Estigma y exclusión
mayo 16, 2020 | María José García Oramas

Estigma es una marca que se aplica al cuerpo para denostar posesión y dominio. Usualmente se marcaba a los esclavos con el sello de sus amos, o bien a las personas que cometían un delito o un pecado para con ello hacer evidente su condición y endurecer su condena.

Posteriormente, se aplicaría la noción de estigma social con el mismo sentido, es decir, poner una marca en la persona, aunque ya no sea en el cuerpo, para hacer patente su condición de condenada, de repudio y aislamiento social. El estigma conlleva entonces a la exclusión y de hecho ésta es su finalidad: separar a unos de otras, haciéndolo evidente mediante la marca impuesta. Para quien no la tiene, la ganancia de pertenecer con pleno goce de derechos al grupo y para quien la porta, el castigo y la obligación de apartarse y marginarse.

A fin de no ser estigmatizados y excluidos, las personas desarrollan mecanismos complejos de adaptación y aceptación a las normas sociales, cuya forma más evidente es la sumisión, que a veces se normaliza y, por lo menos, en apariencia, se torna "voluntaria". En otras, a fuerza de auto convencimiento, castigo, presión social y amenazas a la integridad, las personas acatan las normas existentes y se adaptan a su entorno. En otras, pagan hasta con la vida el precio de la insumisión y sus familias y allegados perpetúan entre generaciones el estigma que ello conlleva.

En estos tiempos de Covid-19, vislumbramos nuevas formas de estigma y exclusión social. Como en otros casos de pandemias similares, los primeros en sufrirla son los enfermos del virus, los nuevos "apestados" (término que proviene justamente de la epidemia de la peste). Le siguen quienes están cerca de ellos como familiares, cuidadores, comunidades de pertenencia, "transmisores" y, conforme se alejen de estos grupos, los no contagiados o contagiados sin síntomas, es decir, las y los sobrevivientes a la pandemia quienes se van clasificando entre los más o menos resilientes al confinamiento y al virus; los que acataron o no las normas establecidas durante la contingencia; quienes fueron más o menos solidarios con sus trabajadores, vecinos, compañeros de trabajo; quienes mejor reforzaron sus sistemas inmunológicos mediante hábitos saludables, y así sucesivamente.

Se afilan las espadas de Damocles porque la sociedad humana no funciona sin lanzar piedras a quienes consideramos pecadores, sin crear seres malignos a quienes culpar de nuestros males para echarles encima nuestros odios, frustraciones, temores, debilidades. Todo ello porque, como bien lo apuntaba Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, la otredad y el otro, es decir, la diferencia inherente entre humanos nos genera una "inquietante extrañeza" que hay que calmar permanentemente. La aceptación del otro en tanto tal nos convoca a un trabajo psíquico de elaboración de reconocimiento de este otro que es, y será, irreductiblemente diferente a nosotros. Si esto sucede, entonces la diversidad humana deja de ser amenazante y se convierte en fuente de convivencia fértil entre los seres humanos y es lo que permite generar sociedades más civilizatorias.

Frente a la crisis global que estamos viviendo, podremos seguir aplicando los mismos mecanismos arcaicos de odio, estigmatización y exclusión que hemos desarrollado a lo largo de la historia –baste de ejemplo el caso de la epidemia de VIH que arrastró consigo múltiples mecanismos de discriminación hacia los portadores del virus o, por el contrario, volvernos mejores seres humanos en el sentido en que lo plantearan Marx y Engels, citados por el gran escritor José Saramago: "Si el hombre es formado por las circunstancias, entonces es necesario formar las circunstancias humanamente"–. Esperaríamos que ahora, frente a la pandemia de Covid-19, formemos circunstancias humanizantes de apoyo e inclusión, y aprendamos a reconocer que no hay enemigos, ni pestilentes, ni héroes, ni pecadores, ni condenados, sólo seres humanos enfrentando una nueva crisis sanitaria.

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