Política

Déjà vu

noviembre 16, 2019

Para quienes tienen la edad suficiente, los tiempos que corren tienen una inquietante familiaridad con los años 70. Una ola continental de movilizaciones y protestas por todos los medios posibles que son reprimidas con violencia sobrada, golpes de Estado que deponen gobiernos que afectan los intereses de fuertes capitales industriales y financieros. En aquellos tiempos eran intereses mayoritariamente norteamericanos, hoy son capitales corporativos multi industriales y multinacionales. Entonces era contexto de la Guerra Fría, hoy un estamento financiero/industrial ultraconservador que se niega a sacar la garra de su control, pagar más por las la materia prima que necesita porque los precios de sus productos se harían prohibitivos en el mercado. Tal estamento ultraconservador logró hacerse de la dirección política los Estados Unidos con un factótum semi oligofrénico del que la mayoría de los observadores mundiales consideran completamente incapaz. Ha reducido tan significativamente su participación en el la institucionalidad multinacional que prácticamente ha sacado a los Estados Unidos de las mesas de acuerdo del mundo.

No hay Guerra Fría, pero sí la presencia naval de Rusia en las costas mediterráneas de Turquía y el abandono de los kurdos en Siria, también en el mediterráneo. No poca cosa si nos atenemos a la consideración de que el pueblo kurdo es la línea frontal de la guerra contra ISIS.

En Latinoamérica, los 70 acogieron una ola de movilizaciones, protestas e insurrecciones de añejos antecedentes y gestación. Protagonistas sociales que hasta ese momento no habían tenido una presencia importante en el escenario político. En una primera etapa, estas luchas emergieron en los barrios pobres de la ciudad y estuvieron centradas en la esfera del consumo y la reproducción; nos referimos a los movimientos sociales urbanos.

Hoy son estudiantes chilenos que protestan por el alza del transporte, son reprimidos y el descontento se extiende al resto de la sociedad, al punto que han obligado al gobierno a aceptar la redacción de un nuevo pacto legitimador alejado de la definición pinochetista de la actual. Más allá de Chile, hay escenarios inestables Argentina, Ecuador y desde luego Bolivia. Cada país tiene sus propios problemas, pero lo económico es la variable principal que causa protestas, éstas son reprimidas y los escenarios se descomponen en inestabilidad.

Organismos multilaterales prevén que el crecimiento económico se ralentice, en el mejor de los caos, mientras que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe sentencia que "protestas e inestabilidad política en Latinoamérica afectan a la ya debilitada economía de la región que hoy se debate entre desaceleración, devaluación y dependencia de un mercado de materias primas que no remonta."

El presidente de la OEA condena a Evo Morales acusándolo a él de golpista, mientras que otro informe del organismo multilateral latinoamericano afirma que no hay evidencia de que los votos fraudulentos hayan sido decisivos en la elección de Bolivia en 2019 toda vez que sólo se registraron irregularidades estadísticas en 274 de las 34.551 mesas de votación, lo que no se diferencia de otros comicios: Honduras, Turquía, Rusia, Austria y Wisconsin, por ejemplo.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) afirma que la economía regional "refleja los tiempos convulsos" y, como muestra, llama a revisar las estimaciones de crecimiento para este año –un flojo 0,1 %– y del 1,4 % en 2020.

A cualquiera con un mínimo de escepticismo le llamaría la atención la serie de eventos seriados de los últimos tiempos en el país. Desde el desgarriate del huachicoleo de principios del gobierno, el tenso enfrentamiento en Sinaloa que terminó con la liberación del hijo de El Chapo Guzmán; el pronóstico del Banco de México que baja su pronóstico de crecimiento para la economía nacional a un rango de 0.2 por ciento desde 0.8-1.8 por ciento del anterior pronóstico.

No es en absoluto imposible que parte importante de estos acontecimientos y escenarios adversos sean reacción del régimen anterior. No hay que olvidar que antes del affaire Sinaloa, en agosto, fue detenido en el aeropuerto de Fiumicino, Italia, Ramón Cristóbal Santoyo, socio Joaquín El Chapo Guzmán. Uno de los principales traficantes de cocaína a nivel internacional. Especialmente de México a Estados Unidos y Europa. Se le detuvo por una solicitud de la DEA, pero eso no obsta para que la factura la cobren a México.

El melodramático rechazo del PAN a que Rosario Piedra Ibarra fuera comisionada de Derechos Humanos y su difícilmente más obtuso reconocimiento a Jeanine Añaez como presidenta del gobierno golpista boliviano da una idea más precisa de la contraofensiva neoliberal.