Sociedad y Justicia

Otra vuelta de tuerca para pensar el racismo

junio 24, 2020

En tiempos convulsos, la humanidad ha demostrado que la sentencia hobbesiana -en donde el hombre es el lobo del hombre- se cumple al pie de la letra, cuando las figuras del Estado comienzan a resquebrajarse; para mostrarnos que, de no existir un orden social, la guerra de todos contra todos es real y cruel. Así lo hemos vivido con un tema que cala tan hondo en la estructura ósea del Leviatán, a saber, el racismo. Y es que desde las manifestaciones por el asesinato de Floyd y hasta lo acontecido en México con la polémica de CONAPRED y su foro sobre este tema, nos demuestran que estamos muy lejos de dar carpetazo a la cuestión.

Desde nuestra óptica, el problema no reside en que exista una incapacidad para comprender que el racismo es un problema que segrega, divide y coarta toda posibilidad de desarrollo; basándose en un criterio biológico que antepone la naturaleza por encima de las capacidades individuales y potencial de cada sujeto.

Lo que pretendemos mostrar es que ya no basta con hacer evidente lo que ya sabemos: que el racismo está mal y que no debe ocurrir. No, nuestra meta se centra en afirmar que el racismo obedece a un problema que rebasa los límites de la conciencia y la racionalidad. Puesto que el verdadero problema está relacionado con la idea de hombre, el supuesto humanismo universal fundado como un ideal que debemos seguir a ciegas, ya que es una cuestión ideológica que concebimos que funciona más como una traba que como un puente hacia un verdadero proceso de cambio.

Sin afán de parecer complejos, trataremos de exponer el problema con una serie de ejemplos que pretenden hacer clara una conclusión distinta de la que se ha planteado hasta el momento.

En primer lugar, resulta funesto que al escuchar la palabra racismo, nuestro imaginario se remita sólo a lo acontecido en la segunda guerra mundial y más particularmente al nazismo, a Hitler y su comitiva; quienes alzaban la bandera de lo Ario, entendido como esos Sonnenmenschen (hijos del sol) que venían a redimir a la humanidad con el fuego prometeico.

Decimos que nos resulta irrisorio, puesto que acontecimientos tan importantes como la Ilustración contemplaban a un modelo de hombre en el que no cabían las razas de piel oscura, ni tampoco las mujeres. De igual forma, en Estados Unidos la segregación racial y las prohibiciones de matrimonios entre razas se mantuvo en diversos estados hasta 1971.

Entonces, el problema es mucho más añejo y mucho más reciente que el solo hecho de reducirlo al nazismo. De igual forma, tampoco podría ser el enemigo a combatir, puesto que el verdadero "padre" del racismo era francés, el Conde Arthur de Gobineau, y mucho menos estaba reducido al problema de los nacionalismos y la autenticidad de los pueblos -como ocurría con el nacionalsocialismo-.

Basta con mirar su "ensayo sobre la desigualdad de las razas", en donde expusiera que el problema de la decadencia de los pueblos venía con la mezcla racial, es decir: entre la raza de los ganadores y las mujeres de los vencidos; quienes, por derecho de guerra, eran tomadas como esclavas y violadas para engendrar -involuntariamente- una estirpe que -según el conde- eran mitad perdedora y mitad ganadora, una raza mediocre que terminaría por minar el gran imperio construido por sus antepasados conquistadores.

Entonces, descalificar a alguien con el argumento de que ser racistas los equipara con Hitler no sólo es algo falaz e impreciso, sino que hasta pecaría de ingenuo -por decirlo en términos amigables-.

Empero, no pretendemos establecer una genealogía del racismo, ya que un artículo no bastaría para abundar en el problema. Lo que queremos mostrar es que, si se sigue pensando que sólo el nazismo es el problema, la cuestión de fondo no tendrá solución; puesto que la problemática reside en la idea de hombre que deseamos.

Por un momento, pensemos en las luchas que quieren la igualdad entre los hombres. Nuestro problema está allí, a la vista, en la petición de equiparación y valía por igual –y cuidado con pensar que estamos apelando por una segregación, todo lo contrario-; estamos tratando de afirmar que la supuesta igualación suena más a una rabieta y que ella es la que impide conmover -en el sentido de movimiento ideológico- a los racistas. Ya que les estamos exigiendo que callen y acepten nuestro imperativo de igualdad; y nadie cambia sin deseos de hacerlo, solo lo guardan y acumulan hasta que explota y se manifiesta en casos como el del afroamericano muerto en manos de un supuesto guardián del orden.

