Responsabilidad ciudadana
abril 16, 2020 | Martín Quitano Martínez

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No hay nada más terrible que ver la ignorancia en acción. Creer una cosa sobre la base de pruebas insuficientes es siempre un error, en todas partes, trátese de quien se trate. La gente que cree en absurdos cometerá atrocidades.

Hans Jürgen Eysenck

En medio del dolor inmenso por las pérdidas humanas por el COVID-19, o precisamente por la letalidad que puede involucrar su contagio, es de reconocerse la labor de muchos humanos, servidores públicos y no, al continuar desarrollando tareas estratégicas, como son la seguridad pública, los servicios públicos municipales, comercio de alimentos, transporte, entre otros. Pero sin duda alguna, son los trabajadores de la salud los que merecen un reconocimiento público destacado y absolutamente merecido ante su compromiso y entrega, por los gravísimos riesgos a que están sometidos permanentemente, y en la mayoría de los casos sin las condiciones de protección y salvaguarda con las que debieran contar.

Con el COVID-19, la vida cotidiana se encuentra trastocada, vuelta al revés. La distancia obligatoria, el enclaustramiento, las restricciones para salir a comprar o a trabajar rompen nuestra movilidad rutinaria e impactan inexorablemente en la dinámica económica de millones, asuntos ambos que pueden desquiciar nuestro equilibrio anímico personal y como sociedad.

En este ambiente de desesperación, afloran las emociones y pasiones humanas, se desnudan nuestras creencias, nuestras taras, nuestras incapacidades o fortalezas, haciendo presentes nuestros demonios. Son tiempos de fragilidad humana que pueden sacar lo peor de nosotros, que descarnadamente nos arrojen al agujero del individualismo, la insolidaridad, la incivilidad, en donde fácilmente nos envilecemos, alejados de la alegoría presidencial del pueblo bueno y sabio.

Entonces encontramos aplausos, canciones, porras, como ejemplos de agradecimiento y sentida consideración hacia los trabajadores de la salud, y otros de una injustificada ferocidad social hacia ellos, en donde se les amenaza con quemar un hospital con su personal o con quien esté dentro, o sujetos que agreden con cloro al vecino que está enfermo o a médicos y enfermeras a las que se les escupe en los trayectos del transporte público que ocupan para llegar a salvar vidas. Son reales las estúpidas y ruines actitudes de personas que están actuando así, jugando su papel de odio en el cobijo de una ignorancia superlativa, refugiados en despreciar y agredir a los otros.

En momentos como este, son los gobiernos todos, son los actores y representantes políticos, empresariales, religiosos y sociales, quienes deben asumir un liderazgo claro y asertivo para encauzar el sentir social a buen puerto. Debemos exigirles compromiso, sensatez y alta calificación para enfrentar lo que ahora tenemos y lo que vendrá sin duda alguna. Pero nosotros, los ciudadanos todos, debemos también comprometernos.

Los datos del estudio de movilidad de Google*, arrojan que nuestro país es el que menos atiende la recomendación de quedarse en casa de toda Latinoamérica; dos tercios de la población mexicana se sigue comportando como si no hubiera emergencia sanitaria.

Cuidarse y cuidar a los otros, no es una opción para la mayoría de los nacionales; el volumen de la economía informal respalda la decisión de muchos al salir a buscar el sustento diario, cuando los gobernantes no atienden sus necesidades ni en tiempos de contingencia sanitaria. Pero hay una significativa cantidad de mexicanos que rompe los llamados de precaución con una ignorancia altiva, agresiva, malsana, que desmonta la presunción de sociedad distinta, de pueblo solidario, consciente.

Se requiere de un gran esfuerzo conjunto y de responsabilidad ciudadana para enfrentar lo que estamos por vivir, es indispensable contar con capacidad y liderazgo, altura de miras de quienes gobiernan, pero sin duda se exige también de una sociedad dispuesta a asumir los retos de actuar de forma correcta, empática, sensata. Potenciar los gestos de solidaridad y respeto, de atención crítica, de tolerancia, acompañamiento y reconocimiento de lo que esté bien.

Urge frenar la polarización que se promueve desde la misma presidencia, pues nos separa con sus prejuicios, con su venta de verdades absolutas. Demostrar que podemos sumar voluntades individuales, y modificar y mejorar nuestro futuro frente a la pandemia. Ojalá logremos sumarnos más, a pesar de todo.

LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA

Frente a la pandemia, los números no cuadran, los insumos no llegan, las autoridades no responden

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