Política

El mismo barco

abril 24, 2020

Desde que se identificó por primera vez el 1 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan, en China central, el mapa mundial del Covid-19 reporta 2,5 millones de casos en más de doscientos países y 175 mil fallecidos a nivel mundial

En México, ya está declarada la Fase 3 de esta emergencia sanitaria, con más de 9 mil contagios y 857 decesos. La mayor parte de la población se mantiene en casa para evitar que se acelere la curva de los contagios y esto, por supuesto, ha traído cambios significativos.

Pocas veces tenemos la oportunidad de que nuestras vidas cambien de manera radical, tan rápido. Es curioso cómo cambia la perspectiva cuando desaparecen muchas de las cosas que dábamos por sentadas.

Olvidemos –por un momento- lo que se oye en las noticias (regularmente desalentadoras), y concentrémonos en lo que estamos aprendiendo, en la forma en que nuestra vida cambió, y porqué se origina esto. Y no me refiero a las teorías de la conspiración, ni a la venganza del planeta por el injusto maltrato al que lo hemos sometido durante siglos.

Estamos creciendo como seres humanos y quizá por primera vez nos damos cuenta de la importancia de lo importante, de cuanta banalidad ocupa nuestra mente cotidianamente y de lo fútiles que son la mayoría de nuestros afanes. Cuantas lecciones en tan poco tiempo.

Leí en un escrito budista que a nadie le sucede una experiencia que no le corresponda. Si le corresponde la vivirá, aun cuando luche o se resista.

Resulta que aquella frase trillada de que todos estamos en el mismo barco, es cierta; nuestro planeta es nuestra casa y ante una pandemia, no tenemos otro lugar a donde ir. Hemos visto lo frágiles que somos y a su vez, lo fuerte que puede ser el espíritu humano. Frente a gestos de odio y de discriminación a los afectados, se hace presente la solidaridad a los cuerpos médicos y a los sectores más vulnerables.

Es esta una época de reflexión, de enseñanzas, de precaución, y la mayor de ellas será, quizá, no dejar pasar las enseñanzas de lo que tenemos que asumir y de lo que implica adaptarnos a un nuevo orden económico y social a nivel mundial.

Cuantas cosas que dábamos por sentadas se esfumaron, empezando por nuestra esperanza de vida, súbitamente amenazada, y deambulamos de un lado a otro –en el pequeño espacio de nuestra casa- , extrañando a seres queridos y viejas costumbres. No sabemos cómo llegamos a este punto, pero aquí estamos, amenazados y solos, como los personajes de la famosa novela de Sartre. Extrañamos los trabajos, los cafés, los abrazos y nuestra rutina habitual, la que alguna vez creímos que definía nuestra vida.

¿Nos ha dejado algo bueno el Coronavirus? Hagamos el ejercicio –no sencillo- de enfocarnos en lo positivo de esta experiencia: se ha elevado nuestro nivel de conciencia y nos vernos en la necesidad de desarrollar herramientas para comunicarnos, curarnos, amarnos y mantenernos productivos. Es necesario ver esta prueba más allá del miedo y reconocer el valor inesperado, intrínseco.

Han sorprendido a nivel mundial las fotografías de peces nadando en aguas cristalinas –otrora turbias- y la presencia de fauna silvestre en sitios que en otro tiempo sólo se abarrotaban de turistas. Nuestro planeta está demostrando su resiliencia y lo que puede hacer con tan solo unos meses en que los humanos nos replegamos.

La vida sigue creciendo, se abre camino, continúa y se renueva, más allá del sufrimiento de nuestra experiencia humana. Hoy sabemos que es necesario ser más limpios, conscientes, solidarios, disciplinados y que a lo mejor, ni siquiera eso resulte suficiente. Le estamos dando valor a distintas cosas y hay otros parámetros en nuestra lista de prioridades. Hemos aprendido de la peor manera las enseñanzas que cotidianamente dejábamos pasar. Si enfrentando al Covid-19 perdemos esta lección, quién sabe si tendremos oportunidad de que otra pandemia nos eduque.