Esto es porque los racistas suelen considerar que -por su biología- son superiores, aun cuando en Estados Unidos existen personas caucásicas que son discriminadas y llamadas "White Trash"; mostrando así que el problema es aún más espinoso de lo que creemos.

Para nosotros, el verdadero problema está en algo que trataremos de ejemplificar de la siguiente manera:

Remóntense, por un instante, a su niñez, en la que jugaban con algún hermano, primo o amigo, quien ocupaba el lugar de predilecto de la familia o grupo de padres y que, al pelear con usted, siempre resultaba favorecido -aún cuando fuese injusto; generando, entonces, una mezcla de sentimientos de impotencia al ver que el otro era privilegiado, por encima de usted, sólo por una cuestión de preferencia. Ante tal berrinche, los familiares o padres deciden darles el "mismo trato" pero en el fondo todos saben que el consentido lo seguirá siendo y que nunca habrá una verdadera equiparación. Ese sentimiento va creciendo con el tiempo y se convierte en odio, en resentimiento, en rabieta por pedir que se le coloque en el mismo sitial de privilegio, pero que aún cuando se le "diera la razón" nunca llegará a ocupar el verdadero sitio de predilección.

Este sencillo ejemplo permite abundar en lo que ocurre en los movimientos sociales que piden que se les ponga en el mismo sitio de privilegios, sólo por que sí. Insistimos, no hablamos de meritocracia, sino que estamos haciendo evidente que el verdadero fin no reside en que nos pongan en el mismo lugar de privilegios y que se consienta a todos por igual; cuando lo que se trata es de destruir el sitial de privilegio; destruir el trono de hierro que es el lugar deseado por todos.

Destruir el sitio de privilegio implica aniquilar la idea de hombre sobre la que estamos buscando la igualdad, nos referimos a la idea de hombre blanco, heterosexual y millonario (que son más o menos las bases del modelo de demandas de muchas de las protestas contra el racismo, la discriminación y segregación de cualquier tipo).

Entonces, lo que estamos tratando de decir es que se necesita destruir esas viejas formas, esas viejas tablas a las que el filósofo Nietzsche hacía referencia en su Zaratustra; pero no para erigir unas nuevas, sino para pensar en una vida sin sitiales de privilegio -donde se nos consienta a todos por igual-. Puesto que quizás la mejor forma de diferenciación sea la indiferenciación (no diversificar entre ser hombre, mujer, blanco, asiático, moreno, mestizo, rico o pobre) sino asumirnos como elementos que formamos una comunidad (entendiendo que comunidad deviene de Communitas, a saber: de aquellos que comparten una misma carga: el sostenimiento de lo social).

Y es que, en ocasiones, las luchas contra el racismo nos parecen vanas, pues suenan más a rabietas que piden que se les ponga en el mismo sitio, en lugar de acabar con el espacio de privilegios; justo para después terminar en un racismo de doble moral, en donde aparentamos que todos somos iguales y en el fondo se siguen manteniendo los privilegios para los consentidos (como lo ejemplificamos en el caso del niño que quería ser igual de privilegiado).

Entonces, los movimientos en pro de la igualdad deben cesar, dejar de pedir lo mismo, pues, de lo contrario, los privilegios se seguirán manteniendo en un orden velado, alimentando odios inconscientes que llevan a casos fatídicos como el de Floyd o como la polémica de CONAPRED. Alimentando odios a diestra y siniestra entre los que quieren un lugar de privilegio y los que lucharán encarnizadamente por impedirlo.

¿Estamos dispuestos a dejar de pensar que la idea de hombre es un universal al que todos debemos aspirar? y ¿será momento para hacer un cese al fuego y pensar que es posible una comunidad en la que ricos y pobres dependen unos de otros, en donde las razas no son determinantes para las capacidades de creación, arte, ciencia o cualquier lugar para el desarrollo humano?

Solo así, posiblemente, podremos dejar atrás las terribles consecuencias del racismo y la discriminación; incluidas las luchas estériles por querer encajar a la fuerza en una idea de humanidad que cada día parece más desgastada.

Nota aclaratoria: el texto que ha revisado no pretende socavar ni menospreciar las luchas contra la desigualdad; simplemente queremos buscar nuevos caminos que nos permitan acabar con los prejuicios y odios en los que seguimos atrapados, aun cuando decimos que ya hemos cambiado y/o evolucionado. Y porque el cambio a los gritos, censura obligada y violencia no ha hecho más que alimentar los odios y encerrarlos justo para que después nos revienten en la cara.