Sociedad y Justicia

Mi casa es su casa*

septiembre 21, 2020

Paisajes

*Reflexiones en torno a –dos- lemas.

Para mis compañeros del Colegio de Economistas del estado de Veracruz.

Es interesante reflexionar sobre algunos significados acerca del terruño, mi tierra, mi pueblo, la matria (Luis Gonzalez dixit), la aldea; acercarse a ellos tanto por el lado local como por el lado global, ya que son términos relativos a nuestro espacio de convivencia, que están cargados de sentimientos y emociones (si muero lejos de ti), y aún más, de pasión. Son por lo tanto materia que, va más allá de la historia, la economía, la política, la sociología, la etología y la geografía, y son también objetos de estudio tanto de la semiótica como de la antropología.

Ayer: del oikos al imperio y la metrópoli.

Veamos en primer lugar el aspecto económico de nuestro tema: el término casa desde su origen esta relacionado con el estado del hábitat inmediato, de lo que nos rodea, en el cual vivimos cotidianamente: oikos, que no sólo es nuestra casa. En la Grecia antigua, la mayoría de las casas eran parte del campo y otras, de la polis, y había que cuidarlas, administrarlas, para que permitieran seguir viviendo a sus habitantes, no sólo en ellas, sino de ellas. Es decir, había no sólo que administrar, sino cuidar su entorno; es decir la ecología. Entonces se advierte: la raíz oikos, es común; su significado etimológico y sus tareas compartidas: administrar la casa y su entorno.

Ahora bien, varios cientos de años después se aprecian en la Grecia de Aristóteles, una oikos y una polis ; es decir, un ámbito familiar, privado, y un ámbito común, público, compartido; y es aquí donde reconoce Arístóteles: too zoon politikon. Pensamiento que, desde mi punto de vista, no significa necesariamente -o solamente- que el hombre es un animal político (con los muy repetidos abusos que se han dado a esta oración en el sentido exclusivamente "político"), sino que significa, como lo comprueba el mismo Aristóteles en su obra, que el hombre es fundamentalmente un ser social, que pertenece a la polis, esto es, la ciudad, (este es un tema diferente que merece una reflexión mucho más amplia). El origen de la diferencia arriba señalada, llega a nuestros días: la oposición entre el ámbito privado versus el público.

Aquí, en este sencillo texto, simplemente diremos que las polis de la Grecia clásica eran de tamaño pequeño –puesto que la humanidad era escasa-, aunque fuese la misma Atenas o Esparta. Estas ciudades "niñas" han subsistido desde el siglo V a C en Occidente, y son llamadas más tarde, pueblos, comunas, ranchos, parroquias, aldeas, villas, comarcas, provincias (y muchísimos nombres locales más). Históricamente el término de ciudad, polis, pasa por la influencia romana, a urbe. De ahí, urbano, urbanidad y otra connotación adicional, la del desarrollo civilizatorio. Y esa es la otra derivación que nace de la ciudad, civitas, civil, perteneciente a la civilización, al derecho (romano), a los privilegios del ciudadano romano, al orden, en contra de la barbarie, en oposición a la barbarie (y todavía hoy). Pertenece a lo que aprendimos en las clases de civismo en la primaria de los sesenta, que me parece hoy agoniza (¿por la barbarie?); es desde luego propia de los derechos ciudadanos, y de la democracia.

Por otro lado están las grandes ciudades-estado de la Antigüedad existentes antes del imperio romano. Son crecientes centros ceremoniales que incluyen, que concitan positivamente la política, la economía, la religión y las culturas. Centros comerciales (y financieros incipientes) que viven de esa concentración de poderes afianzados mediante la fuerza militar, amurallada contra los ataques de los bárbaros, del desorden, de la destrucción. Estas ciudades en Europa no alcanzaron la importancia de Roma cientos de años después, que se fue transformando en un imperio. Es una fuerza, un poder social, cultural, político y económico, como se sabe, concentrado. No se trata de una aldea.

¿Y las aldeas? No habían desaparecido, funcionaron como goznes, como ejes articuladores del poder político y de la transacción económica por la vía de la geografía (F. Braudel). Esta es parte de la historia económica de la Edad Media y de la historia de América precolombina, así como de la economía de mercado de Asia durante más de tres mil años: no un centro, sino muchos que conforman redes.

La categoría conceptual de aldea tiene otro significado en la interpretación antropológica, atrás del comentado en este brevísimo desarrollo: casas dispersas que se concentran cada vez más y se convierten en espacios de poder y magia, de comunicación social con los iguales, con el prójimo. No existen en el desierto ni en las grandes montañas, sino en planicies a la orilla de los ríos y los océanos, son pueblos que se van convirtiendo en ciudades con un centro dominante económico y político (sin embargo, subrayo el carácter antropológico, es decir simbólico y semántico de esta sección) que poco a poco se van convirtiendo en cabezas regionales, en capitales, que se van transformando en metrópolis, que llegarán a ser el centro del mundo (desplazable, por cierto): Roma, París, Londres, Nueva York, Beijing.

