise Héritier. Quien en su obra Masculino/Femenino: disolver la jerarquía apuntaba a que el problema radica en que, históricamente, la violencia ejercida por hombres y mujeres resuena de forma distinta en la población.

De este modo, la violencia ejercida por el hombre siempre es vista como una manifestación que pone orden; mientras que la ejercida por la mujer se le considera como una afrenta al orden y a la estabilidad. Pedimos considerar como ejemplo las situaciones descritas (manifestaciones feministas y el asalto a la combi).

Si consideramos esto, podemos entender que existe una perspectiva antropológica que enuncia que nuestro problema es que no hemos tenido una escucha atenta y que sólo vemos alteración del orden, daños a monumentos o gritos sin sentido, cuando las demandas son más profundas de lo que creemos.

La pregunta entonces es: ¿cómo educar nuestra vista y escucha para aprender a ver los verdaderos problemas que se abordan en estos colectivos?

Quizás, enunciando que el problema reside en que las mujeres deben dejar de ser vistas como entes que alteran el orden (¿patriarcal?), y buscar entender que el debate sobre el aborto nos involucra a todos.

Repetimos, transitar hacia un estado democrático debe ser ir hacia un diálogo que escuche las exigencias, para someter a debate las demandas que aquejan a todos los sectores de la población.

En ese sentido: abortar debe ser una libre elección, lo cual no significa que las clínicas se van a desbordar de mujeres dispuestas a abortar. Habrá quienes quieran hacerlo y quienes prefieran no ejercer esa libertad. Pero abrir el debate es dar oportunidad de hacerlo a quienes lo requieran, por las circunstancias que cada quien considere mejores para su desarrollo de vida.

Para situar un ejemplo sobre esta cuestión: a finales de los años 70 y principios de los 80 emergió un colectivo de mujeres contra la pornografía (Women Against Pornography), quienes estaban en contra de la violencia en la pornografía, las sex-shops y teatros de pornografía. No obstante, esta cuestión permitió que se diversificara la pornografía, al grado en que las mujeres cuentan con opciones de consumo, es decir para el uso libre y del ejercicio de la sexualidad.

De aquí que podamos decir que las prohibiciones no funcionan ya para el ritmo vertiginoso de la población, más bien la opción está en la apertura, en el diálogo y en la diversificación de opciones para evitar problemas sociales, tal es el caso de los múltiples embarazos adolescentes en nuestro país.

¿Estamos dispuestos a sobreponernos a nuestra miopía y sordera antropológica, en aras de poder escuchar las demandas?