Política

Rumbo al mega juicio

agosto 12, 2020

A mediados del año 2009 empezó a circular La Jornada Veracruz. El gobierno lo encabezaba Felipe Calderón y llevaba tres años haciéndole la guerra a las organizaciones criminales que competían con el Cártel de Sinaloa. El verdadero propósito de esta acción se ocultó desde el principio haciéndolo aparecer como una guerra frontal al narcotráfico. Craso error porque la economía criminal no solo se basa en la actividad del trasiego de drogas sino en muchas más. Trata de mujeres, pornografía infantil, tráfico humano. Los gobiernos demócratas estadounidenses apoyaron decididamente tal aproximación al problema. Fue un desastre. Mayúsculo si nos atenemos a que en ese segundo sexenio de gobiernos panistas el número de víctimas fueron en su abrumadora mayoría civiles que nada tenían que ver. Bajas colaterales, dijo Calderón desde Asia cuando la tragedia de la matanza de adolescentes en Villas de Salvárcar en 2010.

Desde entonces, La Jornada Veracruz en diversos espacios de análisis sostuvo que la guerra contra el narco era una sospechosa convención porque se dejaba de lado todo el resto de las actividades económicas criminales. Que el problema no era solo un asunto de drogas sino toda una gama de actividades insertas en una concepción concreta de la economía. Punto que fue insistentemente señalado por otro buen número de periodistas analistas independientes.

Tanto por la notoria ineficacia de la guerra como por el número de casos de violencias criminales en las calles, La Jornada Veracruz sostuvo reiteradamente, tanto en el sexenio de Felipe Calderón como el de su penoso sucesor Enrique Peña Nieto, que el país se había convertido en un estado mafioso, un narcoestado, aunque el término fuera impreciso porque lo cierto es que durante esos 12 penosos años el Estado mexicano fue, para todo tipo de propósitos, uno criminal donde sus funcionarios favorecían a una de las organizaciones criminales en contra de las demás. Por eso El Chapo Guzmán pudo escapar hasta del Altiplano. Hazaña mucho mayor que la de Chucho el Roto, aquel legendario ladrón de finales del siglo XIX que escapara del infierno de San Juan de Ulúa.

El presidente López Obrador aceptó ayer que pese a sus resistencias al concepto había que aceptar que, en efecto, durante más de 12 años –si contamos los dos últimos del sexenio de Vicente Fox– el Estado mexicano fue un narcoestado o Estado mafioso para ser precisos.

El ex presidente Calderón respingó y, viperino, reviró al Presidente que él no saluda a las madres de los criminales. En fin, lo que diga el ex mandatario es irrelevante. Lo que es clarísimo es que durante dos sexenios el Estado mexicano fue un Estado mafioso y quienes lo administraron entonces son cómplices de traicionar a la patria.

Si las cosas siguen por donde van más pronto que tarde veremos en este país un maxi proceso donde se juzgue a quienes hicieron el pacto de complicidades que llevó al país al punto de la inviabilidad.