Política

Excepción

junio 01, 2020

Estos son tiempos extraordinarios. La economía del mundo desquiciada por los efectos de una pandemia que ha desnudado sin piedad la locura de la economía financiera desde que se desató la locura monetarista neoliberal por el abandono de los acuerdos Monetarios de Breton Woods en 1971, lo que permitió el desmantelamiento del Estado a favor del mercado. Una estupidez, pero que rigió la acción de los gobiernos del planeta durante los 40 años de neoliberalismo propiamente dicho. A principios del año, en algo que podría atribuirse al efecto AMLO, tuvieron lugar las protestas en Chile por el alza de las tarifas del transporte. Desde 2019 América Latina habría experimentado agitación social.

Muy pronto se extendieron por otros países del sur continental. Las crisis políticas y las movilizaciones masivas estallaron en Haití, Honduras, Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia, Chile y en muchos otros lugares. Igual pasó en Europa.

Es el resultado de los muchos problemas persistentes en la región: estancamiento económico, poderes judiciales politizados, corrupción, delincuencia. Somos la segunda región más desigual del mundo. El fracaso para abordar estos problemas —y para cumplir sus promesas— ha ocasionado que los gobiernos pierdan legitimidad ante los ciudadanos, quienes se sienten cada vez más insatisfechos con la forma en que funciona, o no funciona, la democracia en sus países.

Pero igual de pertinente para el momento es la percepción generalizada de una falta de justicia, de que las élites económicas y políticas gozan de una serie de privilegios y prerrogativas que se le niegan a la mayoría de los ciudadanos. Algunos de los resentimientos acumulados de la región se deben a la sensación, que persiste en aquellos que ostentan la mayor parte del poder y la influencia, de que tienen derecho a todo; ellos mismos que, además, casi nunca otorgan a las demás personas el respeto y la dignidad que merecen, protestaron ayer en la ciudad de México desde sus automóviles. La reacción del respetable fue de rotundo rechazo.

Pero hay acciones de la reacción encaminadas a minar con métodos aprendidos desde la Segunda Guerra Mundial. Cambia el formato, pero no el propósito, que es minar. No parece pasar mayor cosa, salvo que, por si algo faltara en la volatilidad del momento para los mexicanos, Donald Trump, en pleno desgajamiento nacional por la imposición de una agenda fascista, que revienta por el asesinato, a manos de un policía blanco, racista y fanático de Trump, de un afrodescendiente que, con calma y sometido, le decía que no podía respirar.

El sistema está roto, son tiempos de fortalecer el mercado interno, y ver pa’ dentro.