Política

Tormenta perfecta

marzo 19, 2020

Si algo no hacía falta a los mexicanos, era a Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos. El presidente norteamericano frente a la expansión real del Covid-19 cerró unilateralmente y sin previo aviso la recepción de todos los vuelos procedentes de Europa. La medida precipitó a la bolsa de valores de NY y ella al resto de las bolsas de valores del mundo. De la noche a la mañana las grandes empresas del mundo valían la mitad. La economía se contrajo al punto de la parálisis, especialmente pequeñas y medianas empresas en todo el mundo. Días atrás, ante la falta de acuerdo entre saudíes y rusos para hacer frente a los precios que los Estados Unidos obtienen por su producción de equisto, el reino árabe decidió aumentar la producción, lo que ha precipitado en vertical los precios del crudo en el mundo. Esto parte por el eje a México, porque los ingresos con que contaba el gobierno para reactivar una economía que no creció durante el año pasado, se reducen significativamente. Para los mexicanos éstos son tiempos de emergencia nacional. Esto, independientemente de la polaridad que se tenga respecto al presidente de la República.

Desde luego se puede reclamar la actitud del presidente Obrador por no ralentizar suficientemente la economía, lo que se califica de irresponsable. Lo cierto es que eso es precisamente lo responsable y lo correcto para minimizar el impacto sobre la población que vive al día del salario que obtiene. Las principales empleadoras y generadoras de empleo en el país no son las grandes empresas, son las pequeñas y medianas empresas que no pueden darse el lujo de cerrar porque sus empleados no ganarían dinero ese día, y la empresa simplemente no tiene forma de sostener con recursos propios los días de paro de labores.

La mitad de las opiniones difieren de la decisión y crucifican al presidente. El resto parece apoyarlo con mayor o menor intensidad.

Los mexicanos y su gobierno están atrapados en la tormenta perfecta. Un año sin crecimiento económico, inexplicablemente. Luego, la caída de los precios del petróleo a niveles de la segunda guerra del Golfo Pérsico, cuando Irak invadió Kuwait en agosto de 1990. Un virus que también paraliza las economías pero que impacta justo en el centro de de la economía popular. Lo que empezó siendo un fenómeno que afectaba sólo a quienes podían viajar, ahora afecta a todo el mundo, esté o no enfermo, sea o no sintomático. Un virus más contagioso de lo usual pero que no tiene mayor mortalidad que una gripe normal.

Quienes se benefician de todo este escenario son muy pocos, un puñado de bancos acreedores del gobierno norteamericano y dueños de su déficit y que, por cierto, son los que conforman la Reserva Federal de los Estados Unidos de América. La cosa pinta mal hacia afuera y dentro del país. Son tiempos peligrosos que reclaman serenidad y solidaridad. Relaciones colaborativas entre connacionales para sortear males sincronizados y convergentes en escenarios mundiales complicados que determinan nuestros márgenes de adaptación y maniobra.