Política

La transformación china

marzo 07, 2020

Estamos acostumbrados a considerar el lenguaje como un simbólico especialmente organizado para comunicar ideas. Los chinos, sin embargo, no separan el lenguaje de otros procedimientos de acción.

Marcel Granet

A mis maestros y compañeros del CRES Atzalan

La civilización china tiene más de 4 mil años de historia. Y su influencia en el desarrollo de la humanidad es algo más que innegable, es definitiva. Esta aseveración, desde luego, parecerá falsa, exagerada, incierta, dudosa, cuestionable, necia e indigna de seguir leyéndose; no obstante, China es la segunda economía mundial en la segunda década del XXI: ahora, la República Popular China, una resonancia occidental y moderna en su categorización política, es sólo la superficie

El viejo lugar común del elefante adentro de una pequeña sala que es ignorado por todos los presentes, sigue siendo válido. No aceptamos –en México, en Occidente– la importancia de China preferimos seguir ignorándola, seguir menospreciándola. Se trata, en el fondo, de un antiguo prejuicio analizado por Edward Said –entre otros– denominado orientalismo; se trata de la repetición absurda del cliché negativo (ahora coronavirus) generado en el espacio mental y emocional de la cuna de la civilización occidental, Europa, que a pesar de nutrirse por cientos de años de ideas y bienes de China, la desprecia.

Esa China y sus importantes aportaciones negadas, no son el tema de esta columna, es sólo el preámbulo con el que iniciamos esta indagación e información sobre el papel de la civilización china expresada desde el siglo XX en la plataforma de una organización política moderna (la República Popular China de 1949) conformada hoy en el marco teórico-práctico de las luchas políticas y económicas de la "vieja Europa", misma que al adquirir rasgos occidentales, parecería que se transforma "rápidamente" a su vez, en un to zoon politikon et economikon, por supuesto, europeo. Repito, parece que se metamorfosea en un animal político occidental, pero la dinámica temporal y mental de la mirada china está mucho más allá de la miopía europea, occidental, y por supuesto, americana, mexicana.

La transformación china que observamos obedece entonces a una fuerza milenaria cuya historia y mutación desconocemos en sus significados la mayoría de los occidentales; se trata de una evolución que ha seguido el curso de la importancia del pensamiento chino (una forma de saber, una sabiduría) que nosotros ignoramos y al cual, sin embargo, asignamos mecánicamente categorías y conceptos occidentales como filosofía y religión, temporalidad y espacio: una semiótica europea que no sólo está lejos del tejido social, su urdimbre simbólica y la trama socio-política y sabiduría de la China, sino que ha sido –hasta la fecha– incapaz de traducirse a los lenguajes europeos, rellenos del narcisismo de su propia historia, y por lo tanto, repetitivos, cacofónicos.

Traducir del chino significa entender lo que escribe el sinólogo Marcel Granet: "[Para los chinos] la lengua es solidaria con todo un cuerpo de técnicas que sirven para situar a los individuos en el sistema de civilización que forman la Sociedad y el Universo". Sin embargo, tampoco la posible interpretación semiósica y antropológica es espacio para éste o cualquier periódico; pero si es posible, por lo pronto, por este medio, hablar sobre la transformación china, que aunque no la queremos ver, sucede no sólo en el espacio del lejano continente asiático, sino aquí y ahora.

La transformación china no sucede en el mundo, sino que lo transforma.

De los últimos 40 años para hoy, el mundo es muy diferente debido a la presencia y acción de China; no sólo se trata del desplazamiento hacia el oriente del epicentro político y económico global, sino de su propia sineidad, es decir, del contenido y significado de la transformación en términos sociales y culturales, más allá del comercio y las finanzas, que sin embargo, se expresa ahora en esos términos, pues son los que mueven a la economía mundial. No obstante, esto es sólo la capa externa.

La aparente contradicción es superficial, pues la economía capitalista se da en la corteza de la cultura, en la nueva "placa geo-histórica de Europa", y evidentemente –para espanto de Trump y la oligarquía anglosajona– esa corteza muestra ahora severas grietas cuya hondura aún no se puede medir, ni comprender: pero atrás de ella está la transformación civilizatoria de la República Popular China que surca la propia China, Asia y Europa con sus trenes bala, y en cuyo vector está inscrito la velocidad del cambio a través de la franja y la ruta de la seda, a través de la tecnología de la cuarta o quinta revolución industrial y su impacto en el comercio que se define global por antonomasia (si hay un símbolo que caracterice esta transformación mundial, su innovación y su ultra-modernidad, es precisamente, el tren bala).

Un solo ejemplo para consolidar esta introducción: la reducción de la pobreza a nivel mundial en los últimos 30 años y en toda la historia humana, con cifras del Banco Mundial: en 1990 había 1,895 millones en extrema pobreza: algo más de una de cada tres personas vivía con menos de un dólar por día. 25 años más tarde, en 2015, el número descendió en 1,159 millones, es decir a 736 millones de personas. Si se toma en cuenta el aumento de la población en el mismo período, uno de cada 10 habitantes se encuentra en tal situación de pobreza. La mayor caída se produjo en el este de Asia, en particular en China, precisamente por su crecimiento (www.bancomundial.org).