Política

Mercados

abril 22, 2020

El Covid-19 –mal o bien visto– es un prodigio de la naturaleza cuyo desenlace fatal puede significar la muerte de quien lo acoge. Como tal, requiere desplazarse a través de un mecanismo de contagio irreprochable, carente de malignidad. Su rostro microscópico y coronado palidece ante la imagen de cualquier malhechor de la peor calaña que acecha a la vuelta de la esquina. Más inteligente y menos agresivo que Donald Trump; para nada clandestino como el terrorismo talibán; y se encuentra lejos de la crueldad infinita de los criminales contra de los cuales no existe antídoto alguno. Su poder de difusión es lento si se le compara con la transmisión inmediata de las crisis financieras. Se le teme, pero no resulta repulsivo. Y si las cosas resultan como se espera, vivirá en el planeta conviviendo con la misma clase de estructuras económicas que habrán luchado para sobrevivir, pero no para ser mejores, porque eso sería cambiar de naturaleza.

Siendo biología pura, el verdadero drama ha sido que el coronavirus paralelamente ha expuesto –además de sus efectos letales– el frágil y contradictorio andamiaje de las prácticas e instituciones económicas que hoy exigen, desde sus cúpulas, ser rescatadas por el Estado. No hay duda que, de acuerdo a las escalas, las empresas con bajo nivel de capitalización tienen un horizonte acotado para sobrevivir en el mercado, dado su corto ciclo de reproducción. Otras empresas se reproducen día a día y carecen de capacidad para sostener la planta laboral y mantener una reserva de capital para una posterior reactivación. Pero otras –plenamente identificadas– han disfrutado de toda clase de privilegios; sea provenientes de sus estructuras monopólicas, de su expansión global, y de la regla de oro de una política fiscal y monetaria restrictivas. Amén que la corrupción y vínculos económicos entre régimen político y capital se habían convertido en variables independientes que han hecho estragos en las finanzas públicas federal y estatales.

Aperturas, desregulaciones, exenciones fiscales, privatizaciones, flexibilizaciones laborales, viles estafas y saqueos, crisis recurrentes, fueron las rutas estratégica de gobiernos priístas y panistas.

La aplicación disciplinada de los preceptos neoliberales no se sometió al escrutinio sistemático y persistente de los medios de comunicación, hoy tan vigilantes y resueltos a convertirse en el factótum de los intereses empresariales y de la oposición al gobierno, a través de un equipazo de analistas, expertos, especialistas y líderes de opinión que operan en las mesas de redacción de los programas de debate, pretendiendo dominar el discurso público. No fifís, ni conservadores. Solo condescendientes.

Portavoces oficiales del empresariado y sus múltiples resonancias, sus urgencias apelan a la incesante necesidad de no interrumpir el ciclo de reproducción del capital, porque a su geometría tridimensional se le suma la dimensión del tiempo. ¿Quiénes de estos grandes empresarios, haciendo ajustes técnicos en la escala de producción, no pueden asumir el costo de la nómina en un plazo perentorio? ¿Acaso no poseen una reserva de capital y una concentración de ganancias para solventar la crisis por algunos meses? Porque resulta inaudita la escena donde Emilio Azcárraga Jean arriba presuroso a Palacio Nacional a la reunión con el presidente López Obrador; y cabe preguntar ¿qué carajo puede demandar el empresario de los medios en esta contingencia, cuando los contenidos de su programación debiesen ser vetados por la Unesco?

Entre la desmemoria y el cinismo, el sector empresarial más recalcitrante reclama al gobierno acciones a la carta que, tomando lápiz y papel, no sacian sus expectativas. Los reportes de las tendencias diarias del Covid-19 expuestos por un serio e informado Dr. Hugo López-Gatell se le emparejan las cifras incesantes de los indicadores bursátiles en el piso de remates de la bolsa de valores. Porque las exigencias de claridad y certidumbre que esperan de la política del gobierno actual no se correlacionan con el sagrado anonimato de quienes especulan contra el peso y con la identidad de quienes han sido perdonados de sus adeudos fiscales.

Este México de tan profundas desigualdades no se gestó hace un mes, ni ha sido resultado del azar. En 2014, los deciles VIII, IX y X que representan 30 por ciento de los hogares con mayores ingresos en la estructura de distribución en México, concentraban 62.5 por ciento de los ingresos corrientes totales, manteniendo el coeficiente de Gini en 0.440, el cual se eleva si se descuentan las transferencias del gobierno. La otra expresión de la inequidad económica y social –la pobreza multidimensional– en la década 2008-2018 apenas se redujo en 0.2 por ciento; pero en términos absolutos se sumaron 6.4 millones de pobres, y se observa lejana la existencia de una clase media amplia y estable. A ello asóciese el hecho de que México es el país miembro de la OCDE con el menor porcentaje de recaudación fiscal, apenas con el 16.1 por ciento del PIB, en el 2018; cuando el promedio de recaudación de los 34 países que integran el organismo fue del 34.2 por ciento. Ya ni se diga los efectos presupuestarios que ha provocado la caída de los precios internacionales del petróleo, que ha llegando a un mínimo histórico.

Con una fuerza discursiva y una amplitud de cobertura mediática impresionantes, hablan de ello con una preocupación que nunca manifestaron en tiempos normales de las modernizaciones fallidas y los cambios estructurales, en el momento en que la arremetida contra el Estado –derrochador, patrimonialista, regulador, acreedor– no admitía defensa alguna de sus posibilidades de intervención ante los liberales de pura cepa. Es este Estado desmantelado el que ahora no puede transformarse de la noche a la mañana en la red de protección social que bajo otros regímenes pudo amortiguar las crisis capitalistas.

Lo que en verdad sorprende es que estos aferrados expertos hayan transitado, inopinadamente, de Marshall, Friedman y Samuelson, a los mecanismos cortoplacistas de Keynes, y se hayan contagiado de arrebatos redistributivos a cuenta del erario público. Sea la contratación de deuda, el postergar pago de impuestos, aprovechar el superávit primario o retransferir los apoyos de los grupos vulnerables hacia los desempleados y trabajadores informales, lo cierto es que esta suerte de keynesianismo bastardo lo único que refleja es que el mercado –para nada impersonal– carece de un repertorio de mecanismos alternativos para distribuir la riqueza generada por los trabajadores productivos, no por los estériles sectores de jóvenes y adultos mayores, cuya existencia residual –según el miserable gradualista de Héctor Aguilar Camín–dependerían, entonces, no se sabe de qué ingresos.

A los empresarios les preocupa mucho el desempleo generado en esta coyuntura; pero las condiciones laborales y la persistente caída de los salarios reales nunca les quitaron el sueño y para nada aparecen en sus mandamientos de política económica. Menos tolerantes han sido respecto a la posibilidad de una política fiscal progresiva; y resultan incapaces de distribuir mejor la riqueza, así hayan prosperado en sus negocios.

Este pequeño patógeno causante de la pandemia lo que ha develado es el vaciamiento de las certezas, de las instituciones, de las narrativas y las vidas privadas que se ven cara a cara incapaces de redefinir sus nuevos rostros. La tragedia que anuncia el gabinete alternativo en las pantallas televisivas ya estaba incubada, y no precisamente por el coronavirus. Como en la película de Ingmar Bergman, es el huevo de la serpiente que a través de sus finas membranas ya anuncia el engendro que vendrá. Y no será el de la 4T, sino el de las de las profundas fisuras de un orden económico autodestructivo, en lo ecológico, en lo social y en lo cultural. Carente de moral.