Política

Diplomacia y Estado

diciembre 28, 2019

Vista la volátil naturaleza del presidente norteamericano, pareciera afortunado que hasta ahora, la fiesta bilateral con México se haya llevado con relativa paz, frente a la desordenada pero hostil verborrea del Ejecutivo americano. Esto es posible porque hay un cabal entendimiento del actual gobierno federal de las mejores tradiciones diplomáticas mexicanas, fundadas en las amargas experiencias de varias intervenciones extranjeras en el siglo XIX, desde la norteamericana en 1847, cuando México apenas empezaba a estabilizarse luego de un convulso nacimiento e infancia. De ahí el concepto fundacional de la doctrina política exterior y diplomacia mexicana. Respeto a la libre determinación de los pueblos, no intervención, y solución pacífica de las controversias. La doctrina Estrada. Haber apelado a ellos desde la república y la república restaurada, luego de la intervención francesa que impuso al malhadado Maximiliano de Habsburgo en el Imperio Mexicano, a instancias del conservadurismo ultramontano mexicano instigado e inducido por la Iglesia católica mexicana, conservadora de cepa y con amplia influencia en la inducción política del pueblo desde los púlpitos.

Esos principios han permitido navegar sobre el renovado asedio indirecto al gobierno mexicano, ahora desde el flanco del gobierno de facto boliviano, que ha cascado una virulenta hostilidad contra México nunca vista antes, ni en la peor época de los gobiernos de facto sudamericanos de los años 70: Chile, en 1973 y Argentina en 1976, amén de un larga retahíla de golpes instigados o francamente dirigidos desde las embajadas norteamericanas de Haití, Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Asedio que se antoja completamente artificial, haciendo uso de un gobierno títere en la mejor tradición del intervencionismo norteamericano de los años 70. Ya hemos pasado por esto, en los años 70 cuando México votó contra el bloqueo a Cuba que decididamente promovían los Estados Unidos.

La cosa puede –al parecer– no pintar bien, pero hay oficio político y concepción de Estado en la presidencia y cancillería mexicanas. Eso inspira confianza luego de las décadas de completa desorientación neoliberal.