Política

Ciudades Desiertas

julio 12, 2020

"Unos lloran con lágrimas,

otros con pensamientos"

Octavio Paz

Entramos a la nueva normalidad de manera cauta, con incertidumbre, con la tasa de contagios al alza y con más preguntas que respuestas. Por el momento parece que el confinamiento es la mejor alternativa -para quien puede mantenerlo, claro. Al día de hoy no existe un tratamiento eficaz para tratar el coronavirus ni una vacuna de probada eficacia y los contagios siguen avanzando y seguimos perdiendo a gente que admiramos, a familiares, amigos y compañeros de trabajo. En resumen: estamos igual que al principio, solo que más asustados, y precarios.

En medios oficiales se ha dicho que regresaremos más fuertes, pero distintos y que lo vivido en estos meses nos hará reflexionar, aprender e innovar sobre nuestras actividades, nuestro bienestar y modificar la convivencia urbana. La publicidad oficial señala que construiremos juntos una Nueva Normalidad, sustentada en la igualdad de derechos, con el fin de disminuir aquellas desigualdades que se hicieron más evidentes en esta emergencia sanitaria. De acuerdo a esto, con esta experiencia construiríamos una convivencia más humana y solidaria.

¿Esto es cierto? Es claro que tenemos que edificar una nueva relación con el espacio urbano, escalonar horarios de entrada y salida, guardar la sana distancia. Pero, ¿a dónde nos llevará esto?; honestamente, no lo sé y no creo que alguien lo sepa. Y no se trata de ser pesimista, aunque claro, hasta el más optimista puede permitirse sus días de receso y escribir una editorial.

Hace muchos años leí Ciudades Desiertas de José Agustín, y recuerdo en particular cuando el protagonista, Eligio -un mexicano atribulado por las desapariciones de su esposa Susana-, recorre una ciudad norteamericana y la percibe como una ciudad fantasma; con gente pero sin gente, con multitudes que podrían no estar ahí por la sensación de soledad que experimenta al recorrer esas calles tan limpias y aparentemente perfectas, en una ciudad que él percibe como desierta, en donde la gente se encuentra sin encontrarse. Una ciudad fantasmal, llena de nadie.

Recuerdo esta narración que presenta una crítica al sistema político norteamericano, ahora que vivimos los estragos de la pandemia que nos sacó de nuestra zona de confort y hoy, que la Nueva Normalidad comienza a sacarnos de nuestras casas, cuando empezamos a salir temerosos del contacto de seres humanos, con miedo de tocar manijas y billetes infectados, tratando de esquivar el virus, armados con nuestro gel sanitizante y cubrebocas, inservibles. Qué tanto nos despersonaliza salir a la calle enmascarados, evitando el contacto y escalonando actividades para evitar el contacto humano. Esto, por lo pronto, reconfigura una nueva forma de relacionarnos como seres humanos, así como de lo que es deseable.

Mucha tecnología y poco contacto físico. ¿A dónde nos llevará esto? Entiéndase que de ninguna manera estoy haciendo una crítica a la Nueva Normalidad como política pública o estrategia de reincorporación a la vida económica y social. Todos sabemos que no podemos quedarnos encerrados en nuestros hogares por siempre. La economía no puede paralizarse y las reuniones de Zoom no podrán reemplazar jamás las reuniones presenciales. Tarde o temprano tendremos que volver a vernos las caras y estar frente a frente de compañeros de trabajo, amigos y conocidos.

Desde que inició la pandemia, la regla general fue el confinamiento y ahora que debemos comenzar a salir, lo hacemos de la soledad de nuestras casas a la soledad de la ciudad. Miradas furtivas, escaso contacto, las medidas de cuidado por la pandemia solo acentúan lo que Octavio Paz plasmó en su ensayo magistral en 1950: el mexicano no trasciende su soledad, por el contrario se encierra y habita en ella, pues siempre está solo, lejos de todos y de sí mismo.

En estos momentos, en que prácticamente cualquier contacto puede contagiarnos, trascender la soledad de la cual escribió Octavio Paz –y que hemos arrastrado y arrostrado por siglos- ni siquiera puede ser motivo de aspiración. Si nos infectamos de COVID-19, pasaremos una enfermedad que necesariamente se deberá vivir en aislamiento. ¡Oh sí, el colmo de la soledad!

Son tiempos difíciles, nadie lo duda y mucho se ha dicho que la vida ya cambió y es cierto. Nada volverá a ser igual. Pasará un tiempo aún para que nos acostumbremos a no visitar, abrazar, a evitarnos sistemáticamente y desinfectarnos cotidianamente. Debemos salir a realizar solo actividades esenciales, y cuanta madurez debemos adquirir para para asumir esto. Si tiene alguna duda, investigue cuantas fiestas ha interrumpido la policía tan sólo en el último mes.

Después de una cuarentena que se convirtió en noventena (..y seguimos contando), me pregunto cómo será el momento en que volvamos a la vida que teníamos antes -si ese momento llega, claro- y que dejará en nuestro interior este periodo de aislamiento, en el que lo que lo deseable y pertinente, es evitar el contacto.

Termino con una cita de nuestro único premio Nobel de Literatura: sentirse solo no es sentirse inferior, sino distinto. El sentimiento de soledad no es una ilusión -como a veces lo es el de inferioridad- sino la expresión de un hecho real: somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos. La Nueva Normalidad lo único que hace es enfrentarnos a esta realidad.