Política

Tapón de boca

mayo 30, 2020

Hace un par de días el Congreso veracruzano ratificó a Verónica Hernández Giadáns como fiscal general del estado. Después de casi un año en el despacho permanecerá en el cargo por otros nueve años.

Comparado con los desempeños de sus predecesores inmediatos, el desempeño de la ahora fiscal ha sido sobradamente satisfactorio. Las condiciones en las que recibió la institución luego de dos gobiernos delirantes son desastrosas.

Por lo pronto, lo menos que se puede decir es que se va restableciendo un comportamiento institucional fluido en sus tareas y en la relación con los gobernados. Cosa nada fácil si nos atenemos que luego de decenas de crímenes letales, desapariciones y feminicidios impunes, las relaciones de confianza entre la sociedad y la institución son francamente precarias.

Con todo y de a poco, parecen haber ido restableciéndose las relaciones colaborativas y de confianza entre la Fiscalía del Estado y la sociedad civil. Esto es el punto nodal que explica la permanencia de Hernández Giadáns en el puesto. Su eficacia. Es posible afirmarlo, por el notorio cambio de tono en el diálogo entre la Fiscalía y la sociedad. Cosa nada menor si se considera que desde que empezó el año 60 mujeres han sido asesinadas.

A la misoginia aborigen parece tenerle sin cuidado las emergencias sanitarias y el quiebre del modelo económico que arruina inmisericorde al planeta.

Será pues una mujer la que saque las castañas del fuego en que la penosa serie de gobiernos corruptos metieron a las labores de justicia del estado.

Falta por ver cómo procesan los partidos de oposición la permanencia de la funcionaria en tiempos en que el proceso contra García Luna en Estados Unidos se acerca peligrosamente a la exhibición penal de los pactos de impunidad del sistema de convivencia mexicano.