Política

¿La inflexión?

mayo 18, 2020

Esta no es la primera pandemia que afrontamos en el siglo XXI. En los últimos años los casos de SARS, gripe aviar, gripe A, ébola y zika han tenido un puesto destacado en los medios de comunicación.

La del coronavirus no tendría por qué ser menos. Incluso, es muy probable que sea la que más difusión haya tenido. Quizá obedezca a la peligrosa tensión que crea entre China y Estados Unidos.

Desde enero, los medios de comunicación hacen un recuento constante de infectados y fallecidos en cada lugar del mundo. Las imágenes de calles desiertas y las informaciones que hablan de un brote que no está cerca de ser controlado induce a un efecto nada deseable: miedo. Miedo social.

Si para cualquier persona el ser constantemente sometida a información sobre una enfermedad de la que sabe poco y para la que aún no hay tratamiento específico, es motivo de estrés y ansiedad; la situación se vuelve más inquietante para las personas con hipocondría o las que padecen algún padecimiento, mental o de cualquier tipo. En un país como México que padece un severo problema de obesidad mórbida esto necesariamente tiene un impacto social considerable.

Un trastorno que se caracteriza por tener una preocupación excesiva por la salud, que derivan en episodios de ansiedad e incluso en el desarrollo de síntomas físicos propios de ciertas enfermedades. O en violencia, cosa gravísima en encierros reducidos y sobrepoblados.

Para personas con hipocondría, con ansiedad por enfermedad, o trastornos obsesivos compulsivos resulta muy complicado –o imposible– enfrentar la información recibida de los medios de comunicación objetivamente, lo que lleva a un aumento progresivo de la ansiedad personal y social ante la posibilidad de contraer esta enfermedad.

A esto hay que sumar el miedo a lo desconocido. El coronavirus es una enfermedad nueva para la que no hay cura excepto la que el sistema autoinmune provea. Esto redunda en activar los mecanismos asociados al miedo, aumentando los niveles de ansiedad.

Sin embargo, la información y la comunicación también pueden servir como medio para acabar o al menos paliar el miedo social.

La administración pública federal ha tomado con seriedad y método medidas para informar sobre los riesgos y cómo actuar en caso de que se padezcan los síntomas asociados al coronavirus. Los medios de comunicación contribuyen a la difusión de esta información, y el efecto es positivo. Pero hay otros efectos derivados de la oportunidad noticiosa y el interés político. Así, se ha visto a algunos gobernadores hacer el intento de sacar beneficios políticos de la situación.

Si bien el miedo a lo desconocido provoca ansiedades, el tener unas pautas sobre lo que hay que hacer ayuda a que la mente esté más centrada y a actuar de forma más comedida, evitando el pánico. El sorprendente y civil comportamiento de la mayoría de la sociedad obedece a eso.

Lavarse las manos con frecuencia, evitar el contacto estrecho con personas que padezcan afecciones respiratorias, mantener una distancia de al menos un metro con personas que tengan infecciones respiratorias agudas y taparse la boca al toser o estornudar y lavarse a continuación las manos, parecen ser recomendaciones bastante interiorizadas por la población.

Pero en los ambientes informativos formales e informales sigue habiendo la tendencia de distorsionar y manipular. Entonces es pertinente poner atención al fenómeno, el miedo exacerba los individualismos y distorsiona el juicio. Ahí, por ejemplo, los ataques a personal hospitalario uniformado en las calles. O los ataques y rechazos a hospitales covid.

La movilización de las extremas derechas estadounidenses es inquietante. Se habla de la nueva normalidad post pandemia. Habrá que aceptar que sí, que en efecto habrá una realidad luego de la contingencia que nada tendrá que ver con el mundo pre covid. ¿Pero es real? ¿es honesta?

Para muchos observadores no parece serlo. También habrá que estar atentos a eso. Por lo pronto, la febril búsqueda de cura y eventual vacuna beneficiara las industrias farmacéuticas. Existe la incómoda sospecha de que se planea su obligatoriedad, lo que potencializa convertirse en un modo de control social totalmente indeseado toda vez que se sospecha también de las intenciones.