Política

Más de partidos políticos

mayo 22, 2020

Ocupado con las vicisitudes de la vida cotidiana en tiempos del decimonono Coronavirus, el respetable pocas veces tiene la ocasión –o el ánimo– de contemplar el mezquino cretinismo de los partidos político tradicionales. Pero estos son tiempos inusuales, no sólo por la pandemia, sino por las circunstancias mismas en que quedaron esos partidos políticos luego de las elecciones de 2018: punto menos que nulificados en su representación. Tanto que hoy día son las cámaras empresariales quienes realmente llevan la voz de la oposición. Y lo hacen en un estilo poco democrático, por decir lo menos: llamando a un golpe de Estado.

El país vive una crisis doble: al desastre dejado por las cuatro décadas de gobiernos neoliberales, se suma la depresión económica que se nos viene encima, la caída de los precios del petróleo y la emergencia sanitaria. El PAN y su singular aliado, el PRD, se niegan rotundos a aceptar la reforma electoral que reduciría en 50 por ciento el financiamiento público a los partidos, lo que los muestra de cuerpo entero.

A las dirigencias profesionalizadas les importa el modo y estilo de vida que obtienen de los subsidios gubernamentales, no la precisión y beneficio de la construcción política para hacer que la crisis que está por caernos implacable encima sea menos severa para los gobernados, toda vez que la inmensa mayoría de éstos tienen salarios precarios o ningún salario en absoluto.

Que el sistema electoral mexicano es estúpidamente oneroso es una verdad inapelable. Los datos duros que lo prueban son de acceso abierto al público y cualquiera puede comprobarlo. Se arguye que la carísima democracia electoral mexicana lo es porque es necesario garantizar que poderes fácticos como las bandas criminales, encuentren el modo de financiar campañas electorales.

El problema del tema del financiamiento de los partidos políticos y de las campañas electorales es de dos tipos: evitar dinero de fuentes ilegales y, dos, garantizar una distribución adecuada de los recursos entre los partidos políticos.

Pero la crisis por la que atraviesa el país es de largo alcance, y las reglas del dispendio cómplice no aplican. Son tiempos distintos con o sin Cuarta T, la diferencia es que si se reconstruye el andamiaje institucional republicano y nos damos la ocasión para construir acuerdos en beneficio real de los gobernador, es bastante más probable que de ésta salgamos aceptablemente, no tan enojosamente vapuleados.