Política

Desaparición forzada

noviembre 12, 2019

La difícil situación por la que atraviesan buena parte de los paises del cono sur del continente americano con sus conflictos políticos que han derivado en violencia callejera y represión de las fuerzas policíacas, por fortuna, no forman parte del paisaje mexicano, donde las instituciones con todas sus flaquezas han funcionado y permitieron la alternancia política en vías de convertirse en una transición más profunda.

Casualmente, los recientes acontecimientos en Bolivia, Chile, Brasil y un poco antes en Venezuela y Ecuador, además de las naciones centroamericanas donde se viven angustiosos problemas de marginación que han generado una corriente migratoria hacia los EU, en México se han decantado por la vía de la violencia generalizada que se vive en todo el país.

No es cosa menor la herencia de los gobiernos neoliberales priístas y panistas. Dejaron además de la pobreza y la recesión económica, un caldo de cultivo para que execrables prácticas de los estados autoritarios hayan encontrado nuevas expresiones como lo es la práctica de la desaparición forzada, ahora asumida por la delincuencia organizada. En la actualidad, el terror y la violencia, en medio de una impunidad alentada desde el mismo gobierno es la más grave amenaza a la sociedad mexicana.

En ese galimatías, la impunidad expresada además en la más soez corrupción de la que se tenga memoria , se convierte en un enorme reto que hasta el momento tiene en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa su ejemplo más emblemático, pues pese a que hay señalamientos en contra de presuntos responsables de omisión, ocultamiento de la verdad y hasta ejecutores, ningún pez gordo ha caído.

Y aquí entra la reflexión del escritor John Gibler, quien considera que la desaparición forzada practicada por la delincuencia organizada ha sido socialmente muchísimo más dañina que la practicada por el Estado mexicano durante los años de la represión que ejerció en contra de movimientos guerrilleros y sociales, allá por la década de los 60 y 70. En Orizaba, al presentar su libro "La guerra recurrente", recordó los episodios de guerrillas semiurbanas que tuvieron su zona de acción el centro del estado. Aunque hubo una acción militar del Estado en su contra, considera que ahora la hiperviolencia desatada por los carteles delicuenciales ha creado una suerte de fusión entre delincuencia organizada y el gobierno convirtiendo el terror de la desaparición forzada en una indeseable secuela que se asienta en todo el país.

Cree que es imposible hablar de la delincuencia organizada sin saber que se forman con civiles y policías o civiles y soldados y sostiene que en el marco de la llamada guerra contra el narco tráfico se han acelerado esas fusiones, por eso es que la violencia, el terror y la impunidad, todos van de la mano. Violencia contra periodistas, activistas, el terror se ha vuelto parte de una industria".

Con todo y que el cambio de régimen ha planteado una nueva estrategia para combatir ese horror que desata el activismo de las innumerables células delincuenciales, el camino es largo. Los gobiernos ya no le pueden seguir pidiendo paciencia a la sociedad. Urgen pues resultados en el corto plazo, de lo contrario, todos los éxitos que se logren en otros campos se verán empañados por esa enorme factura que le toca pagar a las nuevas autoridades.