Política

Regateo

noviembre 01, 2019

La ampliación de tiempo para volver a revisar y, en su caso, aprobar el uso del dinero público durante 2018, el segundo año de efímero gobierno del panismo yunista, ha sido motivo de completo rechazo por parte de los diputados panistas todos. Al final del día, para las lógicas de las lealtades a lo imbécil importan más los colores y la verborrea ideológica que el único principio que deben exigir todos los que se dedican a administrar los recursos públicos, así como los ciudadanos que delegan en ellos la marcha del estado.

La diputación panista, yunistas y no yunistas, se protege y reclama al gobierno. Lo que sería algo natural, normal, en tiempos convencionales.

Pero estos no son tiempos convencionales. La República se ha comprometido de lleno a acabar con las prácticas de corrupción en todas sus modalidades, que no son pocas.

La particularidad ésa de la corrupción ha hecho que el Estado mexicano y la estabilidad social se debiliten muy gravemente durante mucho tiempo. Décadas. Ese debilitamiento se manifiesta en una suerte de resistencia social a la práctica del ejercicio de gobierno y, hasta ahora, tal resistencia había sido una suerte de principio de sanidad colectivo que permitía explicar las circunstancias del país; miserables para la mayoría de la población que, por cierto, vive por debajo de la línea de pobreza.

Con la administración Peña Nieto el país avanzó en la lista de aquellas naciones con intensas prácticas corruptas.

Hoy México está en la posición 138 de un total de 180 países. Avanzarán los días y el país irá enterándose de los pormenores del daño. Serán indignantes.

Es deseable que antes de engancharse en una larga retahíla de quejas por indignación y enojo, cosa difícil de hacer, los gobernados contengan un poco su frustración para revisar su propia actitud individual. No basta el enojo para cambiar las cosas. Los resultados de una jornada electoral pueden crear las condiciones para un cambio sustantivo, pero no son el cambio. Ése está, nace y se desarrolla en el convencimiento individual de que los resultados deseados socialmente pasan primero por el compromiso y trabajos individuales del ciudadano concreto.

Por el convencimiento de que si el cambio necesario habrá de darse, eso será resultado de una masa crítica ciudadana convencida de no solamente de que el cambio es necesario, sino que el cambio es posible sólo si los individuos cambian en el mismo sentido deseado. Revolución, le llaman. Pacífica en este caso.