Política

Entre comunistas y reaccionarios

junio 22, 2020

La aparición de nuevos partidos que buscan llenar los huecos que dejó como consecuencia la devastadora elección del 2018 sólo confirma que en nuestro país el centro político comienza a vaciarse. Y la disputa parece darse entre quienes pretenden rediseñarlo todo y quienes quieren que nada cambie. El planteamiento, o más bien la reacción de la oposición convencional al gobierno morenista, no se corresponde a la forma pacífica e institucional en que se dio la transición en el poder público, en la que la inmensa mayoría de los mexicanos no le apostaron a las otras formas de rebeldía popular que han señalado muchos de los recientes procesos de cambio en el resto del mundo. Sin llegar a disturbios, movilizaciones de masas, ocupación de plazas públicas, cortes de rutas, paros generales, ocupaciones de fábricas, e incluso, en los casos más extremos circunstancias de guerra civil, en México se vive un profundo proceso de reforma cuyos alcances aún se desconocen y que ha motivado una virulenta y encendida reacción de quienes perciben este proceso, no como la realización de cambios necesarios para mejorar el estado de las cosas sino como un complejo camino para destruir el viejo orden y fundar uno nuevo que amenaza y, desde luego, pone en entredicho un sistema de privilegios y corrupción que hundió al país en la profunda crisis que hoy se encuentra.

Para quienes desconocen la historia reciente del país o viven en extranjero, las medidas reformistas del presidente López Obrador no merecen ningún respeto; lo califican de proclive a los saltos al vacío, lleno de ocurrencias y deseos de venganza, megalomanía e irresponsabilidad, etc., eludiendo deliberadamente que el régimen del tabasqueño busca consolidar un paulatino proceso de cambio, hasta cierto punto conservador, pues si bien el término en este contexto no se refiere a simular ni pretender que todo siga igual, sino evitar grandes quiebres en la ruta de cambiar. Lo contrario, el "temido" reformismo revolucionario es rediseñar desde abajo e imponer por la fuerza ese orden imaginado. Es así como los militantes caravaneros del Frena y grupos afines, incluyendo partidos políticos que defienden banderas revolucionarias y progresistas, ven la transición como una ruta hacia el comunismo y suponen que todo reformismo es revolucionario.

Esa derecha, panista, priísta y perredista expulsada de Los Pinos, del Congreso y de gobiernos estatales es la que pugna furiosamente porque nada se le cambie al modelo que ellos impulsaron durante decenas de años: ello los convierte en una fuerza reaccionaria, sin propuestas, que juega todas sus fichas a la defensa del status quo, que desprecia la reflexión académica y política, y que cree que sus ideas son correctas, pero que no han sabido "venderlas" bien. Ante esa visión, el peligro es que en esa rabiosa disputa entre élites burocráticas y económicas, entre quienes buscan un rediseño gradual y quienes quieren que nada cambie, el país se ponga en riesgo.