Política

Morena y el bonapartismo en México

septiembre 09, 2020

Los conflictos políticos derivados del proceso para la elección de la dirigencia del partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) son una muestra clara de una organización que padece de un defecto estructural: la dependencia ideológica y política de su líder carismático y, para colmo, Presidente de la República. Intervenga o no en la vida interna del partido, la sombra que proyecta su poder eclipsa cualquier posibilidad de que se convierta en el espacio de discusión y definición del rumbo del país que desean buena parte de sus integrantes.

Este hecho no es nuevo en la historia política nacional; más bien se podría decir que es la constante, derivada de la construcción de un sistema político que desde su nacimiento estuvo definido por el poder de los caudillos. Así fue en 1929 cuando el general Plutarco Elías Calles convocó a las fuerzas políticas afines a los ideales de la Revolución Mexicana. Sólo el poder y prestigio del caudillo hicieron posible que innumerables grupos sin una estructura nacional y mucho menos una ideología compartida se sometieran a su liderazgo. Fue más que un partido, un frente político nacional que incluyó a todo el que quisiera participar siempre y cuando aceptara el poder del jefe máximo de la revolución. Fue así como nació el Partido Nacional Revolucionario (PNR), origen del sistema político que colocó al presidente-caudillo por encima de todos.

Poco después, el general Lázaro Cárdenas reforzó al partido y al sistema político integrando a los trabajadores y campesinos organizados del país gracias, otra vez, a su liderazgo carismático derivado de su política de masas y una acto nacionalista como el que más: la expropiación petrolera en 1938. Una vez más la organización política dependerá completamente del poder del caudillo, de su capacidad para colocarse por encima del conflicto de clases y darle vida al bonapartismo mexicano. De acuerdo con Trotski,

"En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional.

Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y las compañías petroleras"1

La debilidad de la burguesía nacional es un hecho estructural en la formación social mexicana y sigue tan vigente, o tal vez más, que en los años 30. Tal vez la diferencia es que hoy no existe un proletariado organizado como el de aquellos años aunque sí una mayoría de trabajadores pauperizados –sea en el sector formal o informal– por la dinámica del modelo neoliberal a lo largo de las últimas cuatro décadas. Son entonces las condiciones políticas y la correlación de fuerzas de las clases sociales las que determinan el carácter, que no la naturaleza, del bonapartismo. Esta se establece como una necesidad del régimen para mantener el dominio de la burguesía aunque el estilo o el discurso político y ciertas políticas públicas puedan enfrentarse en apariencia a dicho dominio.

A partir de los años del cardenismo y hasta el agotamiento del modelo económico en los años 70, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) –nieto del PNR e hijo desobediente del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), creado por el cardenismo para reconfigurar el naciente presidencialismo mexicano– el sistema político mantuvo su estabilidad gracias a una relativa bonanza económica y una represión sistemática a todo aquel que se opusiera al caudillo en turno. Pero nada es para siempre y la adaptación a las nuevas recetas económicas impuestas por el imperio y las transnacionales acabó con el viejo sistema para, poco a poco, imponer otro más acorde con los nuevos-viejos tiempos.

Es entonces cuando el PRI se resquebrajó dando lugar al nacimiento de una nueva fuerza política que, coincidentemente, adoptó la forma de un frente político, esta vez llamado Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (FCRN) fundado en 1987 y que allanó el camino para la aparición de un nuevo partido en el espectro político mexicano: El Partido de la Revolución Democrática (PRD). Sin embargo, su fuerza política estaba localizada en el liderazgo carismático de Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del general Cárdenas. Una vez más el poder del caudillo fue la clave para la construcción de un partido político que agrupó a ex priístas, ex comunistas y buena parte de las fuerzas políticas insatisfechas con el viejo partido de la revolución y con el viraje económico e ideológico del sistema. La apertura del modelo electoral y la transformación del sistema de partidos fue sin duda en buena parte obra del PRD y sus militantes. Empero, su vida interna estuvo siempre regulada por su fundador y luego por el caudillo emergente: Andrés Manuel López Obrador. Una vez que ambos abandonaron al PRD, este cayó en una grotesca decadencia convirtiéndose en un minipartido que no tiene poder alguno, o peor, en una rémora de sus antiguos adversarios políticos.

Es así como la figura del líder carismático vuelve por sus fueros en el ámbito de los partidos políticos. El fraude electoral de 2006 dio lugar al surgimiento un nuevo frente político, concebido en el histórico plantón de miles de personas en el Paseo de la Reforma: El Movimiento de Regeneración Nacional. Y, si bien esta vez el liderazgo no estaba localizado en Palacio Nacional, la convergencia de diferentes sectores y grupos políticos está amparada en la figura del caudillo. La marca de nacimiento de Morena es así la presencia de un liderazgo carismático que se colocó por encima de tirios y troyanos para darle un nuevo impulso al bonapartismo en México.

Las consecuencias de lo anterior están a la vista: imposibilidad de generar un liderazgo al interior de la organización partidista; de contar con un programa construido desde el partido; de no tener el control de la selección de candidatos para las elecciones, y sobre todo, de no poder intervenir, aunque sea de manera simbólica, en la elección de las políticas públicas impulsadas desde el gobierno federal. Desde su fundación Morena sólo contó con la presidencia fugaz del caudillo para no poder, hasta hoy, volver a tener una presidencia que no fuera provisional. Y el conflicto se mantiene y si bien no amenaza su existencia, demuestra sin ambages su contradicción fundamental: aspirar a modificar de manera democrática el sistema político dependiendo de un caudillo que revitaliza la dinámica bonapartista en México.

Resulta trágico que los millones de personas que impulsaron el surgimiento y desarrollo de Morena se vean hoy en una situación en la que, a pesar de sus enormes esfuerzos y vitalidad no puedan ni siquiera intervenir significativamente en el proceso de selección de su dirigencia, ya no se diga aspirar a transformar este país. Gane quien gane el poder real vendrá de afuera del partido y quien se enfrente a él no tendrá ningún futuro en la organización. El bonapartismo de hoy, al igual que el de ayer, no tiene otra misión que mantener el poder del capital y proporcionarle al Estado mexicano la legitimidad perdida. Tal vez sería un buen inicio, para lograr dicha aspiración, empezar por reconocer la esencia del liderazgo impuesto a todos, no sólo a los morenistas.

1 Trotsky, León, "La industria nacionalizada y la administración obrera", publicado sin firma en Fourth International, agosto 1946. Tomado de Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires-México, CEIP, 2013, p. 154 (https://www.laizquierdadiario.mx/El-marxismo-de-Trotsky-ante-Mexico-y-America-Latina#nb3) El subrayado es mío.