Política

En las áreas Covid se queda una parte de nuestra vida: enfermera

mayo 26, 2020

En esta primera entrega compartimos la historia de Saraí M. una joven enfermera, madre de familia, quien ha tenido que tragar su propia sangre y vómito antes que quitarse su equipo de protección para evitar contagiarse; quien ha visto a sus compañeras romperse, doblarse ante la ansiedad y frustración que les genera el uso del equipo y el ver como lentamente se pierde la vida de sus pacientes.

En virtud de la intensidad y la sensibilidad de los testimonios recabados, se resguardó la identidad de nuestras fuentes y las ubicaciones de sus lugares de trabajo; en este ejercicio encontramos una constante en todos ellos: la ansiedad y el estrés bajo el cual están viviendo los profesionales de la salud durante esta contingencia.

En reconocimiento a la labor de la enfermera Saraí M.

Cuando todo esto comenzó estuvimos trabajando y recibiendo pacientes sin equipo de protección personal (EPP). No sabíamos en realidad a lo que nos enfrentábamos y no teníamos un protocolo establecido; todo el mundo estaba a la expectativa, bajo mucho estrés y tensión.

A pesar de que ya tenemos tiempo que empezaron a llegar los pacientes, continuamos bajo ese estrés porque aún desconocemos muchas cosas.

Cuando se abrió un área provisional para atender a esos pacientes, fue la primera vez que me proporcionaron un intento de EPP y que nos enfrentábamos a lo que vendría.

Fueron más de 12 horas; entramos sólo una compañera y yo para atender a cuatro pacientes, entre ellos, uno intubado y otro muy delicado pero sin apoyo ventilatorio.

Ella y yo teníamos que mover al apoyo ventilatorio para evitarle úlceras por presión a un hombre de complexión robusta; mi amiga y yo –todas chiquitillas–, como podíamos lo hacíamos.

Otro paciente presentaba diarrea, evacuaba como tres veces por hora y nosotras debíamos movilizarlo. Nos costaba mucho comunicarnos con él, porque no lograba escucharnos con claridad, le hacíamos señas, gritábamos, pero parecía que los esfuerzos eran nulos y eso te hace sentir mucha impotencia. No podía comunicarme con mis amigos de guardia y no sabía lo que ese hombre postrado, solitario, enfermo y con dificultad para respirar podía estar sintiendo.

La guardia transcurrió, bajo el cubrebocas, goggles y caretas en un espacio cerrado, sin ventilación, sin tomar agua, sin comida, sin ir al baño. A las dos de la mañana yo ya no podía ver a través de los goggles y no era porque estuvieran empañados, la vista se me nubló por completo.

Comenzó a sonar la bomba de infusión y yo no alcanzaba a ver que pasaba, le siguió el ventilador a sonar, era una total desesperación. No sabía si le estaba pasando algo y yo no podía hacer nada, sólo me acerqué a la cama, tomé la mano y le hablé, pedí a Dios que me ayudara y traté de mantener la calma. Se acercó mi compañera y le pedí me diera las lecturas de la bomba y el ventilador para poder regularlo y sólo así logramos ajustar las cosas.

Por mi mente pasaba: ¿Me quito la careta? ¿Me contagio? ¿Espero? ¿Y si por esperar se me muere? Es un dilema terrible entre lo que debes o no hacer. Esos fueron mis minutos de ansiedad y desesperación.

Cerca de las cinco de la mañana mi compañera que hasta ese momento se había mantenido con calma, se quebró. Sólo la vi levantarse y dar vueltas y vueltas en nuestro pequeño pasillo mientras la escuchaba decir:

¡Ya no puedo más! ¡Me voy a quitar esto, no puedo respirar, necesito salir... Saraí, me lo voy a quitar! Se ponía en cuclillas, se paraba y repetía esto cantidad de veces. Ella es asmática y el N95 ya no le permitía buena recepción de oxígeno. Salimos ese día pero la resaca por deshidratación nos duró tres días y el dolor de cabeza dos más.

La primera vez que murió una señora fue en choque. Llegó, vimos la tomografía y sin duda era Covid, así que la aislamos como pudimos, pero desgraciadamente falleció. Tuvimos que emplayarla mientras a mí sólo se me hacía un nudo en la garganta.

Miré a la señora y pensaba: murió solita, ya nadie la vio ni pudo despedirse de ella... y todavía la hicimos como un pollo de supermercado en refrigerador, nadie debería terminar sus días así.

En la última vez que entré al área Covid lloré de miedo, de tristeza, de frustración, de impotencia de todo...

El turno iba con el estrés normal, pero traer todo me provocó sangrado nasal y como no puedo quitarme nada –porque no hay más que un EPP por turno–, yo sólo sentía el olor y el sabor del hierro en mi garganta mientras me decía a mí misma: "No pasa nada".

Mientras eso pasaba en mí, un paciente de nuevo ingreso desaturaba y se le iniciaba protección de la vía aérea, intubábamos al paciente y tratábamos de mantenerlo a salvo, mientras sólo Dios sabe lo que pasaba por cada uno de nosotros.

Enseguida, el paciente de frente comenzó con dolor y también hacíamos todo lo posible por calmarle la molestia.

