Política

Reciclados

septiembre 23, 2020

Hace poco menos de un mes, el presidente López Obrador recordaba que, desde la presidencia del Gustavo I. Madero, nunca se había atacado tanto a un presidente en los medios de comunicación. Cosa completamente cierta y verificable. Con una diferencia, esta vez es mucho más amplia e intensa. Las razones están –o deberían estar– claras para todos, aunque nunca faltan algunos desapercibidos que no se enteran.

Estamos en la mitad de una transformación completa del sistema. Se reconfigura el Estado Mexicano para erigirse, por acuerdo y ley, en un Estado de bienestar. Nada nuevo, si nos ponemos estrictos, es así como está diseñada la constitución de 1917, resultado de un muy amplio acuerdo político que incorporó a la discusión nacional y a los procesos de toma de decisiones a muy amplios sectores de la población hasta entonces excluidos.

El pacto legitimador –la constitución– que organizaba el pacto social funcionó bastante bien hasta que la decadencia de la clase gobernante, su frivolidad, la nacionalización bancaria obligaron a la clase gobernante a aceptar un cambio de diseño del Estado. Las instituciones financieras mundiales, FMI y BM, impusieron a un sucesor tecnócrata, Miguel de la Madrid, bisagra entre el viejo régimen revolucionario y la cáfila de tecnócratas financieristas traidores a la patria que gobernaron el país durante cinco sexenios.

Éstos dejaron al país en ruinas, endeudado, casi desmantelado, con el sistema sanitario quebrado. Durante 30 años drenaron al país. Los pagadores, a quienes se les ha cargado el peso de quebranto, han sido los gobernados. Hasta este gobierno. El modelo de país y de sociedad está cambiando o, mejor dicho, se está recuperando. Con una ventaja adicional, sin la variable corrupción.

Desde la Colonia hasta el pacto corporativo, la corrupción había servido para compensar las fallas de diseño y eficacia institucionales. Los "beneficiarios" del sistema eran preferencialmente las élites, pero los beneficios perneaban por gravedad. Al final del día, habría una suerte de distribución del ingreso. Aún dentro de lo grotesco, como el caso del Negro Durazo. El neoliberalismo llevó la corrupción a niveles fuera de toda prudencia, de decoro. Una clase dirigente meretriz de las grandes beneficiarias de la vendimia de los bienes del Estado. El fracaso del modelo es rotundo, basta con ver lo que está pasando hoy en el planeta.

Los avariciosos sátrapas del régimen pasado no se hallan. Nomás no logran articularse como oposición. Sin organizaciones intermedias porque sus partidos políticos están hechos pedazos La oposición política liderada por empresarios y por payasos propagandistas. Y no levantan. Pobres,

Visto a distancia la imagen es patética, decadente. Están completamente desarticulados, y sus circos mediáticos no resisten el menor soplido. Los primeros vientos de otoño echaron a colar las carpas, o la farsa, como se prefiera. Son patéticos.

Faltos de todo, de inteligencia, de figuras y de liderazgos, reciclan a su vapuleado candidato a la Presidencia. Vamos, que carecen del elemental pudor de, por lo menos, buscar una figura no tan directamente vinculada con el régimen de saqueadores anterior.

Acusan al gobernante de polarizar al país, cuando son ellos los que todos los días despliegan la retórica del odio. Desde la furibunda mujer que tambor en mano amenaza al Presidente y al respetable que ose contradecirla, hasta los persignados confesionales que oran por el fracaso de un proyecto de gobierno que sea justo con los gobernados. Ésos son sus parámetros.

Traen como abanderado al candidato de su completa derrota. Pero la apuesta está clara.

Lo que que hoy se discute en el país es el modelo de Estado con el que queremos gobernarnos siempre, independientemente del partido gobernante. Un Estado que se obliga a procurar el bienestar de todos, compensando los desbalances, o un Estado que gobierne a favor de una élite codiciosa que tiene la intención apropiarse de la mayor parte del ingreso nacional. Es simple.

Reciclar a Anaya como figura convocante deja clarísima la naturaleza de las intenciones de los factótums del régimen anterior. Los que durante tres décadas vieron con indiferencia el deterioro de los niveles de bienestar de los mexicanos y a los que validaron que el sociópata Calderón Hinojosa dispersara el horror macabro por el territorio nacional con su guerra por un narco.