Política

Los Nobel en el ciberespacio

octubre 14, 2019

Dos días después del anuncio de los premios Nobel de Literatura, un colega compartió entre sus amistades un par de libros digitales en español de la polaca Olga Tokarczuk (Nobel 2018) y casi una decena del austriaco Peter Handke (Nobel 2019). Con un clic uno se pudo acercar a la obra de autores antes desconocidos para la gran mayoría de los lectores mexicanos, como sucede siempre que los Nobel se otorgan a otras lenguas.

Desde hace años los libros digitales entraron a la vida cotidiana. Se equivocó Ray Bradbury cuando presagió, en Farenhait 451, que la pantalla de plasma arrinconaría en la clandestinidad al libro y a la lectura. Por el contrario, la pantalla táctil ha convertido a dispositivos destinados al audio y al manejo de datos, en máquinas de lectura y de escritura insospechadas hace dos décadas. La otra mitad de la magia de las letras digitales es la Internet. Mario Bunge la calificó en aquel entonces como una esfera de información sin conocimiento, sin imaginar que la biblioteca universal soñada por Borges se iría armando poco a poco en la Web. Ya está ahí, creciendo a una velocidad cercana a la rapidez de transformación de los idiomas en la vida real.

El libro tradicional va cediendo ante el que circula en el ciberespacio, pero todavía es mayoritario y no es evidente que se avecine su fin o que en breve domine el digital, no obstante las ventajas de este último: es tan portátil que una biblioteca con miles de títulos no pesa ni un kilo; cada leyente puede escoger tipografía y color del papel y acceder a animaciones y sonidos que en los impresos tendrían que ser anexos estorbosos. Para quienes tenemos que leer acompañados de diccionario, el acceso a enciclopedias y lexicones es casi ilimitado si la tableta o el celular están conectados a Internet. Muchas novedades literarias pueden comprarse en formato digital sin esperar a que lleguen a la librería o que traspasen fronteras y aduanas. Además, las ediciones electrónicas suelen ser más baratas que las de bulto, lo que, junto con su portabilidad, las hace un remedio a la saturación de las bodegas de las editoriales universitarias, ejemplos de ineficiente distribución bibliográfica.

En cambio, no es tan cierto que los libros digitales contaminan menos que los convencionales. Hay que comparar el deterioro ambiental por la producción de papel con el de la electricidad que consumen cada dispositivo personal y los grandes centros de cómputo donde se almacenan libros virtuales, la llamada nube, que no es tal sino computadoras que se alimentan de electricidad, al igual que las lámparas y los climas artificiales de sus albergues. Mas no son consideraciones ambientales las que impiden a los devoradores de mamonearemos acercarse a los

libros electrónicos, sino un atavismo milenario: de haber vivido en la época romana, ante los primeros libros encuadernados habrían defendido el placer de leer desenrollando papiros (atejeda.martinez@gmail.com).