Política

COVID 19; la crisis de la ciudad y la metrópoli*

agosto 10, 2020

Durante el encuentro ‘Intempestivas’ que se realizó en días pasados a convocatoria de 17, Instituto de Estudios Críticos y promovido por Gerardo Muñoz, encontré resonancias con algunas de las ideas que ya me rondaban a partir de la lectura de Marc Auge en su libro Los no lugares. Espacios del anonimato. La hipótesis (Alvarez. A: 2020), "no existe una crisis civilizatoria, sino una crisis de la metrópoli". Esto es, que la pandemia de COVID 19, entre otras cosas, vino a dejar al descubierto algo "que ya lleva tiempo desplegándose"… una insostenible teleología de la ciudad contemporánea como territorio de convivencia y socialidad orientada por ontoteologías de progreso y mejora continua y desarrollo de lo humano.

Esta hipótesis facilita pensar en las grandes y medianas ciudades que -dentro del mapa de localización del virus (COVID 19) y sus manifestaciones- destacan como espacios donde las densas concentraciones de población adaptada e integrada a las dinámicas de producción, distribución y consumo de mercancía propias del discurso de los mercados neoliberal en el modo capitalista contemporáneo viven los estragos y las consecuencias del "bicho".

Ante la presencia del virus, la propuesta del confinamiento voluntario y la evitación de concentraciones humanas de toda índole, la disciplina sanitaria ambigua y con limitada certeza de efectividad, la repetición/instauración de lo trágico y la insertidumbre como opciones disciplinarias de las subjetividades, son algunas de estrategias gubernamentales para evadir una lectura en clave foucaultiana del acontecimiento que, con intencionada manera, distraen la mirada crítica para no destacar la crisis de lo territorial/poblacional y su "correlación" con la desorientación de las subjetividades individualistas que conviven en las ciudades contemporáneas. Al mismo tiempo, centrar los argumentos en medidas sanitarias contribuye a evitar la consideración de soluciones innovadoras y más radicales, no violentas pero si más definitivas, que exploren nuevas formas de convivencia que impacten en los campos de la salud, la educación y la cultura y que junto con la urbanización (usos y diseño territorial, seguridad, mercados), se deslinden efectivamente de la inercia posneoliberal que parecen ahora estarse re-dibujando a partir de la presencia del bicho SARS-CoV-2 (como por ejemplo la escolarización en todos sus niveles), y que dan muestra de no ser más de lo mismo para ajustar tecnologías de control de los cuerpos y las subjetividades con el propósito de instaurar hegemonía tanto en el "remedio" como en la restauración de un capitalismo neoliberal que se resiste a ser otra cosa.

Argumentar a favor de estar viviendo una crisis de la metrópoli, puede apoyarse en una vocación historicista que llevaría a considerar si en el pasado algo parecido ha ocurrido cuando una pandemia se ha presentado, y sin caer en las comparaciones mecanicistas, se puede revisar, no sin algunos sobresaltos, algunos detalles que vale la pena repensar. Dos pinturas han sido llamativas para encontrar el hilo de esta reflexión: "La alegoría del buen gobierno" (1338-1340), de Ambrogio Lorenzetti y "La riña del Carnaval con la cuaresma" de Pieter Brueghel el Viejo de 1559. Vistas ambas como territorios donde transcurre la vida cotidiana, son representativas de propuestas y contextos que entre esos dos siglos ocurrieron con las tecnologías de control de los cuerpos, del territorio y de las subjetividades de la población ahí asentada. La primera imagen refleja la ciudad planificada, idealizada a partir de criterios de funcionalidad y organización de los espacios que muestran algo del mundo clásico greco-romano. La segunda, en plena edad media, demuestra la imposibilidad de una planificación social y territorial de la ciudad, prefigurando la ecatombe por venir con la "peste negra" que habría alcanzado su acmé entre el 1347 y el 1453. Si consideramos que la pintura de Brueghel describe la vida cotidiana de la ciudad medieval, esta contrasta radicalmente con la que se sostenía en la antigüedad tanto griega como romana, no sólo en su concepto de convivencia y organización social, sino en urbanidad (diseño y función) y arquitectura para ejercer la gobernabilidad, la política y el control de cuerpos y subjetividades.

