Sociedad y Justicia

El mundo feminizado (Parte I)

abril 17, 2020

En los tiempos que corren, abundan las explicaciones sobre las razones que provocaron la expansión de la pandemia del Coronavirus Covid-19 y con ella la incertudimbre y la sozobra que estamos viviendo, que tiene a la mitad de la población mundial en confinamiento y que sin duda nos llevará a una crisis política, económica y de salud sin precedentes en los meses por venir.

Podemos considerar que nos encontramos en tiempos de guerra y sin duda las circunstancias lo ameritan, pero aun cuando las certezas se han derrumbado nos queda la esperanza de que, como en otras circunstancias similares, estos tiempos de guerra llevan irreductiblemente hacia tiempos de cambio donde el vuelco nos lleve hacia tiempos donde la feminidad, luego de siglos de dominación masculina, encontrará su lugar en el nuevo orden mundial. La configuración simbólica del mundo oriental y occidental se ha trastocado y, desde mi punto de vista, ha puesto al centro la ética femenina por la que tanto hemos luchado en los últimos milenios y, eso, es una buena noticia.

No es casualidad que antes de encerrarnos, los últimos movimientos globales y masivos en las calles fueron de las mujeres en torno 8 de Marzo, Día Internacional de las Mujeres. En esos días las mujeres salieron a manifestar su hartazgo y la necesidad urgente de trasformar las condiciones de desigualdad y violencia generalizada que viven alrededor del mundo y luego permanecieron en casa para que, por lo menos un día, el mundo reconociera sus aportes al desarrollo económico y social. A estos movimientos les siguieron las denuncias de acoso y hostigamiento sexual en diversos ámbitos, desde la sentencia condenatoria a Harvey Weinstein gracias al movimiento #metoo, pasando por el performance del "violador en mi camino" originado en Chile por el grupo feminista Lastesistas, hasta la ola de denuncias por hostigamiento y acoso sexual contra maestros y compañeros de estudio de las universitarias y de las chicas de preparatoria tanto públicas como privadas, realizadas mediante carteles, tendederos y cierre de facultades.

Considero que esas voces se escucharon y se hicieron fuertes de la manera en que menos lo imaginamos: cuando el hogar se volvió el centro de nuestras vidas, lo que necesariamente conllevará a un mundo de revalorización de la feminidad que transforme las relaciones humanas haciendo de las diferencias la fuente de donde emanen las raíces que cimienten nuevas formas de convivencia humana más civilizatorias.

Se trata de un mundo donde la cercanía emocional y equilibrio natural se coloquen al centro de nuestra experiencia humana, de volver a ese mundo de los orígenes que las sociedades contemporáneas han dejado en el olvido. Un mundo donde la armonía, la tranquilidad, el tiempo cíclico sean posibles. Donde el adentro y el afuera encuentren nuevos significados, donde el espacio privado sea un espacio fructífero para la reproducción del vivir, para la solidaridad familiar y comunitaria y donde los trabajos de cuidado recuperen su verdadera dimensión de valor en la economía mundial.

El mundo feminizado al que apelo consta de algunos elementos centrales que a continuación analizaré:

1) El confinamiento femenino y el trabajo reproductivo en el espacio privado.

Tradicionalmente, el confinamiento en el hogar era el destino de muchas mujeres, todo ello derivado de un orden social basado en una rígida división sexual del trabajo en sociedades sexualmente disciplinarias que ejercen vigilancia y control permanente sobre ellas. Mientras los hombres salían a buscar el sustento, las mujeres habrían de quedarse en casa realizando labores domésticas y de cuidado de los hijos. En estas sociedades, las mujeres fuera del hogar, en la calle, no sólo son mal vistas sino que se exponen a la violencia y al rechazo social lejos de la tutela de un varón.

Sin embargo, ningún espacio ha sido tan peligroso para las mujeres como el encierro en el hogar y ello ha adquirido formas tan crueles y extremas de ejercerse como es el caso del Afganistán de los talibanes, donde los hombres encierran a sus mujeres bajo el mismo techo pero en habitaciones individuales cada una bajo llave y con cerrojo. Pero también, se ejerce en formas mucho más sutiles de control y vigilancia como el limitar sus horarios y lugares de salida frente a un libre transitar de los varones en el espacio público. Peligroso además, porque en estas condiciones de desigualdad ellas se tornan vulnerables a múltiples formas de violencia doméstica por todos conocidas.

Aunado al peligro que las mujeres corren por el confinamiento doméstico, el trabajo que ahí realizan es menospreciado e invisibilizado, mientras que, por el contrario, el trabajo productivo, generalmente realizado por los varones, es altamente valorado lo que hace que ellas, además de estar expuestas a múltiples vejaciones, se enfrenten a una realidad contrastante: mientras la jornada laboral varonil se contabiliza con un horario fijo, es remunerada y limitada, la jornada de trabajo femenina en el hogar no es remunerada, no tiene horario y es ilimitada.

Resulta claro que esta rígida división sexual del trabajo conlleva a condiciones de desigualdad y deterioro para las mujeres puesto que, aun en el mejor de los casos en el que también trabajemos fuera del hogar de manera remunerada, su salario será inferior al de sus congéneres varones y ello no las ha exentará de realizar los trabajos domésticos, fenómeno que se conoce como la doble jornada, e inclusive como la triple jornada, aquella relativa al cuidado de enfermos y adultos mayores.

¿Cómo es que el confinamiento ha repercutido en las relaciones familiares, considerando desde luego las múltiples configuraciones familiares que existen hoy en día (familias monoparentales, padres del mismo sexo, parejas sin hijos, familias ampliadas, entre otras)? Comenzamos a escuchar que los índices de violencia doméstica se han disparado en los hogares en confinamiento, y que esta situación es desigual en hogares de distintas partes del mundo, perjudicialmente abismal en el denominado "sur" dado que prevalece un sistema patriarcal, neoliberal y colonizante. (Boaventura de Souza, 2020). En los tiempos por venir, los gobiernos se verán obligados a reconocer la relevancia de atender dichas problemáticas que sistemáticamente han minimizado y en el peor de los casos, seguiremos luchando para que sean atendidas.

Sin embargo, no dejo de considerar el hecho de que no todos los hogares se convertirán en espacios de destrucción y violencia doméstica, en otros, en el lugar de las minorías activas de las que habla Salvador Minuchin, hombres, mujeres, parejas diversas se verán en la necesidad de reconfigurar los roles y tareas relativos a la reproducción del vivir y todo ello generará, inevitablemente y por fortuna, cambios que no por insignificantes dejarán de ser relevantes.

En primer lugar, habremos de reconocer que vivir encerrado no es condición humana para nadie y que la libertad de movimiento es un derecho humano de todos y todas que hemos de respetar y re-valorar y que nadie debe sentirse amenazado o en peligro ni dentro ni fuera de su hogar y mucho menos debido a nuestra condición de mujeres. El confinamiento evidencia el peligro que muchas mujeres corren cuando son obligadas a permanecer en el hogar en condiciones de desigualdad y marginación frente a los varones.

Además, habremos de repensar las formas de re-distribución de las tareas domésticas a partir de su re-valorización en cuanto garantizan la reproducción y la seguridad de la vida y ello aplica también para las mujeres, particularmente para aquellas que delegan estos trabajos en servidoras domésticas. Todo ello puede producir cambios importantes en las relaciones cotidianas y con ello repercutir en una distribución mucho más equitativa de los trabajos reproductivos, a la par del reconocimiento social de estos trabajos, algo por lo que hemos pugnado ampliamente desde el feminismo.