Política

Bruma

noviembre 23, 2019

Con todo y la fatiga que traía por las jornadas de una semana particularmente dura, el sábado y el domingo los tuvo que dedicar a sacudir el polvo de los muebles, limpiar pisos, pasar sábanas y cobertores por la lavadora y la secadora para que en la noche las camas olieran a detergente.

Esperaba que llegaran el domingo antes del anochecer, pero a las nueve no habían aparecido y ya no aguantaba el cansancio. Durmió de una sola pieza hasta las cinco de la mañana del lunes. Antes de bañarse se asomó a la sala y vio algunas mochilas mal puestas por aquí y por allá, que le hicieron suponer que las visitas habían llegado en algún momento de la noche o quizás de la madrugada.

Cuando por la tarde regresó del trabajo la casa estaba llena de conversaciones, gritos y risotadas. Los hombres se preparaban para jugar dominó en la mesa del comedor. Las mujeres se acurrucaban en los sillones de la sala para conversar entre siseos y risas tímidas. Los hombres lo invitaron a jugar y le convidaron algo de pan con jamón, pero a eso de las diez se fue a dormir. Así ocurrió el resto de los días.

El viernes le confirmaron que se irían el sábado después de desayunar, pero cuando se levantó un poco antes de las siete ya no estaban. Salió a dar una caminata alrededor de la casa pero sólo vio la bruma en lontananza. Sobre la mesa de la sala le habían dejado un sobre con casi el doble de la paga acordada. Se guardó el dinero en espera de ver los resultados.

Dos o tres semanas después, mientras cabeceaba frente al televisor, logró captar la noticia. Lo habían logrado. Se llenó de orgullo por lo que pudo haber contribuido a ese triunfo. Se sintió ya con derecho a gastar el dinero. Al día siguiente faltó a su trabajo y se fue a recorrer las tiendas del centro de la ciudad.