Durante y posterior a la pandemia de la "peste negra" que recorrió el mundo occidental, Dios aún estaba vivo (en el sentido nietzscheano), y ello seguramente contribuyó a que la población construyera interpretaciones de sus causas desde la religiosidad cristiana y el antisemitismo, evadiendo que la debacle de la metafísica civilizatoria de la época estaba de origen unida al individualismo que promueve desde su raíz el cristianismo y el capitalismo naciente como formación económica que se liaba en confrontaciones con el estado y la religión. Es en el siglo XVIII que se conjugan la economía ya instaurada y la ciencias -en este caso las vinculadas por la salud- que la concepción de la ciudad como territorio de "vida libre", es orientada por las teorías sobre la estructura y el funcionamiento del cuerpo, influyendo definitivamente en el rediseño de la ciudad y en la construcción de nuevas metrópolis. Es desde esta nueva concepción teleológica de lo humano que el "progreso" y bienestar que se instauran y diseñan son bordadas sobre las contradicciones propias de un sueño de planificación de un objeto no-planificable: la economía de libre competencia de los mercados.

En un recorrido de dos siglos -del XVIII al XX-, el mundo contemporáneo nos muestra que la ciudad, frente al COVID 19, no sólo esta desactivada como opción ontoteológica de civilización y civilidad en su sentido fáctico, cotidiano. Sin embargo esto no viene de tiempos recientes. Desde la baja edad media ya mostraba su symptoma(síntoma). A diferencia de las ciudades (metrópolis) en las sociedades griega y romana -ambas referente inevitable de las actuales-, que dan cuenta de la construcción de la ciudad planificada desde teleologías donde el ciudadano, la polis y la demos operan para "hacer ciudad", la versión del urbanismo ideal de Ambrogio Lorenzetti se diluye con la insurgencia y posicionamiento del individualismo cristiano y la libertad de competencia mercantil que poco a poco se instala y nos dibuja Brueghel el Viejo.

Siguiendo la ruta del feudalismo, durante 500 años (entre los siglos V y X) las ciudades romanas entraron en decadencia. Se dio un retorno a la primitiva economía agrícola que desarticuló el ya erosionado orden urbano, con altos costos de seguridad territorial para la población en general. Es hacia finales del Siglo X que se presentan cambios propiciados por la construcción de castillos y el auge del feudalismo que otorga "seguridad" a la población a cambio de sumisión absoluta y servidumbde perpetua. Es en este contexto donde se da un crecimiento de las ciudades medievales a partir de una función sustantivamente comercial, de acopio y distribución de mercancias (comida, ropa y artículos de lujo).

Para finales del Siglo XV, la intención del retorno a lo grecorromano se reflejaba en las propuestas de reconstrucción y construcción de ciudades considerando el diseño clásico, sin embargo, salvo contadas excepciones se logran algunas expresiones. Mi hipótesis es que los impactos de la peste negra fueron de gran influencia entre la aristocracia y la incipiente burguesía para reorganizar la ciudad medieval, induciéndolos a considerar la "sana distancia" en los espacios comunes de convivencia en territorios urbanos, intentando sin éxito limitar la presencia de los pobres ante la resistencia de una burocracia católica de auxilio a los desamparados. La ciudad remodelada con el impulso de la burgesía comercial marca, sin ningún remordimiento religioso, la exclusión de cotidiana de grupos de judíos, artesanos, migrantes y vagabundos. Sin embargo, era imposible el retorno a lo clásico. A pesar de las medidas sanitarias, la modernidad estaba en marcha y el descubrimiento de América marcaba ya el rumbo a seguir. La ciudad va a florecer a partir de una reconcentración del saber (sobre todo el universitario) y el reconocimiento de la economía como motor de poder, orden y crecimiento que se consolida ya en el siglo XVIII.