Entre ajustes de tratamiento e inicio de infusiones a esos pacientes que eran los más delicados mi cuerpo no aguantó más:

Mi estómago, que trató de aguantar, no pudo más y me vomité; me vomité dentro de mi mascarilla, quise quitarme todo pero sabía que sería imprudente, pensaba en que si yo me contagiaba quién vería a mi hijo, en que no podía contagiarme y estar como todas esas personas aisladas, a quienes tal vez ya no vuelvan a ver nunca más.

Me imaginaba en el peor de los escenarios y con todo lo peor de mundo me trague mi propio vómito. Lloré, lloré detrás de esos goggles...

Porque quisiera hacer más, darles más; quisiera poder ayudarlos a comunicarse con los suyos, a despedirse.

Hace poco un paciente falleció y en la noche me pidió que le regalara una hoja para escribir un mensaje de despedida para su esposa.

"Me quiero despedir, porque a las siete me voy a morir" y así fue, a las siete de la mañana cayó en paro cardiaco y no salió... Lo vi irse, fui la última con quien habló. Aunque el corazón se me parte y los ojos me lloran, no alcanzo a comprender su dolor.

Y no, él no andaba en la calle, no andaba en fiestas, guardó en lo que pudo su cuarentena. Desgraciadamente era de la población vulnerable y mientras alguien más se divertía, él pagó los platos rotos. Él, su familia, yo y muchos como yo.

Y así como yo a todos los que hemos entrado varias veces se nos ha quedado un pedazo de vida ahí. Son experiencias que te marcan y que se llevan parte de tu alma, de tu esencia.

En lo personal tengo dos meses y medio sin ver a mi hijo y así varias compañeras han tenido que dejar a sus niños con sus abuelos para no ponerlos en riesgo, paro aún así tenemos una ventaja: nosotros podemos verlos o escucharlos a distancia, los pacientes fallecen sin poder despedirse de sus seres queridos.

Mueren prestigiados médicos en el Puerto por coronavirus

El Covid-19 continúa cobrando vidas de médicos en Veracruz. Este fin de semana falleció el oncólogo Raúl Deveze.

Varios de sus pacientes enviaron condolencias a través de redes sociales, lo recordaron como un médico que siempre combatió el cáncer y nunca perdió el buen trato que lo caracterizaba, con palabras de aliento en los momentos más difíciles de la batalla contra la enfermedad.

Era investigador del Instituto de Investigaciones Médico Biológicas de la Universidad Veracruzana, que a través de redes sociales también enviaron sus condolencias. También daba clases en la facultad de Bioanálisis de la máxima casa de estudios.

A través de su cuenta de Facebook, Horacio Astudillo relató una vivencia que a su vez le compartió el doctor Rafael Delgado, que ocurrió durante el terremoto de 1985 en la Ciudad de México.

"... Creo conveniente comentarles de una anécdota de Raúl que muy pocos lo saben pero que habla de la humildad y su gran sentido de responsabilidad... Esto ocurrió el 19 de septiembre de 1985 a las 7:30 de la mañana, cuando Raúl estando de guardia en el servicio de radioterapia donde teníamos siete pacientes internados con material radiactivo en el sexto piso del antiguo hospital donde se aplicaba la braquiterapia de baja tasa.

Al momento que inició el sismo, Raúl se dedicó a retirar y guardar el material radiactivo en sus contenedores y se dispuso también a poner a salvo a las pacientes; salvando así al Hospital de Oncología y al IMSS de un terrible accidente nuclear y de vidas en caso de que se hubiese extraviado o liberado alguna fuente radioactiva...

Así era Raúl de humilde y dedicado a su profesión.

Nunca quiso que eso se supiera, el actuó bajo su responsabilidad (decía).

Descanse en paz que bien merecida la tiene.

En algún momento tenía que saberse esto, y hoy, después de su partida se los quiero compartir.

Lo sé y lo puedo atestiguar porque en ese entonces estaba como encargado del servicio de Radioterapia del Hospital de Oncología del CMN Siglo XXI del IMSS..."

María del Carmen se queda sin trabajo, cuida de 2 hijas y su madre

La pandemia dejó sin empleo a María del Carmen Vargas Piñera, de 44 años, que vive con sus tres hijas y su madre anciana; dos de las niñas tienen discapacidad y requieren medicamentos, los que no puede pagar.

"Tengo dos niñas con discapacidad, una que está más grave porque es parálisis cerebral, Jacqueline tiene 23 años y la más pequeña, María Fernanda, de 8 años, tiene equinovaro, se le ha rehabilitado y sigue con el problema en un pie y requiere de zapatos ortopédicos. La mayor, aunque tiene 23 años es una bebé, usa pañales, toma en biberón", explicó.

Ella generalmente se dedica a hacer limpieza en casas, además hace chiles o tamales para completar el dinero que necesita; sin embargo, la contingencia por Coronavirus le ha traído problemas.

"En algunas la solvencia de los patrones viene de Estados Unidos y allá se escaseó el trabajo", comentó.

Ella requiere de urgencia ayuda en especie o con dinero para comprar lo necesario.

"Pues sería que la gente lo que gustara ayudarme, lo principal sería para Jaqui con sus pañales y su leche, lo primordial para ella", dijo.

Con su otra hija requerirá zapatos especiales; sin embargo, aun no son tan urgentes como el medicamento.

Ella metió la solicitud para beca de personas especiales; sin embargo, no ha habido ninguna respuesta.