Política

La lámpara de Diógenes y la urgencia por nuevas soluciones ante las demandas sociales

febrero 05, 2020

"La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente".

Emil Cioran

Hace casi dos años, escribí sobre la importancia del funcionamiento ideológico al interior de los partidos, precisando que: la única posibilidad de devolver la política a su sitial –como generador de soluciones– era la de que un marco ético e ideológico dictara su agenda, en aras de la superación del supuesto vaciamiento de la llamada pospolítica. Sobre este punto, Zizek (2011), en su libro en Defensa de la intolerancia, sostenía que estamos en una era pospolítica que, supuestamente, ha abandonado las pugnas entre derecha e izquierda y donde los partidos y actores de la sociedad estaban más encaminados en buscar soluciones ante las quejas sociales, a través de propuestas hechas por expertos.

La cuestión es que, realmente, la situación de nuestro país atraviesa por una crisis en la que aún seguimos pensando en que existe una división entre derechas e izquierdas. Aunque esto no signifique que obedecen a una pospolítica sólo como la describe Zizek, puesto que todo parece haberse reducido a cuestiones que podemos catalogar como insulsas, apelando al sentido común o a los discursos emotivos.

Por citar ejemplos: pensemos en una derecha que se mueve en bloques para criticar y condenar el aborto, apelando a una idea de Dios. La cual mucho o nada tiene que ver con la idea de un estado laico, pero es el único referente para poder hacer surgir una supuesta agenda política. De igual forma, tenemos a la izquierda que se contenta con elevar condenas hacia la idea de pueblo, mientras se entonan cánticos y se alza el puño izquierdo, para denotar el sentido de su supuesta propuesta ideológica.

Por consiguiente, podemos dar cuenta de que existe un vaciamiento en el ámbito político. Los ejemplos quizás podrían permitirnos llenar varias páginas, pero no sería pertinente hacerlo aquí; sugerimos al lector pensar en algunos otros ejemplos que denotan que, tanto el conservadurismo como el progresismo, han perdido su fuerza.

Entonces: ¿Qué hacer ante tal situación?

Muchos han optado por la figura del nacionalismo, la cual no sólo ha perdido fuerza después de las fatídicas consecuencias de los totalitarismos del siglo XX. Y que, paradójicamente, este miedo podríamos señalarlo como el causante de un discurso vacío que puede resumirse en una frase –que ronda como un espectro en todos los partidos y asociaciones políticas–: "Trabajar por el bien del país".

Ante esta situación, podemos decir que la pospolítica ha hecho de suyo el hecho de que superamos la crisis ideológica entre izquierda y derecha y que en el fondo queda la especialización como salida. Sin embargo, hablar de "trabajar por el bien del país" ya nos arroja un problema que nos retorna a la misma dicotomía entre derecha e izquierda y que se aprecia mejor si desmenuzamos una serie de cuestionamientos: ¿Qué se entiende por trabajo? ¿Qué se entiende por bien? ¿Qué se entiende por país?

Si tratáramos de responder a cada una de ellas, pronto nos encontraríamos con una serie de discordancias que van desde sostener que la idea de trabajo puede obedecer a intereses utilitaristas o bien capitalistas, bien de tipo comunistas o neocomunitaristas, sin que ninguna de ellas tuviera similitud con las otras.

Ocurre lo mismo con lo que se entiende por "bien" ya que tanto las supuestas izquierdas progresistas o derechas conservadoras tienen una noción ética o moral muy distante. Generando una contradicción en cuanto a la idea de "bien" y "mal".

Lo mismo sucedería con la noción de "país". La cual tampoco se somete a una misma idea, pese a que se identifiquen elementos en común; generando así un mundo de discordancia entre todas las ideas de país, que desencadenarían en un mar de nacionalismos.

Si agudizamos el problema, esto provoca una diversificación del entendimiento de las nociones de "trabajo, país y bien"; generando así una polisemia que raya en la mezcla de tradiciones o concepciones ideológicas, pero vaciadas de sentido. Para dar un ejemplo de este sincretismo pospolítico: imaginemos que una persona se encuentra ante un ritual de alguno de los pueblos originarios, del cual no tenía la más mínima idea de que existía, pero comienza a invocar y a rezarles utilizando el paradigma que conoce, la idea de Dios occidental; cuestión que provocaría que alzara las manos del mismo modo que cuando se reza un padre nuestro.

Como podemos ver, este ejemplo da cuenta de una mezcla de paradigmas donde ya no se entiende qué es lo que se hace, ni por qué se hace; puesto que se está apelando a lo ya conocido, desde los propios referentes, generando una polisemia que rompe con toda la intención original.

Si trasladáramos esa apuesta al ámbito de la política, lo mismo sucedería. La consecuencia es que sería más grave en el ámbito de la fijación de políticas públicas. Donde tampoco la mano de expertos no es por sí misma garantía de un hacer efectivo, ya que los profesionales siempre vendrán cargados de referentes ideológicos que permeen sus acciones.

El mismo Thomas Kuhn ya nos había dicho que la ciencia tenía una serie de estructuras cognitivas que obedecían a cuestiones histórico-sociales y que, por tanto, los paradigmas políticos, religiosos y normativas sociales influían en su desarrollo. Quedando demostrado que el problema reside en que tampoco se puede apostar a que los expertos estén exentos de un accionar cognoscitivo que influya en sus decisiones.

Entonces, resulta urgente una visión política que nos haga entender las diferencias entre los planes y proyectos políticos con que los partidos pretenden convencer a sus electores. Definiendo y delineando su base ideológica, ya que, de lo contrario, terminará por apelarse a la emotividad discursiva, a la indignación o al resentimiento que tanto daño han hecho en el pasado.

Tal vez, es momento de ver cómo la sociedad exige una nueva reconfiguración donde las diversas voces y luchas se escuchen, pero donde no se acabe convirtiendo en un discurso digno de coaching político. Que apela a un supuesto reconocimiento del otro, mientras se le utiliza con un fin electoral.

Los tiempos están cambiando y exigen la emergencia de nuevos discursos políticos, que se conviertan en planes concretos, en donde las categorías ideológicas no sean cascarones vacíos que se mueven por los afectos de quien las promulga.

Quizás, ese tipo de hombre justo, al que Diógenes buscaba afanadamente, sea el referente que necesitemos hoy en día para superar nuestra estéril condición de lo pospolítico.

¿Alguien le ha visto?