Política

Covid y tejidos sociales

septiembre 07, 2020

La enfermedad covid-19 ha expuesto las diferencias sociales y la lógica basada en la estupidez del axioma globalizador: maximizar las ganancias. Lo que lleva a la inútil comprobación de que la lógica económica del sistema es enemiga de lo humano. Para no variar, esto ha costado vidas en el planeta, demostrando que la morbilidad y la mortalidad humanas no son democráticas, sino más o menos intensas, dependiendo del estatus social.

De hecho, la muerte nunca ha sido democrática. Las epidemias exhiben los problemas y los fallos sociales. En Estados Unidos están muriendo sobre todo afroamericanos. La situación es similar en Francia. Mueren los pobres de origen inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades porque trabajar y conseguir ingresos es imperativo. No hay reservas para nada, hay que trabajar. El trabajo a distancia no existe para los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras, los minoristas en los mercados o los que recogen la basura.

La pandemia no solo es un problema médico. La razón principal por la que no han muerto tantas personas en Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en otros países europeos o desde luego en Estados Unidos o México, y aun así, el síndrome llamado covid-19 resalta las diferencias sociales: mueren antes los socialmente débiles. En los autobuses y metros abarrotados viajan las personas con menos recursos que no se pueden permitir un vehículo propio.

Otro problema es que la enfermedad de marras no sustenta a la democracia. Del miedo se alimentan los autócratas. El miedo justifica y hace aceptables la pérdida de libertades. Por el miedo el estado de emergencia se convierte en una situación normal. Las libertades se restringen y los gobernados lo aceptan por el bien de todos. Y si no, son reprimidos. Se refuerzan los incentivos para el aislamiento social y las decisiones autoritarias. Es el final de la democracia.

La pandemia amenaza con la instauración de un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso el cuerpo, el estado de salud, se convierten en objetos de vigilancia digital.

En algunos países reconocidos como democracias el trauma genera un momento favorable para la instalación de un nuevo sistema de reglas. El choque pandémico amenaza consolidar la biopolítica digital, que el control y la vigilancia se apoderen de nuestro actuar. La muy probable distopia de una sociedad en la que se monitoree constantemente la salud del ciudadano. Al carajo con los principios liberales de occidente.

El virus muestra el común denominador de las sociedades: todas están atravesadas por el miedo a la muerte. El peligro de no sobrevivir se convierte en absoluto, como en un estado de guerra.

El problema es que en una sociedad de supervivencia, el miedo a la muerte crece. La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, la trae al presente, aunque en México los gobernantes recientes se hayan empecinado en habituarnos a los aspectos hórridos de la muerte. Llueve sobre mojado, pues. Por eso hay que estar atentos a que la histeria de la supervivencia envilece, deshumaniza al otro, al ajeno. Y la sobrevivencia por la mera sobrevivencia borra los principios de lo que es la buena vida.

Habrá que poner cuidado en que por sobrevivir no se sacrifique lo que hace que valga la pena vivir, esto es la sociabilidad, las relaciones colaborativas, el sentimiento de comunidad y cercanía. La pertenencia.