Política

Aire de esperanza

diciembre 01, 2019

En días recientes varias sociedades del planeta fueron testigo de movilizaciones de mujeres vibrantes y contundentes denunciando la violencia misógina del estado de las cosas y del Estado. Y es que parece no importar el desarrollo relativo de las sociedades, la vigencia y vigor de su convivencia democrática, el nivel de apercibimiento de sus sociedades, la violencia contra las mujeres es rotunda.

Hace apenas unos días un juez reclasificó el delito de ejecutivo empresarial de alta gama que atacó a su esposa a batazos, y que ya había sido denunciado por violencia familiar. En México, en Europa y en Estados Unidos mujeres salieron a denunciar la esencia misógina del actual estado de cosas.

El Estado moderno pudo a principios del siglo pasado haber "aceptado" el voto de las mujeres, o incorporado luego de la primera y segunda guerra mundiales a las mujeres en el mercado laboral. Las mujeres han modificado y mejorado su situación de manera harto significativa desde mediados del siglo pasado, pero el Estado y la convivencia cotidiana social siguen siendo atávicamente patriarcales.

En las ciudades de México se las escuchaba entonadas: son tiempos de guerra, hermanas, compañeras (…) son tiempos de crisis y de emergencias. Nos están matando, nos están violando, nos están obligando a parir, nos están condenando a la muerte por no obedecer. Nos quieren con hambre, nos quieren con miedo, entristecidas, cansadas, dóciles. Nos quieren separadas, hermanas, compañeras…

Es un impulso renovador, un destello de esperanza frente una expectativa de desastres pronosticados casi al detalle y que están ocurriendo. Desde la contaminación del océano Pacífico completo por el colapso del reactor nuclear de Fukushima hace ocho años, hasta el descongelamiento del permafrost polar ártico que libera cantidades abrumadoras de gases invernadero.

Argumentos para fundamentar el pesimismo sobran. La sola impunidad feminicida sería suficiente. Pero vivimos en el país de los horrores inaugurado por Felipe Calderón y sus patrocinadores neoliberales. El dolor en exceso aturde, enajena, y la mexicana es una sociedad en dolor crónico desde hace muchos años. Tal vez por eso toleremos tanto, por aturdidos.

Pero en estos días las mujeres tomaron las calles para visibilizar no tanto lo letal de su circunstancia como para exhibir al sistema, al Estado y su orden completo. Tolerante e incluso complaciente con la violencia contra las mujeres. El orden patriarcal. El orden de racionalidades de muerte. El del mercado de armas y drogas, el del terror despiadado de cuerpos desmembrados o descabezados, el de las declaraciones de guerra, el del miedo y las náuseas permanentes que conllevan, el de los feminicidios como constante.

Por eso, verlas gritar, marcar un alto, liberar sus enojos y agredir incluso al respetable colega ofrece un aire esperanzador. Porque si esto que somos ha de tener algún futuro medianamente reparador, eso será porque las decisiones colectivas que hagamos se feminicen.