En esta transformación secular la aldea se ha minimizado. No tiene importancia global. Y lo que llama la atención es la importancia relativa de ese centro que se ha movido: el pueblo pequeño, el pueblo grande, el centro urbano, el centro metropolitano: antropológicamente persiste una categoría de poder, pero esta es mutable, pasa de una categoría a la otra sin dilucidación, sin análisis, desde luego, pero también sin violencia (aunque a veces se internaliza): parece un "desarrollo natural": la categoría espacial simplemente se desplaza con toda su carga individual, social, política.

¿A qué categoría de las ciencias sociales responde este fenómeno: la economía, la sociología, la política, la historia, la antropología? Son espacios en transición que obedecen a reglas económicas –es decir relativas a la eficiencia- del comercio y las finanzas que se consolidan y estructuran por la vía política, pero el desarrollo cultural nos muestra también otro código profundo, oculto, disfrazado, que sin embargo no sólo se ejerce por sobre la economía y sus mercados, por sobre la política y sus condados, por sobre la aspiración potestativa, sino que se encuentra marcada por una especie de geometría esotérica e inconsciente del manejo del espacio humano que sobrepasa la necesidad animal y se convierte en un designio cultural del territorio terrestre habitado por el hombre.

La antropología estudia no sólo al manejo del territorio individual, sino que incumbe al espacio humano como un factor de contacto entre culturas que crea pautas formales espaciales y por lo tanto un lenguaje silencioso de relación social consigo mismo y con los extranjeros. Encuentros y desencuentros que quedas inscritos en la historia de las ciudades, se convierten en su arquitectura urbana y en su nomenclatura y ordenamiento vecinal, más allá de la topografía. No sólo es el feng shui, sino la distribución reticular de la Manhattan holandesa, con su muro (Wall Street) o la de Puebla de los Ángeles; si no también la herencia –escondida- francesa de Xalapa (la nomenclatura distinta de una misma calle, lo mismo que términos como la "cochera"), los famosos muros mexicanos y los jardines abiertos de los Estados (¡¡también propincuos!!) Unidos. Adentro se escinden los extraños, los extranjeros cosificados que se han internado en nuestras propias casas en forma de objetos exóticos que se vuelven "nuestros", y que llegan a identificar nuestro hogar.

Hoy: del mundo global al oikos.

La relación con el medio natural ha sido cultural, no sólo funcional, económica; el industrialismo lo usa para transformarlo en capital, en riqueza; los indios de América lo consideraban sagrado, también diversas culturas de Asia y de otras partes del mundo; ahora que la madre tierra, Gea, Gaia, sufre; el sentido "religioso" pareciera desaparecer atrás de la violencia imperial del capitalismo. Es esta agresiva globalización la que se rechaza, la del malestar de Stiglitz.

La capital, el puerto, la Meca, el orden de importancia geoeconómico, político y religioso se desplaza, confluyendo en Babilonia, en Egipto, en Jerusalén, en Roma, Ámsterdam, Londres, Washington; no se detiene en la historia, forma redes de ciudades, reinos, estados-nación, imperios, y sigue en el siglo XXI, convertido en este proceso descrito por McLuhan de la Aldea Global, ahora hacia una otra aldea movible y móvil de la Galaxia Whataspp –por cierto, circular, globalmente-, que sólo termina donde empezó: en casa.

"Xalapa es sólo una aldea parroquial" decía con su sonrisa irónica Yayo Gutiérrez hace pocos años. En otro espacio he escrito sobre el curso cambiante de nuestra ciudad que confunde una y otra vez a los extranjeros, primero, y después los acepta, los integra: "Esta es mi casa" parece que se dice en libanés. No sólo se le ha invitado, se ha aceptado "al intruso" en casa. Y lo mismo ha sucedido en Nueva York y Beijing, La Habana y Paris, Chicago y Xico.

Así, la sencilla y cortés expresión mexicana que muchas veces enreda y engaña al extranjero, mi casa es su casa, se vuelve por el arte de la hospitalidad, toque de gracia de la globalidad; y como reflexión integradora de este texto, también significa el reconocimiento de que si no cuidamos de nuestra casa, a todos, globalmente, la tierra nos expulsará (Covid dixit).

Ante la transformación de Xalapa, de barrios a aldea, de feria internacional de comercio en el XVII a capital del estado en el XIX, de su creciente exterior en el XXI al interior de nuestras casas. Ahora, amigos, compañeras, mi casa confinada es también su jaula, perdón, su casa.

Salgamos –postcovid- de nuestras jaulas a compartir la música y la danza, el gesto cordial y la palabra amable, convivamos humanitariamente en esta casa global.