Política

Alentadoras

septiembre 15, 2020

Entrados de lleno en el siglo XXI, hoy existen mujeres policía, boxeadoras, rockeras, gobernadoras y directoras de grandes empresas. Formalmente hay leyes especificas que las protegen del maltrato y de la discriminación.

Con todo, tales avances no alcanzan a atemperar la misoginia sistémica y la de muy buena parte de los hombres mexicanos que se suman a ella. El desprecio cotidiano hacia las mujeres sigue. Por sistema. No importa lo destacada que sea la persona.

Y no solo hechos terribles como los asesinatos de obreras en Ciudad Juárez, la violencia doméstica en la que viven millones de mexicanas o las políticas salariales sexistas que deprimen el salario de las mujeres, sino las prácticas sociales, las expresiones lingüísticas y a las asignaciones de rol que los mexicanos —y mexicanas— moldean desde la infancia: la bivalente presencia de una figura masculina entre ausente y autoritaria y la protección de una madre abnegada o en los Edipos no resueltos con una figura femenina dominante.

El violento desalojo de las mujeres que ocuparon las oficinas del la CNDH en Estado de México, la enojada saña con las que pretorianos la emprendieron contra las mujeres y las periodistas que ahí se encontraban se explica por la elevadísima misoginia mexiquense, uno de los estados de más violencia contra las mujeres. Igual que aquí en Veracruz.

La violencia verbal existe en el lenguaje cotidiano en contra de la condición femenina. Sea porque la mujer reclama, o solicita, porque manda o por dominante. La cotidianidad es plena de desprecio por lo femenino.

Es una base formativa misógina lo que explica los asesinatos de obreras en Ciudad Juárez, el abuso de policías mexiquenses a mujeres de San Mateo Atenco, los asesinatos y desapariciones de cientos de mujeres jóvenes en Veracruz.

Es esa base misógina lo que explica los miles de asesinatos y las incompetencias de los gobiernos para resolver aceptablemente los feminicidios.

Pero hoy el estado tiene una fiscal mujer, Verónica Hernández Giadáns. Ese solo hecho es ganancia, implica un cambio de actitud, pero desde luego que es insuficiente para cambiar las inercias misóginas de la sociedad veracruzana. Los cambios deben ser desde la sociedad misma. En la educación escolarizada, en la familia y en la comunicación del estado.

Lo que lastra al estado no solo son las inmensas diferencias sociales; lo que lastra al estado es la mentalidad patriarcal que tolera y alienta esas diferencias.

La reunión ayer entre Hernández Giadáns y la titular de la Secretaría de Gobernación federal, Olga Sánchez Cordero, sugiere la promesa de una aproximación distinta a los problemas de justicia del estado, que no son pocos ni sencillos, toda vez que cargan el desempeño nugatorio de los tres fiscales del estado anteriores. No poca cosa.