De la obsesiva terquedad
julio 20, 2020 |

La prensa conservadora insiste en demeritar y descalificar las acciones de gobierno destinadas al problema de la pandemia. Apelan a argumentos chabacanos insostenibles para magnificar los problemas del gobierno frente a la doble crisis: de salud y la recesión. Se equivocan por el eje. No porque la recesión no exista y presente unas perspectivas realmente inquietantes, sino porque las respuestas frente a la mera crisis no pasan tanto por la reactivación contenida de las actividades productivas sino por la redefinición del paradigma de relación social productiva.

Venimos de casi cuatro décadas de construcción absurda de individualismos con apetitos incontenibles de todo tipo de consumo. Justo ahora, en estos tiempos, la oferta de plataformas de entretenimiento se ha multiplicado casi geométricamente. El homo videns descrito por Sartori como realidad sociológica, no como sentido figurado. Nos encontramos en plena y rapídisima revolución multimedia. Un proceso que tiene numerosas variables, primero por los ordenadores y luego por los neo espacios creados por estos y los accesorios personales que, junto con las necesidades humanas, crean el espacio que sobresale por su común denominador: el ver, atestiguar a distancia, y, como consecuencia, el video vivir.

Hemos pasado de la experiencia física de superar el obstáculo a la virtualidad de los algoritmos que los simulan y nos entretienen.

La sociedad del ocio que no sabe qué hacer con el tiempo libre y lo rellena de lo que sea.

En muy pocos años pasamos de la emotividad lacrimógena de las telenovelas de media tarde a la exaltación efervescente de la abrumadora variedad de las series en streaming. El mercado del entretenimiento le ha encontrado la veta incluso a la inquietud espiritual. No está mal pero sobre todo no está bien.

El problema no es la existencia de la distracción y el entretenimiento. El problema es que estos se convierten en algo que debe ser satisfecho –compulsivamente– porque el no hacerlo nos confronta con los vacíos propios y la incomodidad de haberlos llenado con contenidos basura.

La cantidad y tamaño de dudas y temores, la verdad palmaria del carecer de respuestas que ofrezcan al menos algún tipo aceptable de certidumbre temporal, menos tosca de lo que ya tenemos a la vista, no pasa por el restablecimiento de la normalidad indiferente y dispersa que conocimos, sino por la construcción colectiva, consensual, de nuevas formas de relaciones colaborativas que modifiquen por consenso las prioridades de la especie sapiens en consideración del resto de las especies del planeta.

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