Política

Voces

marzo 07, 2020

La posición desvalorada de las mujeres en las mentes del patriarcado funciona de forma semejante a la representación que un carcelero, o una persona libre, tiene de un preso. La conculcación de derechos, las vejaciones y el maltrato hacia los reos son conductas contra las que la mayoría de las personas tiene pocas reservas; incluso, no es difícil encontrar a quien desee activamente el sufrimiento de los delincuentes, pues en sus mentes los delitos del preso hacen moralmente permisible su degradación. La falta de empatía se expande y la deshumanización del reo es el imperativo.

No es casualidad que la sociopolítica y la teoría economía tuvieran como referente a Merrill M. Flood y Melvin Dresher, quienes desarrollaron la paradoja del prisionero, un escenario teórico que muestra que dos personas pueden no cooperar para mejorar su situación común si ello va en contra del interés particular de ambas. En teoría, los actuales cientistas sociales están bastante familiarizados con la idea. No ha servido de mucho, la construcción misma del nuevo liberalismo se basa en ella y ya vemos sus consecuencias. No hay un sólo día en que, sea por la sociedad, por investigaciones periodísticas o por información emitida por el propio gobierno, los ciudadanos no se enteren de un nuevo aspecto que sorprende por la indiferencia de los perpetradores, los funcionarios públicos que concretaron el saqueo nacional y dejaron al país sumido en una galería del horror de diseño y manufactura corporativos.

México promedia siete muertes de mujeres con presunción de homicidio al día, cuyas causas incluyen mutilación, asfixia, ahogamiento, ahorcamiento, degollamiento, herida con arma blanca y con arma de fuego. El catálogo de depravaciones de la estadística no solamente es infamante, sino que es igual a lo que pasa en una guerra: crueldad, terror, humillación, poder, dominación.

Y pese a todo, hay un sector no menor de la sociedad mexicana que tiene la consigna de conservar el sometimiento de las mujeres como uno de sus preceptos de convivencia, incitando a los peores hombres del país a declarar una guerra punitiva contra las mujeres, sus libertades y sus derechos. Ahí está, el ejemplo del impresentable cardenal Sandoval Íñiguez, que pide a las mujeres no participar en la marcha. Por si todavía hiciera falta una demostración de la maldición del catolicismo conservador responsables de buena parte del sufrimiento de las mujeres durante el papado medieval de Juan Pablo II.

El dilema del prisionero es un problema fundamental que por privilegiar el interés personal a corto plazo, muestra que dos personas pueden no cooperar incluso si ello va en contra del propio interés de ambas.

Así, la desobediencia de una mujer a la regla del patriarcado que exige pasividad y subordinación. Sexual y de todo tipo.

Pero estos son tiempos de inflexión. Mañana habremos de ver qué pasa en las ciudades del país con la marcha de las mujeres. Falta por ver si gubernamentalmente habrá un antes y después de la marcha. De lo que no hay duda es que habrá un antes y después del paro.