Política

El Muro de Berlín y el cambio climático

noviembre 10, 2019

El 8 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y ante la opinión pública nació el calentamiento global, padre del cambio climático. Durante las cuatro décadas anteriores, las de la Guerra Fría, la preocupación era otra: el invierno nuclear producto de las partículas y cenizas que quedarían flotando en la atmósfera tras una conflagración atómica. No obstante, para entonces eso del efecto invernadero y del calentamiento global ya era una historia vieja.

En 1861 un irlandés de 41 años, John Tyndall, publicó en el Philosophical Magazine and Journal of Science su descubrimiento del efecto invernadero: que los rayos solares traspasan la atmósfera, pero la radiación que emite la superficie del planeta es atrapada por algunos gases atmosféricos que así calientan el ambiente. El inglés Guy Stewart Callendar en 1938 postuló que la producción artificial de carbono intensifica ese fenómeno, y tres años más tarde el alemán Hermann Flohn se ocupó del papel de la humanidad en la modificación del clima terrestre, lo que reforzó el físico canadiense Gilbert Norman Plass en un artículo de 1956 publicado en la revista científica noruega Tellus.

En 1958 se iniciaron en Mauna Loa las mediciones precisas del bióxido carbónico en la atmósfera, y en 1988 la ONU constituyó el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el famoso IPCC, al que actualmente pertenecen como dos mil quinientos expertos no sólo en climatología sino en prácticamente todas las ciencias (www.ipcc.ch).

La prueba objetiva de que el clima terrestre está cambiando por los gases de efecto invernadero tiene tres piezas. Por una parte, la evidencia de que el planeta se ha calentado como un grado centígrado desde la Revolución Industrial iniciada a mediados del siglo XVIII; que los gases de efecto invernadero están aumentando –de manera mejor documentada el bióxido de carbono que se mide sistemáticamente desde hace sesenta años, como ya se dijo, pero cuya historia milenaria se conoce gracias a la paleoclimatología-, y que ese calentamiento reciente lo reproducen los modelos computacionales basados en la física y la química del clima a condición de que sus cálculos incluyan los gases de efecto invernadero de origen humano.

Esas tres evidencias ya estaban allí a mediados de los ochentas, aunque casi nadie las veía porque la disputa del bloque occidental contra el soviético ocultaba el tema. En 1986, ante un grupo de jefes de Estado reunidos en Zihuatanejo, en uno de sus escasos discursos, Gabriel García Márquez vaticinaba: "Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo…"

Tuvo que caer el Muro de Berlín, y tras él la Cortina de Hierro, para que la amenaza nuclear se desvaneciera y la humanidad volteara los ojos al fenómeno que está trastocando el funcionamiento de todo el planeta: el calentamiento climático que estamos atizando sin descanso desde hace casi tres siglos (atejeda.martinez@gmail.com).

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