Para el siglo XVIII el control de los cuerpos desde el diseño de la ciudad toma como referente el concepto de libertad. Al triunfo de la Revolución Francesa, se promueven modificaciones al paisaje urbano diseñado entre los siglos XV y XVII: se realizan obras que eliminan obstáculos (arboledas, parques, areas de cultivo y otros) que pudieran significar la falta de libertad de los ciudadanos que se movilizan y circulan en las áreas de la ciudad que hasta hacía poco creaban entre los habitantes sensaciones identificables con la límitación de libertades. Las grandes plazas y la facilidad a su acceso como espacios de concentración abiertos, coincide con la libertad individual inducida desde el ideal revolucionario y la economía como motor de la circulación y el movimiento hacia el progreso. Al mismo tiempo "los espacios de libertad apaciguaban al cuerpo revolucionario" y sin duda, facilitaban las condiciones de gobernabilidad y manejo de las masas. Hay algo no cambia: la tendencia de crecimiento, concentración y hacinamiento poblacional en territorios restringidos en sus posibilidades de ofrecer bienestar a sus habitantes, priorizando la tendencia económica de la que ya Adam Smith se hace cargo de describir.

Para el siglo XIX, la planificación urbana intento -en un ambiente donde se logró un distanciamiento territorial entre ricos y pobres- crear una masa de individuos que se desplazaran con libertad y dificultar el movimiento de los grupos organizados por la ciudad… la era del individualismo se había instalado, a diferencia de la lógica de control del siglo anterior. Los cuerpos individuales que se desplazaban por el espacio urbano poco a poco se independizaron del espacio en que se movían y de los individuos que albergaba ese espacio. El sentido de grupalidad y/o comunidad en la ciudad se sustituía por subjetividades que sólo reconocían a la familia -cuando mucho- como el espacio de sentimientos de solidaridad, compasión, y aseguramiento. La tendencia de la metrópoli, como espacio de diferenciación de lo rural y lo urbano tomó forma durante este siglo en función de la diversidad de formaciones capitalistas y la división del trabajo que se imponía sobre la población atraída.

Este fenómeno de territorialización que se genera en la sociedad occidental es imitada en toda América no anglosajona, en ese sentido, grandes, medianas y pequeñas ciudades de México guardarán una lógica de estructuración que si bien transcurre en condiciones totalmente diferentes a Londres, París, Roma y otras, según los procesos de crecimiento e instalación del capitalismo y sus procesos, ciudades grandes como México, Guadalajara, Monterrey, medianas como Veracruz, Coatzacoalcos, Xalapa y pequeñas como Villahermosa, asumirán la lógica de control de las subjetividades bajo la misma propuesta de un individualismo que dará la apariencia de comunidad, donde esa cohesión es posible solo desde la indiferencia con el otro.

El siglo XX lo hemos vivido mucho mas de cerca luego de las dos grandes guerras mundiales: la indiferencia planificadora del Estado-Gobierno, el asentamiento informe y el consecuente hacinamiento, la instalación anárquica de empresas, comercios, plazas, fraccionamientos de vivienda y más, la circulación y movilidad urbana centralizada en la velocidad, distancia y rapidez de desplazamiento, la dotación de servicios básicos y aperturas comerciales determinadas por la concentración improvisada de asentamientos. Todo ello da muestra de un proceso de expansión del neoliberalismo que promueve la anulación del Estado como organizador de lo público. Se dejó en manos del capital lo que es propio de lo ciudadano.

Ya en los inicios del siglo XXI, el COVID 19 pretende abrirnos los ojos sobre este desorden instalado desde nuestras ciudades y sus consecuencias en la expresión de subjetividades con las que lidiamos cotidianamente. Sólo una recomendación ante esto: no quedarse en las argumentación sanitaria y control biopolítico de los remedios y las soluciones… no dejemos pasar por alto que mucho de lo que se esta proponiendo no responde a un cambio verdadero, son más bien ajustes de un neoliberalismo sin intenciones de ceder y pasar a otra cosa.

(*) El presente escrito es el argumento del Seminario: "COVID 19; la crisis de la ciudad y la metrópoli", dirigido a interesados en urbanismo y arquitectura, para realizarse en Línea y tiempo real.

Mas informes: monteromontanor@gmail.com