Sociedad y Justicia

Impresiones de Vigo

julio 29, 2020

En septiembre 2018, estuve unos días en Vigo con motivo de un congreso sobre migraciones y exilio, donde leí una ponencia sobre Ribeyro. Desde París, volé un martes a Madrid y de ahí a Vigo, pues un viaje en tren era muy complicado y no hubiera podido hacerlo en un día.

En el avión desayuné un emparedado de queso con mermelada de higo - buena idea- y me dieron tempranillo. Yo llevaba un trozo de baguette con restos de un confit de canard envuelto en papel de aluminio, pero solo me lo comí en el aeropuerto en Madrid, mientras esperaba el segundo vuelo.

El hotel se hallaba junto a la ría –o fiordo – y El corte inglés, donde busqué un libro, estaba cuesta arriba.

Vigo me recordó a San Francisco, porque del otro lado de la "ría", es decir el fiordo, se ven cerros muy altos cubiertos de casas y de vegetación.

Observé que entre algunas calles paralelas hay una diferencia de altura considerable, y en algunos lugares hay escaleras eléctricas cubiertas de vidrio y una estructura metálica, pues llueve mucho.

Como ya había comido, me limité a comprarme un litro de jugo de naranja y unas papitas.

Al día siguiente nos llevaron a la universidad, que está muy alejada, en los bosques y en el autobús hablé con un joven peruano, que preparaba una tesis sobre Ribeyro, por lo que luego lo invité a colaborar en el dossier que me publico Quimera.

Asistí a la conferencia magistral de Maria Lojo sobre los gallegos en Argentina; la mayoría de los "españoles" que emigraron a su país eran gallegos, dijo, pero se les invisibiliza. Yo intervine para señalar que a veces ocurre lo contrario, pues se llama "gallegos" a todos los españoles, y Borges cuenta que a su abuela le molestó que la infanta hablara "como gallega". Además, un colega de Toulouse me contó que un taxista le dijo en Buenos Aires "Qué vas a ser francés, vos sos gallego".

Tuve la impresión de que mis comentarios no le agradaron mucho.

Después del almuerzo tomé el autobús de vuelta, y llegué al centro apenas a tiempo para echarle ojo a una exposición sobre Verne, que estuvo en Vigo en su yate en 1878; la exposición no era la gran cosa, pero Verne siempre es interesante.

Más tarde encontré en el vestíbulo a una colega que me acompañó al Guggenheim en Nueva York en el 2001 y me fui con ella en autobús al coctel de bienvenida que nos ofrecían en un lugar a medio camino de la universidad; regresé solo porque se me perdió en el coctel, pero al día siguiente la volví a ver en el desayuno y me dijo que había vuelto caminando, unos 4 kilómetros, calculaba, porque tardó alrededor de una hora.

El jueves leí mi ponencia y después volví al hotel y comí pulpos en un bar; una ración y un vino cuestan igual que todo el menú, pero valió la pena. 

Después me subí a un bote que iba a Cangas, a la entrada del fiordo, y en el viaje de regreso hablé con un peruano que trabajaba en la embarcación; le comenté que al día siguiente había una excursión a la isla de San Simón, y me dijo que en esa isla antes hubo un presidio y que también había sido un leprosorio.

Me dejó preocupado, y en hotel me puse a investigar.

En realidad, la isla fue un lazareto desde 1842 hasta 1927, luego campo de concentración

de presos políticos -- unos 6 mil durante la Guerra civil -- y más tarde orfanatorio.

También alojó antes un monasterio de los templarios y Drake la saqueo y hundió una flota supuestamente cargada de riquezas que nunca se han rescatado.

De cualquier modo, no fui a la excursión y aproveché el día para ir en tren a Pontevedra, donde caminé un poco y comí en un restaurante cuyo menú incluía ralla con gajos de papa fritos en su piel, que llaman "conchelos".

Al día siguiente volví a Paris.

Respecto a las escaleras, me dijo una estudiante - nuestra guía en el congreso - que van a poner más, pues han tenido éxito; la gente las aprecia, y la ciudad resulta más "amigable" con los viejos y han mejorado la movilidad.

A lo mejor en Xalapa se podría hacer algo parecido, para subir hacia el centro por el callejón de Alonso Guido, paralelo a Bravo, junto al hospital, por ejemplo; esto puede sonar utópico, pero ya se está haciendo en la Delegación Álvaro Obregón de la Ciudad de México, donde se construyeron fraccionamientos en barrancos.